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Tu diario. Libertad de expresion

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-Molino de papel-
“EL MOCHO DE LAS PRENDAS” (DE LAS SALAS) 
Cuentos y relatos globales. 13.09.26 
De las Salas se enamoró de Lucía; pero Lucía no se enamoró de él.

Escribe; Walter Pimiernta J.-  Él era mayor. La vio una tarde crepuscular, como suspendida en el oro de un sol mortecino. Se detuvo al verla. Suspiró. Se olvidó de su prisa y se caló un poco más su corto sombrero de fieltro gris. La miró en ese instante exacto en que el mundo, por un minuto, se detiene para que uno vea las cosas hermosas.
Con decencia, le pidió el favor a un transeúnte que por allí pasaba —en aquel pueblo todos se conocen— y en voz baja, dando las gracias, preguntó por ella como quien pregunta por un milagro.
—Se llama Lucía, señor.
Lucía. Cinco letras y otro suspiro. Lo repitió en silencio, letra por letra, como para que no se le gastara entre los labios. Y todo derivó en un intenso deseo de conocerla.
De las Salas vendía prendas valiosas en una pequeña maleta de madera con vidrio de exhibición: anillos, sortijas, manillas, cadenas, crucifijos, zarcillos, collares, gargantillas, brazaletes, dijes y diademas. Tenía una clientela buena y confiable a la que visitaba, sin falta, todos los jueves del año.
Era hombre de buen trato: cordial, de agradable charla y muy educado. Sin ser nativo del pueblo, tenía ahijados a los que no les dio la vida, pero a quienes pidió permiso para quererlos como si fueran sus hijos.
Una vez, yendo con su maleta, se quitó decentemente el sombrero y cortejó a Lucía, pero ella no supo interpretarle la mirada. Le dejó entrever que si algo pretendía, en nada se comprometería.

Nadie sabía en el pueblo si De las Salas era casado. Nadie se lo preguntó. Él nunca lo dijo. ¿De dónde venía? De Barranquilla. ¿A dónde volvía? A Barranquilla. Vendía anillos para novias que nunca tuvo, zarcillos para orejas que nunca tocó, crucifijos para rezos que nunca le escuchamos rezar. Las mujeres decían: parece viudo. Los hombres decían: es solterón. Los niños le decían: padrino, regáleme cinco centavos. Algunas decían que le lucía el sombrero gris, pero que se veía solitario.

Y siempre llevaba la mano derecha entrecerrada, como quien guarda un secreto que no quiere apretar demasiado; por eso saludaba fuerte con la izquierda. Con la izquierda también cargaba la maleta y con un pequeño martillo que parecía de juguete arreglaba los defectos de sus abalorios.

Una vez pensó en enviarle una carta a Lucía, pero no era ducho escribiendo con la mano izquierda y sintió vergüenza de su letra. Durante doce días ensayó con esmero, pero al intentar escribir la palabra amor, la primera letra le salía doblada. La M le quedaba coja, con una pata más corta, como si no quisiera mantenerse recta. La O y la R le salían temblorosas, inclinadas hacia la izquierda. Era un amor torcido, imperfecto. Sintió que la M se reía de él, con su sube y baja chueco, y rompió el papel en mil pedazos.

Él no estaba para cartas de amor. Estaba hecho para los negocios del oro, a quince pesos el gramo en 1965. Y se decía: ¿qué pensará Lucía cuando se dé cuenta de que soy incompleto?

De las Salas nunca trabó un diálogo con Lucía. Una vez la tuvo cerca, muy cerca, en el restaurante de Josefa donde ambos almorzaban a esa hora, pero a su silencio se le pasó el tiempo y se le hizo un nudo en la garganta. No fue que no quisiera hablarle; lo dejó para el otro jueves, cuando volviera. Y ese silencio se quedó allí, mirando el plato de sopa. Un silencio de piedra, con las palabras apretadas en su mano derecha.

—Qué calor hace —fue lo único que dijo.

Afuera, un cielo plúmbeo amenazaba lluvia. Y Lucía se marchó sin que él le dijera: fue un placer conocerla.

Fue un encuentro furtivo y tormentoso. De las Salas almorzaba con la mano izquierda, porque con la derecha, sin pulgar, era una infelicidad de tenedores y cuchillos. Su plato era un desacierto de arroz y ensalada.

Y por algo que nadie supo, por el resto de los jueves de su vida, De las Salas no volvió más al pueblo. Lucía no cayó en la cuenta. Algunos dijeron que estaría enfermo. Nadie supo si murió, si se cansó con ese cansancio cansado que es el peor de los cansancios.

Nadie le decía De las Salas. Le decían el mocho de las prendas.

¡El mocho de las prendas!, gritaban los niños.

De las Salas era su apellido, pero nadie lo usó. Se le quedó guardado, entrecerrado en su mano derecha sin pulgar, como una prenda valiosa que nunca pudo entregar.

Walter Pimiernta J 

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