
No sé si a su muerte, hallaré las palabras suficientes para despedir a “Minina” y expresar lo que ha dejado en Carmen Rosa y en mí, durante los años que nos dio su grata compañía, centinela de los crepúsculos, caricia de músculo de acero, pelambre de la suavidad, círculo de paz girando a nuestro alrededor cuando llegábamos cansados a la casa en las tardes de verano y su presencia era la humanidad de cuatro patas con rabo, la ternura felina que en el aire se hacía amor, y la suave reverberación de la quietud diciéndonos “Miau. Miau”…. Que era su manera de decir “los amo”…
Nos dejaste “Minina” tus huellas en el alma y los jardines silvestres y húmedos de “Balcones de Catalina” ahora en silencio…Allí tenías tu mesa, tu cama, tus platos, un lugar en el mundo para ti, tuyo y solo tuyo. A veces te tocaba la cabeza y tu mano con su garra que no faltaba….Con todo y tu genio de gata, fuiste una gata dulce. Alegrabas a Carmen, le sacabas rabias pero también alegrías y pechiches…En Barranquilla, mientras allí vivimos, tenías alas de pájaro y los cazabas jugando con el viento… y, escondida, en la oscuridad de la noche, tú sabías donde estaban los ratones y las ratas y los matabas y nos los mostraba y jugabas con el último pedacito de sus rabos…y la luna, con su luz, se metía en tus ojos. No sabes cómo nos duele tu muerte…Gata negra… te fuiste sin preguntarnos sin aún te necesitábamos dejándonos un vacío en el corazón y clavando con tu ausencia un dolor no sé dónde.