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Elogio a la tranca
Cuentos y relatos globales. 03.09.23 
Walter Pimienta.- La  tranca  no  es  un  palo  cualquiera ni  un simple  garrote o  tolete; es ,  por el  contrario, el  complemento de  seguridad de  toda  puerta de  dos  hojas   en  una casa  de  pueblo y  que, al  colocársele,  parece   soldada a esta en  el  principio mecánico sin   llave  de  que,   para  quitarla, primero  hay  que  sacarla  de  un soporte y  luego  del  otro en  el  juego  físico  de  que  la misma queda semi  ajustada  sus dos  argollas  con  cierto  espacio de  rodaje que  permite  liberarla sacando  una  de sus  extremos primero  y  luego  el  otro a  la  hora  de querer  abrirla, adquiriendo esta en sus remates,   por  el  uso  y el  roce,   cierto lisura   de  costumbre que  facilita  dicha maniobra.
Cuando  uno  empujaba con  fuerza, del lado  de  la calle, una puerta que  tenía puesta  su  tranca,  esto era como  si  por  dentro la  reciedumbre de  cien  personas juntas,  recostadas a la misma, se  lo  impidieran… y  ni  la  movíamos  siquiera…Y  entonces,  consecuente con su  impotencia, la persona que lo intentaba,  no insista porque no  lo  lograría y  mejor,  decentemente,  tocaba y tocaba   repetidamente  que alguien, seguro,  del  otro  lado,  parándose  del  taburete de cuero  donde estaba cómodamente sentado tomándose  un  tinto, poniendo antes   el  pocillo  en  la mesa  más cercana, dirigiéndose pausado a  la  puerta, con  un  ruido de  madera y  de  argollas semi oxidadas despertando  de  su  sueño,  corriendo  la tranca,   le abría y  asomado le decía:  “A la  orden,  señor, qué  se  le ofrece? ¿En qué  podemos servirle?  ¿A  quién  busca? En  tanto  más allá,  en  al  fondo de la misma  casa, la  voz de  otra persona  que  sabía  de  quién se  trata y  a  qué viene el  visitante, se  oía  diciendo: “Mi hijo, ven más tarde.  Él no  ha  llegado.  Yo  le  digo que tú estuviste buscándolo”…Y,  en  consecuencia,  el  primero  que  le  atendió, delicado en  el   trato, cerraba  la puerta con  un  disculpe usted  y ponía  la tranca insertando  primero un extremo  y  luego  el  otro y se  va de allí  un  haz de  luz que  quiso  entrar y volvía  al  interior de  la  vivienda un  silencio poderoso y  perfecto apenas  roto  por pasos lentos  de   chanclas que se arrastraban.
Cuando  se  abrían las  dos hojas de  madera de  una puerta de  una  casa  de  pueblo quitándole a esta la tranca, le  cantaban  a la  misma,  con  un  lamento de  chirrido,  sus bisagras. Y  ya  para  salir a la  calle una persona o para  que otra entrara, se  oía,  de parte de  quien  salía,   un hasta  luego y de quien la cierra un  qué  te  vaya bien. Y si  era  el  caso  contrario,  que alguien llegaba y era  conocido o  de  la familia,  contento así  le  recibían: “Adelante caballero. Dichoso los ojos  que  te ven. No  te  quedes  ahí…entra,  entra”. Y  esa persona, la  anfitriona,  ofreciéndole gustosa un asiento al  visitante, pondría  al  mismo  tiempo  la  tranca en  un   rincón  de la  sala y,  ventilado el  salón al abrir  una ventana, la misma, sentada en  su  compañía, iniciará con  esta una  agradable charla con  preguntas de  ¿Ajá,  y qué te trae  por  aquí? ¿Y  cuéntame de los  tuyos? Todo en el  clamor de un  gallo  que cantaba  en  el  patio y  el chillar de las chicharras en los árboles de la calle. Al  tiempo que de los cuartos salía  un  olor a  baúles y  en  una esquina del corredor,  colgada  de  sus  extremos, había  una  hamaca  y sujeto  de  un  clavo  en  la  pared,  no  faltaba un espejo  redondo con la  lámina manchada.
Siempre creí  de niño que las  dos hojas de  una puerta de  madera  de una casa de  pueblo cerrada por  dentro  con  una tranca, evitaba la  entrada  de  la  muerte en  ella. Y  que sus  dueños las  abrían de  par  en  par solo los domingos vestidos  de  domingo   porque  era  domingo,  el  día  del  Señor, y los abuelos, sacando  mecedoras de mimbre,  se sentaban  en  sus frentes  para  ordenar  recuerdos ocupados en  no olvidar  lo que  no  debe  olvidarse y  así  seguir  viviendo…
Cuando en  el  pueblo  de  antes,  de  niño entraba a  una casa a  la  que  había  ido  para  hacer  un  mandado, abriéndome sus  dueños la  puerta  de  dos  hojas de madera quitándole la tranca, creía  oír  la  voz  grave y reservada de un abuelo muerto diciendo  y  ordenando a los  allí  residentes esto: “¿Qué busca  ese pelao?… Cuidao lo  muerde el  perro. Espántenselo y  atiéndanlo”. Y solo hasta  entonces  me  daba  cuenta  que  en esta  vivía  gente y que el  muerto  que creía  me  hablaba,  era  el mismo del  que  mi  madre me  dijo  un  día que  lo  había  matado  un  toro que  estaba  manteando  en  la  corraleja de   la  fiesta  patronal. Y  hecha  la  diligencia,  dando la espalda y  diciendo  “hasta  luego, gracias”… llevándome  en  la nariz  el  olor  de los  baúles, la misma  voz  percibía así diciendo: “Cierren  la  puerta  y  pónganle  la  tranca”.
La  puerta  de  mi  casa también  tenía una tranca. Era gruesa y maciza y  con  ella, útil para el caso,  buscado  por  mi  padre para  que lo matara, vi  a Niano  Hernández,  con  esta  entre sus  manos y, experto en estas lides, darle un trancazo pleno y firme en  la mitad de  la  frente  a un  puerco,  dejándolo  allí  mismo muertecito… A dicho cerdo, a punta  de  maíz  desgranado,  lo habíamos  criado  para  engorde por lo  que, sometiéndolo al  garrote del  experto,  le   llegó al  pobre esa vez   su “San  Martín”…
Otra utilidad de la imperturbable tranca dotada de más de una simpatía,  es la de emplearla  como efectivo  mazo para golpear con  ella  el millo y  maíz de cosecha ya  seco,  desgranando por  parejo los  granos a punta de porrazos en coordinado  trabajo de fuerza,  brazos y  arqueo  de cintura una  y  otra vez y…hágale. La  misma también es complaciente a  la  hora de romper una  piñata de cumpleaños en medio  de  la  algarabía de  niños que a  gritos de ¡Dale! ¡Más arroba! ¡Más abajo! Expuestos a los trancazos que a diestra y  siniestra suelta  un  vendado  jugador, se exponen a  l mortuoria  diversión hasta  que,  rota la  piñata,  implacable  cae  sobre ellos una  lluvia  de confites y otras golosinas armándose un  rebulicio  y un  coje coje del  que  sale más de uno  con  ojo amoratado..
Al  alcance de  las palabras, por las noches,  para las ruidosas fiestas de diciembre, la tranca, midiendo la  felicidad de la temporada,   era empleada por  los niños de mi  pueblo para, “capaces de morir en  el  intento”, poniendo triquitraques en el piso  del  sardinel,   con uno de sus extremos, dando un golpe firme y corto sobre estos,  premeditadamente sonrientes ocasionar  una explosión atronadora con   chisporroteo de luces  saltarinas en medio  del  canto  de villancicos liberadores de alegría…Y  quemados, olorosos a pólvora, pero con los  cinco  dedos en  cada mano, claro  que a veces   había…y  acabado  el  festín,  la tranca  volvía a su  lugar.
Al margen  de mi  compromiso, al no  tener más nada  que decir sobre  el  particular, siga  usted si  quiere y  dejo por  hoy y  hasta aquí  este  trancazo.

Walter Pimienta

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