Hay personas que hasta muertas tienen la última palabra...Escribe; Walter Pimienta.- Vicenta Santos había dispuesto que la velaran en su casa. El alcalde, Atenógenes Ayala, se oponía. Aquello contravenía las reglas del protocolo de la pandemia. Eran los tiempos de la gripa española de 1918 que, procedente en barcos que partieran de Barcelona, entrando por Puerto Colombia, la trajeron sus tripulantes y pasajeros e hizo estragos en quienes, por falta de cuidado y vergüenza moral, sin confesarlo, padeciendo de tuberculosis, se les agravó mucho más su mal…
Ella, y sus cuatro hijos, tenían ya preparada, en el panteón municipal, debajo de un frondoso palo de ceiba, su sepultura en tierra.
Vicenta, a la muerte de su marido, era el motor económico, espiritual y político de su familia y de su partido…Autoritaria por demás…Preocupada de lo suyo y de los suyos. De carácter fuerte y laboriosa. Generosa en algunos casos sin dejar de decirle al limosnero: “Trabaja, no seas flojo”…Sus hijos nunca la dejaron ni se fueron jamás de su lado. Giraron en torno de ella siempre. Y esta vez no iba a dejar de ser así.
-Si quiero llegar a ser santa, como me lo he propuesto, por encima de la
voluntad del Papa, deben sepultarme en tierra. Todos los santos y
santas, lo fueron- Fue su primera exigencia- Así que no vayan en contra
de mi voluntad. Me entierran al lado de Salustiano, quien así también
me lo pidió y le cumplí, y de quien no sé si se hizo santo porque le
conocí un pecado, y no se diga más, si no lo hacen revivo de entre los
muertos y me vuelvo a morir llevándomelos a todos- recriminó a sus
hijos.