
Vivimos en una sociedad que a menudo camina de puntillas sobre las heridas del prójimo, una cultura que rinde culto a una felicidad plástica y olvida que la verdadera fortaleza se fragua en el crisol de la adversidad.
Como docente de las Aulas Temporales de Adaptación Lingüística (ATAL), convivo a diario con el desarraigo, con el miedo en los ojos de jóvenes que han dejado atrás su tierra, su lengua y sus raices.
Y es precisamente ahí, en la frontera de la vulnerabilidad, donde la educación adquiere su dimensión más sagrada.
No se puede enseñar inclusión desde un púlpito de certezas absolutas. Para tender puentes lingüísticos y culturales, primero hay que haber transitado los propios abismos.