
Parece que fue ayer, aunque haya pasado un siglo, cuando
Celestín Freinet se incorporó como maestro de primaria a la enseñanza pública, después de la guerra, en 1920. Su pedagogía popular no se sonroja de llamarse así, ya que humildemente sabe que no puede confundirse con las denominaciones que posteriormente se harían de partidos políticos o cadenas de radio. Su escuela está intimamente relacionada tanto con la esfera familiar como social. Se trata de una escuela abierta, activa, cooperativa. Intenta que el alumnado aprenda haciendo y realice pensando. No se ata al memorismo como único método de aprendizaje. La principal misión de la escuela popular es ayudar a las potencialidades de cada uno, sin discriminaciones ni preferencias.
Hoy en día la educación pública se ha alimentado poco a poco de esta línea que entonces se llamó escuela moderna, muy diferente a la antigua usanza de la escuela que preconizaba que “la letra con sangre entra”. Como nos decía don Antonio Gil Muñiz: “La letra con sangre entra, pero con la del maestro”. Bien sabemos que la sangre no tiene que llegar al río y mucho menos a la escuela, donde se nos daban palmetazos, se nos ponía de rodillas, no faltaban las tortas ni los tirones de patillas o de orejas...