Escribe Walter Pimienta.- Miro como pieza de museo al teléfono negro y lo encuentro amargamente humano, triste y desplazado reclamando su sitio a la historia en la dolorosa incertidumbre de su timbre perdido…
Desde que el teléfono casero dejó de ser negros, colocado en una mesita propia, a la que se anexaba una silla, el mundo empezó a ser otro. Hacía …¡Ring…Ring…Ring! Y una voz alejada le decía a la persona más cercana: “Cojan el teléfono”…
El teléfono negro, no tenía altavoz, eso los hacía confiable… Y los más modernos se veían en el cine de Hollywood, de pronto verdes o rojos, con metros y metros de cables para pasearse con ellos de la sala al comedor.
…Pero volvamos al teléfono negro. Mi tío “Jote” marcaba el 113 para saber la hora exacta y una voz femenina de tono argentino, le decía: “Son las 14, 23 y 15” …Y, él, cortésmente, le daba las gracias. Era un disco cuya grabación perpetua se sabía todas las horas de las horas del mundo…Y la del disco nunca le decía “ a la orden, señor”…