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Molino de papel-
Segundo Avilés. “EL HOMBRE QUE SE BEBIÓ EL TECHO”
Cuentos y relatos globales. 06.09.26 
Escribe; Walter Pimienta J.
Segundo Avilés llegó al  pueblo a las seis en punto de la mañana.
Venía de Pailitas, de la finca El Remanso, de don Alberto Marulanda. Nueve mil hectáreas entre Pelaya, La Gloria y Tamalameque. Tres meses cogiendo algodón bajo un sol que no perdona, con las manos rajadas, la espalda doblada, llenando costales que pesaban más que él. En el bolsillo del jean marca “Era”,  traía un fajo de billetes de a veinte pesos oro, de los que traían pintado a Caldas, doblados con cuidado y envueltos en una bolsa plástica para que no se le mojaran con el sudor: trescientos ochenta pesos. Era toda su cosecha. Le alcanzaba para una vaca y dos toros.
Su mujer, Rosa Celorio, de los Celorio de Pueblo Viejo, Magdalena, le había dicho antes de que él se fuera para la cantina “El Rodadero”, donde la bocina lo llamaba con la voz de Antonio Aguilar cantando La mancornadora:
—Segundo, con eso arreglamos el techo, que ya no aguanta otro invierno.
Él había asentido con un movimiento de cabeza. Lo decía en serio.
Se sentó en un taburete de cuero contra la pared de piedra de da a  la Calle del Cementerio. Se quitó el sombrero de paja para limpiarse la frente. Tenía una sed de tres meses. Una sed de cerveza.
—Caslito —era el cantinero—, regáleme una fría, pero bien fría.
La primera se la tomó como se toma el agua después de cruzar el desierto. De un solo trago, con los ojos cerrados. Por acá no hay desierto, pero esa vez sí lo hubo.
La segunda se la tomó más despacio, mirando a la gente pasar que lo saludaba:

—¡Ve, Segundo! ¿Y cuándo llegaste del valle?

Con la tercera llegaron los amigos. El compadre Mercedito y El Cochero.

—¡Una ronda, Caslito, para celebrar que volvió el algodonero!

Y Segundo, que había estado tres meses en soledad absoluta, sin hablar con nadie, no  más que con “Pacho Grande”, el capataz, tenía ganas de hablar. Tenía ganas de ser alguien otra vez, no solo unas manos que recogían algodón.

A las once de la mañana ya había contado cinco veces la historia de la mota coposa del Deltapine 16, la reina del Cesar. Habló del calor, del patrón que no pagaba bien y que descontaba diez pesos si alguno  rompía el saco al recoger.

A la una de la tarde sacó el fajo. A esa hora los billetes ya no estaban tan doblados.

—Hoy invito yo, que vengo del valle con platica. ¡Y que me repitan La mancornadora! —pedía.
A las cuatro, la bolsa plástica estaba vacía y pisoteada en el suelo. Alguien había puesto un vallenato y exigió que lo quitaran y que le pusieran otra vez “La mancornadora”. Segundo la cantaba a gritos, con la camisa por fuera, el sombrero ladeado y la mochila de fique colgándole como un trapo.

A las seis, Rosa bajó de “La Popa” a buscarlo porque no había regresado a la casa. Lo vio ahí, sentado contra el mismo muro donde se había sentado en la mañana, con una botella en la boca y la mirada perdida en la “perdidera”.  No lo regañó. Se sentó a su lado.

—¿Y el techo, Segundo?

Él no contestó. Le pasó la botella de la que bebía. Era lo único que le quedaba del valle.

Ella no la recibió. Solo se quedó ahí, con él, hasta que se le pasó un poco la rasca y le dio vergüenza volver a mirarlo.

Al otro día, Segundo no volvió a coger su mochila. El techo seguiría goteando y en el pueblo ya tenían una historia nueva para contar.

Llevaba dos días durmiendo en una hamaca en la troja, en una troja. Y tres meses sin que su mujer le tocara ni la cara, sin bañarse bien, sin sentirse hombre para nada. Solo peón.

Con el trago aún vivo en la cabeza, quiso irse a buscar mujer en la calle. No tenía plata ni para eso, ya se la había tomado toda en “El Rodadero” por culpa de “La mancornadora”. 

Cuando Rosa se levantó para irse a ganar la vida en el “Bar El Triste Ranchero”, dejando a Pachito, Perfecta y Roque con un arroz con huevo, dejó  a Segundo ahí tirado en la hamaca, pero él la agarró del brazo. No fuerte. Desesperado.

—No se vaya, Rosa.

Ella lo miró. Lo había visto borracho mil veces, pero nunca con esa vergüenza.

—Usted cree que yo no sirvo —le dijo él, con la voz quebrada—. Usted no sabe lo que es  estar reseco de mujer por tres meses. Que me fui para el valle y me bebí  la  platica. Que no sirvo pa’ traer plata, ni pa’ arreglar el techo...

Rosa no dijo nada.

Y Segundo, vencido ya no por las ganas de mujer, sino por la rabia de sentirse pequeño, se puso a llorar. Llorar como un muchacho, con el sombrero en el suelo.

La abrazó por la cintura cuando ella ya había alcanzado la calle y le puso la cabeza en el regazo. La gente pasaba y miraba.

—Yo sí sirvo, Rosa. Yo sí sirvo —le decía.

Y ella, que llevaba veinte años conociéndole todas sus borracheras y todas sus tristezas, lo que hizo fue dejarlo llorar. Le pasó la mano por el pelo, que aún conservaba pelusas del algodón del valle, y le dijo:

—Ya, Segundo. Ya.

No fue virilidad. Fue lo contrario. Fue el miedo de ya no tener a nadie.

Segundo era un espectro del pasado. No del pasado de él. Del pasado del pueblo. Era de esos hombres que ya no se hacen. De sombrero de los que vendían en la tienda-cantina “El Montecristo”, de mochila de tres colores: amarilla, verde y roja; de machete a la cintura en su cubierta y afilado por si tocaba. De los que cogían algodón porque el viejo Lorenzo, su papá, cogió algodón, y su abuelo Aniano también. De los que decían: “El valle es pa’ gente valiente y que no le duela la cintura pa’ agachase”.

Por eso, ahora sin plata, el pueblo no lo vio borracho. Lo vio como se ve a una foto vieja de las de Cabica que se está borrando.

Los muchachos de ese tiempo ya no querían ir al valle. Se iban a trabajar a Barranquilla en lo que fuera. Nadie quería rajarse las manos cogiendo algodón por trescientos ochenta pesos. Nadie quería volver con el mismo sombrero con el que se fue.

Segundo lo sabía. Por eso se fue de nuevo a “El Rodadero”, a ver si Caslito le fiaba algo después que Rosa salió. La pared de piedras de la cantina era más vieja que él. Se recostó en el mismo taburete. La piedra fría le decía: quédate aquí, que aquí todavía sirves para algo. Para hacer bulto. Para que los turistas que vienen a ver la obra de Obregón en el cementerio,  te tomen una foto en blanco y negro y digan: “Mire, vea, qué auténtico. De estos ya no hay”.

Se tomó la última gota que le quedaba. No por borracho. Por no irse. Porque si se paraba, tenía que volver a ser el hombre que no arregló el techo. Y ahí, sentado, con la botella en la boca, todavía era el algodonero que trajo platica del valle. Aunque Rosa ya se le hubiera ido.

Y entonces Antonio Aguilar cantó de nuevo “La mancornadora.”


Canción del caso.
https://youtu.be/ouPacPKFQjU?list=RDouPacPKFQjU  

 Walter Pimienta J. 

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