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-Molino de papel-
EL "LOCO ARANGO", EN PRIMERA PESONA
(Un loco que no  era loco)
Cuentos y relatos globales. 30.08.26 
Escribe; Walter Pimienta J.- A mí me dicen "El Loco", pero los verdaderos locos son otros. O quizás no. Quizás el único cuerdo en esta ciudad de calor endemoniado y brisa marina soy yo, o tal vez el mar de Santa Marta nos terminaba por secar el seso a todos, tarde o temprano. Nací bajo el apellido Arango, una estirpe de muchachos con buen pie para el balón, de esos que hacían gritar a la tribuna en el Eduardo Santos  y gambeteaban la vida en una cancha con la camiseta del Unión Magdalena. Pero a mí el destino me dio otra clase de gambeta. Mi cancha fue la calle polvorienta, y mis rivales, o más bien mis compañeros de juego, fueron los náufragos de la razón.
Viví mis mejores años en el Rincón Guapo, allá en la carrera quinta con calle cuarta. Un sector de gente brava pero noble, donde el sol golpea el pavimento desde las seis de la mañana como un mazo al rojo vivo y la música de los picós se mezcla con el olor a pescado frito y salitre. Después, cuando los años me pidieron un poco más de sosiego, mudé mis bártulos al barrio Nacho Vives, buscando un aire más reposado entre los cerros. Sin embargo, la fama ya me precedía a donde quiera que fuera. En Santa Marta todo el mundo me conocía. Si un alma en pena empezaba a gritarle insultos al morro en la bahía, o a desnudarse frente a la Catedral en pleno mediodía bajo los años sesenta, la gente no llamaba a la policía. Decían, con una mezcla de lástima, burla y urgencia: "Llamen al Loco Arango".

La Alcaldía Municipal me nombró, de manera oficial pero sin demasiado presupuesto, el guardián de los descarriados. Para esa época, las décadas de los sesenta y setenta, nuestra hermosa ciudad costera carecía por completo de un lugar digno para albergar a quienes perdían el norte de la cordura. No había pabellones psiquiátricos, ni camisas de fuerza estatales, ni médicos dispuestos a escuchar los delirios de los descalzos que deambulaban por el camellón. Así que el alcalde me miró a los ojos un día en su despacho y me dijo:

—Arango, usted es el único hombre en este pueblo que tiene el tacto para esto. Lléveselos. Sáquelos de las calles antes de que se hagan daño o asusten a los turistas que vienen a El Rodadero.

Y así comenzó mi procesión. Mi vida se convirtió en un viaje de ida y vuelta entre el Caribe azul y el interior frío del país, arrastrando conmigo las sombras errantes que la sociedad prefería no mirar.

Aprender a manejar a un loco en Santa Marta requería más cintura que la de mis primos esquivando defensas en la cancha de fútbol. No se trataba de fuerza bruta; el que usa la violencia contra un demente ya ha perdido la batalla antes de empezar. Se necesita labia, una voz que no tiemble pero que tampoco amenace, y una paciencia de santo católico. Yo soy un hombre de convicciones liberales, de mente abierta, y siempre creí que hasta en la peor de las demencias sobrevive un rastro de dignidad humana. Yo los miraba a los ojos fijamente y descubría el hilo roto de su historia para entrar en su propio juego.

Una tarde me tocó perseguir a "El Coronel", un viejo flaco que decidió marchar completamente desnudo y con una escoba al hombro por toda la plaza de la Catedral, exigiendo que la ciudadanía le rindiera honores de Estado. La gente se moría de la risa, pero el pobre viejo sudaba a chorros bajo el sol de las dos de la tarde. Cuando logré cercarlo, me cuadré en firme, le hice el saludo militar y le dije con mi mejor voz de mando:

—¡Mi Coronel! El presidente de la República lo solicita urgentemente en Bogotá para una misión secreta de seguridad nacional, ¡pero es  de estricto orden militar que se ponga los pantalones!

El viejo se tomó la barbilla, pensativo, miró su escoba, luego me miró a mí y asintió con una solemnidad pasmosa.

—Bien pensado, Arango. La diplomacia exige decoro. Traiga la vestimenta.

Ese era mi tacto. Pero el ingenio caribeño no bastaba para los viajes largos. Las carreteras de Colombia en aquellos años setenta eran verdaderas trochas de polvo, lodo y abismos que desafiaban la gravedad y la paciencia de Dios. Para cruzar el país en bus o en camión con tres o cuatro almas alborotadas que de un momento a otro podían romper a llorar o a intentar tirarse por la ventana en mitad de una curva, yo necesitaba un aliado silencioso. Ese aliado venía en una pequeña ampolleta de vidrio que cargaba siempre con celo en el bolsillo superior de mi guayabera: el Prolixin.
Un pinchazo certero en el brazo o en la nalga, aplicado con la destreza de un cirujano de arrabal mientras les echaba un cuento mentiroso sobre las playas de Taganga, y el Prolixin obraba su milagro químico en cuestión de minutos. El rugido tormentoso de sus mentes se iba apagando y se ponían tan mansos como niños, apoyando la cabeza contra mi hombro mientras el vehículo rascaba las pendientes de la montaña andina.

Mis destinos principales eran dos templos del olvido: el manicomio San Camilo en Bucaramanga y el temido asilo de Sibaté, allá en las tierras gélidas y neblinosas de Cundinamarca. Pasar de la brisa samaria, del olor a pescado frito, cayeye y mango verde, a la niebla perpetua y lloviznera del interior era un castigo que a mí mismo me helaba la sangre y me arrugaba el corazón. El frío de Sibaté siempre me pareció una crueldad añadida para la gente nacida a la orilla del mar.

Recuerdo especialmente un viaje a mediados de los setenta. Llevaba a tres pasajeros: a El Coronel, a una muchacha joven llamada María que no paraba de peinarse un cabello invisible, y a un negro gigante de la Zona Bananera que pretendía boxear contra las sombras. A medida que el aire se ponía espeso y el frío calaba los huesos al subir la cordillera, mis pasajeros reaccionaban con desconcierto. Dejaban de hablar, se acurrucaban entre ellos buscando el calor que el camión les negaba.

—Arango —me dijo El Coronel en un momento de inusitada lucidez, mirando los frailejones del páramo—, ¿por qué el sol ya no calienta aquí? ¿Será que nos morimos en el camino y este es el purgatorio?

—No, mi Coronel —le respondí yo, sintiendo un nudo en la garganta mientras le acomodaba una manta de lana pesada sobre sus hombros viejos—. Esto no es el purgatorio. Allá arriba hay unos médicos sabios que le van a curar esa herida vieja de la cabeza para que pueda volver a mandar en su batallón con el uniforme limpio.

Él sonrió, conforme con mi mentira piadosa, y se volvió a dormir. Pero la realidad al llegar a Sibaté era otra. Ver a mis locos, acostumbrados a andar descalzos y con el pecho al aire por la Bahía de Santa Marta, tiritando de forma descontrolada dentro de ruanas grises en esos pasillos húmedos de cemento blanco, me partía el alma en dos. Cuando los entregaba formalmente en la portería, sentía que dejaba un pedazo de mi propia cordura encerrado en esos archivadores de carne humana. Los enfermeros de turno me firmaban los recibos oficiales de la Alcaldía como si yo estuviera entregando sacos de café o bultos de sal.

—Aquí le firmo, Arango. Quedan anotados. Buen viaje de regreso a la costa.

Y yo regresaba solo en el bus de vuelta, con los bolsillos vacíos de Prolixin y la mente atestada con el eco de sus silencios. Volvía a mi Rincón Guapo a sentarme en una mecedora de mimbre a tomar un tinto amargo, dejando que la brisa del mar de las cinco de la tarde me limpiara el frío pegajoso de la cordillera.
Con el pasar de los años, el cuerpo me empezó a pasar factura. Las largas noches en vela en las carreteras y la tristeza acumulada de tantos ojos vacíos me fueron apagando el entusiasmo. Llegaron los años ochenta y Santa Marta empezó a cambiar; crecía desordenada, se llenaba de ruidos nuevos, y mis piernas ya no tenían la fuerza ni la ligereza de antes para perseguir a los delirantes por el camellón.

Hoy, mientras siento que la vida se me va escapando lentamente en esta cama del barrio Nacho Vives, miro por la ventana hacia el cielo azul de mi ciudad. Sé que mi hora final está cerca en esta década de los ochenta. No le temo a la muerte. Si existe un más allá, sé que me encontraré con una enorme y pintoresca delegación de amigos desquiciados esperándome en la entrada. Estará el boxeador con sus puños en alto, estará El Coronel con sus mapas de papel periódico y estará María, por fin sonriente.

Me verán llegar, me sonreirán con la ternura que los hombres cuerdos nunca tuvieron, y me dirán a coro: "Llegaste, Loco Arango. Pasa adelante, viejo amigo, que aquí en este lado ya no hace falta el Prolixin, y el sol del Caribe nunca deja de calentar". Y yo, con mi orgullo liberal intacto y mi apellido de futbolistas, les daré un abrazo eterno a cada uno, sabiendo que al final de este largo viaje, todos los locos del mundo encontramos el mismo puerto de paz.

NOTA: El popular personaje conocido como el "Loco Arango" falleció en la ciudad de Santa Marta en la década de 1980.


Walter Pimienta J.
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