
Como todas las tardes aparcaron junto a su banco preferido. Él la ayudó a bajar, caballeroso como siempre, a la vez que comentó:
• ¡Toma asiento!, cariño, ¡qué manera de sudar!, estás empapada.
Ella se secó la secreción de la frente y respondió:
• Gracias amor, la verdad que pedalear 5 kilómetros cuesta arriba me deja sin fuerzas.
Se trataba del momento del día favorito para ambos. Llegaba la hora de hablar de sus inquietudes.
Herculana agarró la mano de Inocencio, lo miró a los ojos y le preguntó:
• ¡Vida mía!, ¿en serio te vas a volver a presentar al concurso
“escriba su relato y solo un milagro logrará que gane”?, ¡qué inocente
eres!
• Herculana mía ¿y si gano?, es mucho dinero, ¿y si no se presenta nadie y eligen el mío?
• Bueno hijo, tú verás, al menos te entretienes y le das uso al
ordenador, que para eso lo estamos pagando. ¿Y sobre qué va tu historia
esta vez?
• Sobre bicicletas, corazón mío.