Walter Pimienta.- La tranca no es un palo cualquiera ni un simple garrote o tolete; es , por el contrario, el complemento de seguridad de toda puerta de dos hojas en una casa de pueblo y que, al colocársele, parece soldada a esta en el principio mecánico sin llave de que, para quitarla, primero hay que sacarla de un soporte y luego del otro en el juego físico de que la misma queda semi ajustada sus dos argollas con cierto espacio de rodaje que permite liberarla sacando una de sus extremos primero y luego el otro a la hora de querer abrirla, adquiriendo esta en sus remates, por el uso y el roce, cierto lisura de costumbre que facilita dicha maniobra.
Cuando uno empujaba con fuerza, del lado de la calle, una puerta que tenía puesta su tranca, esto era como si por dentro la reciedumbre de cien personas juntas, recostadas a la misma, se lo impidieran… y ni la movíamos siquiera…Y entonces, consecuente con su impotencia, la persona que lo intentaba, no insista porque no lo lograría y mejor, decentemente, tocaba y tocaba repetidamente que alguien, seguro, del otro lado, parándose del taburete de cuero donde estaba cómodamente sentado tomándose un tinto, poniendo antes el pocillo en la mesa más cercana, dirigiéndose pausado a la puerta, con un ruido de madera y de argollas semi oxidadas despertando de su sueño, corriendo la tranca, le abría y asomado le decía: “A la orden, señor, qué se le ofrece? ¿En qué podemos servirle? ¿A quién busca? En tanto más allá, en al fondo de la misma casa, la voz de otra persona que sabía de quién se trata y a qué viene el visitante, se oía diciendo: “Mi hijo, ven más tarde. Él no ha llegado. Yo le digo que tú estuviste buscándolo”…Y, en consecuencia, el primero que le atendió, delicado en el trato, cerraba la puerta con un disculpe usted y ponía la tranca insertando primero un extremo y luego el otro y se va de allí un haz de luz que quiso entrar y volvía al interior de la vivienda un silencio poderoso y perfecto apenas roto por pasos lentos de chanclas que se arrastraban.