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MÁLAGA EN VERSOS
Paco Acosta
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VIDA Y MUERTE EN EL ALBERO
I
Coso de la Malagueta
que te miras arrogante
en el espejo brillante
del agua de La Caleta.
Cuando el calor tanto
aprieta
que se hace casi sonoro,
se abren tus puertas de
oro
para que fluyan los ríos
que inundan tus graderíos
hasta desbordar tu aforo.
Como rindiéndole honores
reales a tu bandera,
una brisa marinera
viene a besar sus
colores.
La tarde abriga temores
viendo a la coqueta
suerte
que en el ruedo se
divierte
entre la sombra y la luz,
entre la gloria y la
cruz,
entre la vida y la
muerte.
II
Las cinco. Un clarín
silencia
el griterío del foro
como leyéndole al toro
su inapelable sentencia.
El sol clava en la
asistencia
sus saetas amarillas;
con las marciales
cuadrillas
salta armonioso al albero
un pasodoble torero
trotando entre las
mulillas.
Apenas los aguaciles
esconden su negro luto,
el peligroso tributo
sale rompiendo toriles.
Con sus agudos buriles
prestos a la lucha ciega,
al peonaje disgrega
el indómito animal
acuchillando el percal
de los capotes de brega.
III
Ya está el de turno en la
arena
provocativo ante el toro
como un junco verde y oro
o limón y yerbabuena.
El burel entra en faena
y, con codicioso trote,
va con nobleza al capote
embelleciendo la suerte,
pero escondiendo la
muerte
en los filos de un
derrote.
El capote cobra vida
entre las manos.
Despacio,
va dejando sin espacio
la peligrosa embestida.
En esta lucha suicida
entre el toro y su rival,
el bravo y noble animal
acude sin miedo al daño
embebido en el engaño
de los vuelos del percal.
IV
Señor en la equina altura
se apresta el
varilarguero
como esforzado guerrero
de aquijotada figura.
Piafa la cabalgadura
recelando la cornada;
por el miedo espoleada,
recula hacia la querencia
solicitando clemencia
desde su media mirada.
Cruel y desigual batalla
enfrenta toro y caballo:
uno, mortal como el rayo,
y otro indefensa cobaya.
El jamelgo no es de
talla.
-sólo piel y el
esqueleto-
para hacerle frente al
reto
de este morlaco que
empuja
clavando su fina aguja
en la gualdrapa del peto.
V
Al término de la suerte
el toro llora una herida
por la que al salir la
vida
va penetrando en la
muerte.
El sol, caprichoso,
vierte
su brillo en las
gargantillas;
las mujeres de mantilla
abanican sus calores
mientras cambian los
tambores
al tercio de banderillas.
Se aleja, suelto, el
burel,
sucio de sangre y arena;
soberbio, en tablas se
encierra
sin dar ni pedir cuartel.
Un viento en el redondel
estremece el burladero,
y arrastra al
banderillero
que hace frente al
enemigo
armado del cruel castigo
de dos arpones de acero.
Adornando la figura
con belleza y armonía,
su estampa de torería
se quiebra por la
cintura.
La embestida del Miura
lleva angustia de
cuchillo;
en el centro del anillo
se funden fuerza y valor,
y otra rosa de dolor
brota del negro morrillo.
VI
De nuevo suena el clarín
como un presagio de
muerte,
y ese instante se
convierte
en el principio del fin.
El coso es como un jardín
donde una flor de franela
le hace injertos de
candela
al castigado bovino
que, ciego, sigue el
camino
que marca la roja tela.
Cada uno es un torrente
que va la arena
empapando:
sangre y sudor van
manando
del morrillo y de la
frente.
Es una lucha demente
sin reglas que la modere,
en la que cada cual hiere
en defensa de su vida:
bárbara apuesta suicida
que aquel que la pierde,
muere.
El matador, perfilado
detrás del brillante
acero,
prepara el golpe certero
que ha de vencer al
astado.
Hasta el aire se ha
parado
para esta prueba final;
y al castigo del puñal,
en un silencio de duelo
el toro rueda en el suelo
de una estocada mortal.
VII
Ya da el animal fogoso
sus postreros estertores
y en el ruedo llueven
flores
para el diestro
victorioso.
El sol, de tan perezoso
parece que ya no arde;
haciendo un último alarde
intenta seguir luciendo,
pero los tres van
muriendo:
el sol, el toro y la
tarde. |