
Desde siempre, aunque sea corta nuestra vida, hemos tenido la oportunidad de oír que “la ociosidad es la madre de todos los vicios”. Por todos sitios se nos invita y hasta incita a la actividad. No podemos estar ociosos por mucho tiempo. Somos inquietos por naturaleza, pero hay veces que la naturaleza se cansa. Así, aprovechando que la naturaleza se nos puede venir abajo, se nos habla como si el ocio fuera una solución a nuestra tan atareada vida. Se nos invita a repartirnos por las terracitas de la ciudad para gozar de una merecida ociosidad y una cervecita que nos ayuden a acabarnos de amargar nuestras tardes, tras días de obligado cumplimiento y de trabajoso laboreo.
Con esto podríamos decir que está todo dicho, incluso que está “medido, contado y pesado” como se nos recuerda en la famosa cena de Baltasar. Sin embargo, no se nos acaba el tiempo, porque solo se trata, con todo derecho, de una cervecita en una terracita en una tardecita después de un trabajado y trabajoso día. Se trata de ver “las luces de la ciudad” sin las sombras de las colas del hambre.
También sabemos que no siempre los trabajos te dejan mucho tiempo ni dinero para ir de terracitas. También sabemos que hay jóvenes que, aunque no den un palo al agua, se van de cervecitas, porque sus progenitores tienen posibles y se lo pueden permitir. Hasta aquí todo perfecto. Todo está ya organizado y servido, ya podemos levantar cabeza, porque la pandemia, que nos ha tenido encerrados durante tanto tiempo, nos ha resucitado los ánimos y ya podemos elevar nuestras miradas y vernos con los otros cara a cara, mascarilla a mascarilla. Después de tanto tiempo sin saber de los otros, sin poderlos ver y sentir cercanos, ya hasta podemos levantar nuestros inmóviles y humillados ojos de los móviles y vernos y reconocernos.