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-Molino de papel-
Como Dios manda
Cuentos y relatos globales. 05.06.21 
Hay personas que hasta muertas tienen la última palabra...
Escribe; Walter Pimienta.- Vicenta Santos había dispuesto que la velaran en su casa. El alcalde, Atenógenes Ayala, se oponía. Aquello contravenía las reglas del protocolo de la pandemia. Eran los tiempos de la gripa española de 1918 que, procedente en barcos que partieran de Barcelona, entrando por Puerto Colombia, la trajeron sus tripulantes y pasajeros e hizo estragos en quienes, por falta de cuidado y vergüenza moral, sin confesarlo, padeciendo de tuberculosis, se les agravó mucho más su mal…
Ella, y sus cuatro hijos, tenían ya preparada, en el panteón municipal, debajo de un frondoso palo de ceiba, su sepultura en tierra.
Vicenta, a la muerte de su marido, era el motor económico, espiritual y político de su familia y de su partido…Autoritaria por demás…Preocupada de lo suyo y de los suyos. De carácter fuerte y laboriosa. Generosa en algunos casos sin dejar de decirle al limosnero: “Trabaja, no seas flojo”…Sus hijos nunca la dejaron ni se fueron jamás de su lado. Giraron en torno de ella siempre. Y esta vez no iba a dejar de ser así.
-Si quiero llegar a ser santa, como me lo he propuesto, por encima de la voluntad del Papa, deben sepultarme en tierra. Todos los santos y santas, lo fueron- Fue su primera exigencia- Así que no vayan en contra de mi voluntad. Me entierran al lado de Salustiano, quien así también me lo pidió y le cumplí, y de quien no sé si se hizo santo porque le conocí un pecado, y no se diga más, si no lo hacen revivo de entre los muertos y me vuelvo a morir llevándomelos a todos- recriminó a sus hijos.
…Y también dispuso.
-Llórenme por adelantado. Así estarán menos ocupados atendiendo a la gente que de buena voluntad venga a mi velorio. No paguen plañideras… Lloran con lágrimas de cocodrilo…Si me sienten, llórenme ustedes desde ahora mismo. Creo que no les amanezco…Y, además, les toca. Tampoco quiero flores, se pudren, solo la corona del partido y que la vieja Toña Padilla, nada más por tres días, haga mis rezos y que sea ella quien prenda y apague mis velas aquí y en la iglesia. Perfumen de lavanda mi ataúd para llevarme en el alma el olor de Salustiano, era su perfume. Entiérrenme a las 4 de la tarde, no a las 3 porque a esa hora mataron a Lola la bandida. Que Baltasar, el campanero, toque los dobles como solo él sabe hacerlo: lentos, suaves y para que la gente pregunte quién murió. Quiero luzcan, por aun año, la desaparecida costumbre en los hombres de ponerse una franja o cinta de color negro en la manga izquierda de sus camisas blancas o chaqueta, dando a ver así al mundo que han perdido a su madre y que les duele.
Sus cuatro hijos la oían sin siquiera levantar la cabeza. No sabían si apiadarse de ella o contradecirla. No querían que se fuera con un último resentimiento.
…Y dijo más aquella lengua brava.
-Digan que he muerto del corazón, no tísica. La mayoría de gente se muere del corazón. Nunca ha dejado de estar de moda. Ustedes conocen mi tragedia- les exhortó.
Pedro, el mayor, asintió con la cabeza y, como era el mayor, los otros también lo hicieron.
-Haremos duelo- dijo Pedro.
Vicenta no quería dejar nada suelto y entonces, para no permitir que las cosas no quedaran convenientemente arregladas, determinó.
-Exíjanle al alcalde mi proclama de bando oficial anunciando mi muerte del corazón y mi cívica valía. Fui la querida de Salustiano Ayala, el militar que pacificó este pueblo para siempre y eso me da el mérito de exigírselo. Y que se diga que sobreviví a tres pestes y que no fue esta la que me mató. Además, enseñé a leer y a escribir pensando a medio pueblo, Díganle a Alfidia que la perdono, que siempre supe que, a ocultas de Catalino, su esposo, se acostaba con el mío, pero que la culpa no fue de ella ni de Salustiano sino mía y que le agradezco lo haya tratado bien. Era muy exigente en la cama y suelto de lengua. Cuelguen de nuevo, en una de las paredes de la sala, el daguerrotipo que nos hizo Cabica, el fotógrafo, donde estoy con él luciendo su uniforme de gloria. Está en el baúl, sacúdanlo y exhíbanlo…Nadie sabe cuánto lo lloré…Lleven con honra su apellido y el mío…Lo amé desde el primer día que lo vi vestido de militar y sentí un raro malestar en la “perilla”…Me hizo hervir la sangre. Fue mi obsesión y me le entregué en sus encantos de charreteras y en el esplendor de su sonrisa de blanco coco. Todos ustedes, fueron hijos de la hamaca, allí era donde más le gustaba. Dios es testigo…Díganle a Alfidia que no se haga “la santa mocarra”, que lo supe todo porque entre en cielo y tierra, no hay nada oculto pero que el tiempo todo lo borra…todo.
Vicenta esperó su fin sin dormir; tenía fiebre. Había hecho sobre la bacinilla, cinco vómitos de sangre. Oyó a un grillo en algún rincón de su cuarto, sintió el alboroto de los gallos de las tres de la mañana y, a las cinco, murió sin engañar a la muerte.
Pedro le tomó el pulso. La sintió fría, le cerró los ojos y con un nudo en la garganta, dijo:
-Murió. Ordenen la casa. Le haremos su velorio- Y le limpió con su pañuelo la última gota de sangre semiseca que le quedó en los labios.
El alcalde no se sabe de dónde, en forma intempestiva, apareció. Se mostró doliente con la situación.
-Saben lo de mi visita- les dijo- es por lo de la pandemia y el protocolo.
-Nos exigió velorio y sepultura en tierra- le dijeron.
Hubo un alegato. Se habló de la gloria del partido y su bandera.
-Murió del corazón- le dijo Pedro- tenemos derecho a enterrarla. Somos sus hijos y le pedimos que haga público un bando. La muerte de la mujer del hombre que nos dio la paz en este pueblo, no debe pasar inadvertida…Y yo le haré su discurso de despedida.
La encajonaron olorosa a lavanda.
La gente fue llegando entre el dilema del contagio de la pandemia y el deber moral de darle a los hijos de Vicenta su sentido pésame.
A las afueras de la casa, hubo la necesidad de muchos asientos y tender una lona de campamento.
Aparecieron diez nietos fugitivos. Los hijos de Vicenta, al igual que su padre, no se casaron nunca. Eran inflexibles en esto. Tendrían hijos con toda las que se les atravesaran, pero nunca se casarían ni comprometerían con ninguna.
Julio Maury, tocó la corneta de la muerte tres veces en cada esquina del pueblo y se leyó el bando. Que se guarden las distancias decía en resumen el edicto municipal.
Baltasar, el campanero, tocó los dobles mejor que nunca.
Vino más gente…Se les había desaparecido el miedo a la pandemia.
-La temeridad es irresponsable- dijo el padre Hernández y agregó: importa más la vida.
-Fue su última voluntad. Así lo dispuso ella- le contestó Silvestre, el sacristán.
-Le haré en latín su memoriam defunctorum en forma cantada para paliar la situación. No quiero que le lleven quejas al obispo sobre mi buen nombre y extenderé a sus familiares mi voz de pesar. Si hay contagios, que se agarre el alcalde. La pandemia está viva- contestó molesto.
Medio pueblo y el otro medio también, fue al entierro a llevar a la muerta y a escuchar uno de los discursos fúnebres más cortos de que da cuenta la historia de este pueblo, solo de cuatro electoreras palabras, cuando Pedro Ayala Santos, el hijo mayor de Vicenta y Salustiano, en la puerta del cementerio, montado en una mesa que le prestaron donde Joselito, lloroso y compungido, miró a la multitud y a gritos dijo:
-¡Viva el partido conservador!
… Y con un viva, contradictorio a la muerte, de este mundo, en plena pandemia de la gripa española, en un pueblo del Departamento del Atlántico de cuyo nombre si quiero acordarme, pero que no lo quiero escribir, se fue Vicenta Santos, la querida de Salustiano.
Y en su sepelio, el Mello Molina, con baja y penosa voz, al grito de ¡Viva! Que todos los del partido en respuesta arengaron, “filosóficamente”, afirmó:
-Hasta muerta tuvo esa lengua brava la última palabra carajo.

Walter Pimienta
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