
Después de muchas idas y venidas por la situación de España en el tema de la
ludopatía y ante la avalancha de toda una tropa de anuncios publicitarios que “informan”, sobre todo, de las facilidades con que contamos para acceder a las apuestas, que tan insistentemente se nos ofrecen a diario y hasta con nocturnidad, sobre todo, el despliegue de ofertas de apuestas que se pueden hacer por internet, no está mal que reflexionemos un poco sobre el tema.
Los ingredientes de las apuestas, lo que con un eufemismo y denominador común se les ha venido llamando “juegos”, a secas, incluso omitiendo el complementario “de azar”, son muchos.
Sin embargo podemos hablar de uno de los ingredientes que no se tienen en cuenta a la hora de considerar las situaciones de juego y todos los rituales que pueden acompañarlo. Nuestras consideraciones no pretenden sentar cátedra ni defender una tesis esclarecedora y definitiva, ya que el estudio de un caso (N=1) no nos da para hacer mucha ciencia, que digamos. No obstante pensamos que nuestras energías pueden hacernos favorables la suerte, que ya vivimos. El caso fue que, hace unos treinta años, un buen fin de semana, nos juntamos tres parejas y se nos ocurrió, para variar, meternos en un bingo. Podemos añadir que el local había sido una espaciosa sala de cine.