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Tu diario. Libertad de expresion

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Por qué el tiempo parece ir tan deprisa, pero cuando se trata de nosotros parece detenerse
Candela Arajüez Santana. 10.10.26 
Creo firmemente que vivimos en una sociedad donde el núcleo constante está en llegar a la meta, en ganar y no saber muy bien en qué. En una sociedad dónde los logros se estudian con lupa y precisión, dónde parece haber un gobernante que decide tu valor según lo que obsequias.
A su vez pienso que el punto de inflexión se encuentra en vivir deprisa: leer deprisa, comer deprisa, dormir deprisa, hacer deporte deprisa… Hacer que la vida se asemeje a una carrera. Una carrera llena de enfrentamientos y rivalidad.
Por ello considero que estamos viviendo un desgaste social que impone si lo miras desde fuera, si te detienes a examinarlo.
La gente ya no se preocupa por saborear el momento, sino por tacharlo de su lista. Tampoco se preocupan por vivir la experiencia y sentir el subidón y los sentimientos a flor de piel, sino en fotografiarlo todo para subirlo a redes sociales. Mucho menos se preocupan por el tiempo de descanso, sino por acabar cuanto antes para tener los 40 minutos diarios y sagrados de scroll en TikTok.
Es por esto y más que considero que el detenimiento se nos acaba, la ligereza de la
brisa que nos choca en la cara cuando caminamos desaparece porque la tapamos con el teléfono móvil, y la sutileza y pureza de las palabras que nos dedican nuestros amigos un martes cualquiera, quedan enterradas y escondidas en un chat que terminará por perderse.
Pero teniendo en cuenta que la vida parece acercarse cada vez más a una una competición de karts, me pregunto: ¿por qué el tiempo parece ir deprisa pero cuando se trata de nosotros parece detenerse?
Me dispongo a desglosarlo.
Y es que a veces siento una punzada que me indica que avanzo al ritmo de un caracol. Siento que todo lo que me rodea se encuentra en su timing perfecto, excepto yo. Yo soy la lenta, yo voy tarde. Y tarde en todo. Voy tarde en los estudios, voy tarde en el amor, voy tarde en el desarrollo del personaje, voy tarde en independizarme, en crear mi propia vida, decorar mi casa, formar una familia.
A veces me siento la presa de mi propia cárcel. Sostengo fuerte los barrotes como si yo misma no tuviera la llave que me desencadenara de ellos.
No logro entender esta presión que me acecha cada vez que doy un pasito más, o cada vez que retrocedo y me doy cuenta de que no soy igual al resto, de la misma manera que nadie lo es.
No logro entender el por qué de este martirio que nos atormenta a diario cuando no llevamos la vida estructurada, cuando no lo apuntamos todo en la agenda, cuando nos queremos dejar llevar pero hay algo que lo impide. Ese orden, esa inquietud mental que nos da pie a tenerlo todo bajo control.
Y es que mientras mi alrededor hace su vida y marca su camino, yo me percato y preciso el camino de los demás. Me encuentro en paz, y entonces observo.
Observo a los niños jugando al balón, a la pareja de abuelitos cogidos del brazo porque solos ya no pueden caminar, a la madre que va a toda velocidad con el carrito a recoger a su hija del colegio, al repartidor que conduce también a toda leche por la carretera, al hombre que se sienta en el banco y deja las horas pasar, a las abejas polinizando…
Observo lo que me rodea, lo que hace que el mundo sea mundo, lo que crea el entorno, lo que lo mantiene vivo.
Y entonces es ahí dónde caigo en la cuenta de que esto es lo que le falta a mi generación. El observar, el dejar descansar la mente, la falta de concentración. El hecho de no tener que sobre pensarlo todo y dejar que a veces las palabras salgan espurreadas de la boca.
Así que es por esa razón que cuando lo que nos rodea parece ir deprisa, es cuando nos sentimos más despacio. Cuando parece que perdemos el norte.
Porque el tiempo acecha y no pide permiso. Porque el tiempo viaja y nos designa el destino sin preguntar. Por eso cuando creemos que la vida va velozmente es todo lo contrario.
La gente quiere ganar, quiere llegar a la meta, quiere ser el mejor. Pero no saben el camino. No saben en qué quieren ser los mejores. No saben a dónde llegar porque no saben con quienes compiten.
Y considero que este es uno de los errores descomunales que cometemos a día de hoy, sentir que nuestro ciclo es una competición.
Supongo que cuando se trata de nosotros, picamos a machete nuestra conciencia para desquiciarla, pensando así que se activará el piloto automático y conseguiremos lo propuesto del tirón, rápidamente.
Sin saber que este desgaste que procede de esta comparación nítida y sin sentido, crea un resentimiento cuya anomalía está encubierta. Un resentimiento que nos convierte en contrincantes, que nos enfrenta.
Queramos mejor ir lento, amar despacio, hablar sútil, escribir con destreza, pensar con precisión. Ser cauteloso, marcar el camino al ritmo oportuno, tomar las decisiones sin aceleración.
A veces deberíamos parar a contemplar, porque considero que todo esto conlleva a un miedo sin raíz aparente a la ejecución de actividades a solas. Tenemos miedo de comer solos, pasear solos, sentarnos solos. Tenemos miedo a no tener un eco de fondo, a que nos miren, a dejarnos mirar y a tenernos que obligar a hacerlo. Tenemos miedo a parar.
Estamos en el bucle de la sobreproducción y la hiperproductividad, donde en todo momento las personas acarrean más de una actividad a la vez. Y tenemos miedo de no encajar en el estereotipo, de no marcar el patrón.
Nos asusta no ser productivos, nos asusta no despertarnos sin alarma a las ocho de la mañana, desayunar saludable unas tostadas integrales con aguacate y huevo cocido con sésamo, ducharnos con sales exfoliantes, vestirnos con el mejor atuendo sin repetir prenda en el mes y bajar las escaleras de caracol de tu piso por el cual pagas una millonada de alquiler para ponerte los auriculares, porque somos incapaces de escuchar la nada y tenemos la necesidad constante de tener ese eco propuesto anteriormente en nuestra cabeza, y hacer más de mil recados que impliquen pasear de manera audaz y agobiados porque las agujas del reloj se mueven sin que te des cuenta en marcha de 1000 km por hora.
Nos asusta también no ser lo suficientemente inteligentes, atractivos, guapos, interesantes, curiosos y performativos. Y por si fuera poco, no vale con ser solo inteligente, atractivo, guapo, interesante, curioso y performativo. Sino que tienes que serlo mucho pero sin sobrepasar la línea, que no piensen que lo finges aunque así sea pero que tampoco parezca que reúnes todas esas cualidades por pura naturaleza porque estaría sobreactuado.
Nos asusta, instintivamente, el respirar. El no valorar con detalle todas las opciones y lanzarte a por una.
Nos da miedo el riesgo, porque nos asusta ver el fallo, nos asusta la equivocación. Nos da miedo no conseguir la idea que ha formado nuestra cabeza.
Nos da miedo que la vida pase rápido, pero también nos agobia cuando pasa lento. Cuando el momento más triste se hace eterno o cuando el más vergonzoso parece
durar siglos. Pero nos pesa cuando el tiempo vuela mientras crecemos o cuando besamos a quien amamos.
Se nos hace bola la lentitud y no somos lo suficientemente conscientes de la suerte que tenemos de poder tomarnos la vida con calma. De no tener por obligación que apresurarnos a aprender, a tomar esa taza de café o a formar una familia.
Vivimos en una sociedad libre, donde nadie nos empuja al abismo más que nosotros mismos.
Dejemos pasar el tiempo pero masticándolo lento, saboreando cada minuto y aprovechando cada segundo.
Sin engullir, sin tragar el plato del tirón.
Que el tiempo pase rápido no es sinónimo de que tengamos que correr; totalmente al contrario.
Deberíamos querer encapsular las horas para guardarlas cuando deseemos que el día tuviese más.
Deberíamos hacer de la vida un álbum recordatorio para recordarnos de vez en cuando que está bien respirar, y que debemos hacerlo.
A veces, simplemente deberíamos parar, y parar sin culpa y restricción. Parar a disfrutar y a disfrutarnos.
Parar en la vida y permitirnos aceptar que está bien. Que la vida se asemeja más al tiempo que tarda una babosa en construir su pequeño hogar que en una carrera de relevos.
Paremos y hagámoslo en conjunto.

Candela Arajüez Santana
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