
Hace unos días que hemos celebrado el 90 aniversario de la publicación de El ROMANCERO GITANO, obra cumbre de la que fue autor Federico García Lorca. Para mí, pronunciar el nombre de García Lorca, supone experimentar un cúmulo de sensaciones extrañas en las que se mezclan la emoción ante la profundidad comprometida de su mensaje, la tristeza porque las balas mortíferas de sus asesinos nos privaron de la fuente sublime de creación poética que hubiera salido de aquel genio, y la alegría de saber que nadie como él ha sabido reflejar con tanta fuerza la vida de nuestra gente durante el corto tiempo que duró su vida.
Nació en Fuente Vaqueros (Granada) el año 1898 y aunque se trasladó a Madrid cuando ya había cumplido 21 años para estudiar Derecho y Filosofía y Letras, nunca perdió su vinculación con su tierra natal y especialmente con su madre, Vicenta Lorca Romero que ejerció como maestra de escuela, ―más exactamente de un parvulario de niñas―, en el mismo pueblo. Tal vez esa vinculación justifique la faceta infantil de Federico, presente en algunos de sus versos: Mamá, yo quiero ser de plata. / Hijo, tendrás mucho frío. / Mamá, yo quiero ser de agua. / Hijo, tendrás mucho frío. / Mamá, bórdame en tu almohada. / ¡Eso sí! ¡Ahora mismo!