Por Francisco R. Pastoriza. La sociedad de la segunda mitad del siglo diecinueve, con el aumento de los intercambios comerciales, la explotación de los imperios coloniales y los avances de la revolución industrial, tenía necesidad de una mayor rapidez en la transmisión de los mensajes.
Mientras Heinrich Hertz había encontrado en las ondas electromagnéticas un medio de transporte que no necesitaba soportes materiales (como el teléfono y el telégrafo), Edouard Branly y Alexander Popov ponían a punto las primeras antenas de emisión-recepción.
Estos inventos fueron utilizados por Guillermo Marconi para fabricar un primer radiotransmisor capaz de transportar a grandes distancias una señal utilizando la telegrafía sin hilos.
Durante mucho tiempo el medio fue monopolio de la armada y el comercio y tuvieron que pasar muchos años para que se aplicase a la vida cotidiana de los ciudadanos.
A Marconi, quien registró el invento en 1895, se sumaron las investigaciones de otros científicos como el canadiense Reginald Fessenden, quien consiguió transmitir a través de ondas electromagnéticas la voz humana acompañada de sonidos musicales: en 1906 se emitía por primera vez una canción a través de la radio. Ese mismo año se descubrieron las propiedades de la galena para captar señales radioeléctricas, base sobre la que se levantaría la radio como medio de comunicación de masas. La radiodifusión sólo necesitaba un impulso definitivo: la producción masiva de receptores
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