Escribe Walter PimientaLa.- pieza lateral de la casa donde el doctor Torrenegra improvisó su consultorio y un rincón de pequeñas cirugías, olía siempre a mercurio vaporizado. De un clavo en la pared, tenía colgada su bata.
Lo vi allí varias veces atender heridos de emergencia. Lo hacía con ademanes directos y decididos, en ocasiones asistido por José Félix , su hijo. Había en la misma pieza, perfectamente aseada, una vitrina con medicamentos que el facultativo recetaba y vendía
La ruta “urbanogeográfica” que a manera de mapa servía para llegar al consultorio-clínica del doctor Torrenegra, se me ocurre decir ahora, estaba marcada por el fuerte hilo de seda vicryl que, ensartado en su aguja curva, él usaba para coger puntos de sutura que era en lo que más lo ocupan, dejando antes el herido, por las calles del pueblo, en el trayecto, un rastro de sangre imposible de parar, abierta cortadura por la cual, creía yo, a este se le podía escapar el alma si con urgencia no lo atendían.