Alfonso, a quien sus amigos llaman “el hombre cine”, a su modo y manera, se ha visto todo el cine del mundo. Y en su pajera mental ya fue Goldfinger y a lo James Bond; dadas las apariencias hasta en el vestir, la policía local lo ha tenido en cuenta en ciertas misiones consistentes en detener y frustrar planes criminales del bajo mundo, investigaciones de las que se retiró diciendo que esto es peligroso porque “el plomo está bajito”.
Pero qué bien que se sintió Alfonso siendo Angel Eyes, el de El bueno, el malo y el feo, en La Sentencia. La vio tres veces en el Teatro Tropical. Y por tres semanas el personaje lo influyó tanto que su rostro adquirió esa vez una maldad absoluta, fría y calculadora. Aterraba su mirada felina y sostenida. Parecía un asesino a sueldo... Muchos que sabían de su alucinación, al verlo en esas, consideran que lo hizo mejor que el malo de la película. Tanto así que una vez llegó a la tienda de don Chelo, en el barrio San Felipe —donde vive— y mirándolo fijamente, como miraba el malo de la cinta, le dijo:
—Algún día, y ese día ruegue que nunca le llegue, le pediré que me haga un favor. Que me fíe una botella de ron. No respondo, yo veré si le pago con una mecedora vieja que tengo en la casa.
A lo que el tendero le contestó asustado:
—Llévatela enseguida. Yo también veré si voy por la silla vieja.
Y en otra, adoptando la misma actitud, en un restaurante del Barrio Abajo, se metió gratis un cipote sancocho de mondongo con solo golpear fuerte la mesa y decir:
—¡Un mondongo ya o me cago en esta vaina!
Pero no todo es felicidad en la singular forma de vida de “el hombre cine”. Vio El Exorcista en el Teatro Murillo sin poder asumir ser el cura que hace el exorcismo. De allí salió mal, con escalofríos, y al llegar a su casa tuvieron que llevarlo de urgencia donde el Doctor Leonardo Rueda, el médico del barrio. El doctor le ordenó un tratamiento inmediato con calmantes para reducirle la agitación, gotas sedantes para evitarle el insomnio o las pesadillas, y un jarabe suave para tranquilizar sus nervios alterados por el impacto de la pantalla. Al tiempo, le ordenó colgarse un crucifijo de plata al cuello, poner en la cabecera de su cama la imagen del Sagrado Corazón e ir por tres domingos a misa, confesarse y comulgar en ayunas.
Superado el susto, Alfonso, el rey del camuflaje, cinéfilo empedernido de la Barranquilla de los sesenta, también fue Marcello Rubini (interpretado por el legendario Marcello Mastroianni) y, como aquel, tan pronto salió del Cine Metro, se creía periodista y cronista de la prensa del corazón, viviendo el desencanto, el vacío existencial y los excesos de la alta sociedad y las celebridades en la Roma de finales de los cincuenta; pero en su personificación tuvo baches y olvidos porque las acciones y los diálogos tuvieron problemas de sonido y la cinta se reventó.
Pero el verdadero guion de su vida Alfonso lo vivió un lunes por la tarde, al salir a la calle vestido con su mejor pinta de lino, perfumado, peinado y engominado en la “Peluquería la Tercera Edad”. No buscaba mujeres, buscaba un romance de pantalla grande: era el Clark Gable de Lo que el viento se llevó, vista en el Teatro Rex.
Y cuando Alfonso, en el Cine Capri, vio El Padrino, ya no fue vaquero ni espía... Entró a la mafia siciliana viendo a sus vecinos y al tendero de la esquina como miembros de la familia Barzini, todos ellos rivales de él mientras se sentía un auténtico Vito Corleone. Pero bajó la guardia cuando el tendero Martínez, mamándole gallo, le dijo: “Déjate de pendejadas”, pero se lo dijo en italiano: “Smettila con queste stronzate”, y él no entendió ni papa. Al día siguiente Alfonso no caminó en forma mafiosa, cambió su cara de peleonero, salió sin sombrero a la calle y, siendo el Alfonso verdadero, el albañil que siempre era, al rato trajo del mercado, para los suyos, una mano de bocachicos frescos.
Pero le duraría muy poco el juicio y la lucidez a Alfonso porque, cuando en el Teatro Virrey dieron Juan Charrasqueado, no joda, no tuvo escape: se transformó en este, era su código, y allí sí que, por casi un mes, su vida se convertiría en una verdadera ranchera trágica. Dejó atrás el saco siciliano, se puso un sombrero alón de charro, se dejó crecer el bigote y bebía en la cantina “Mi Kioskito”. Su deseo era morir allí por estar mujereando, pero se cansó de esperar a que, como en la película, al no tener tiempo de montar en su caballo, una bala atravesara su corazón.
Hoy en día, Alfonso tiene 76 años. Todavía es ese albañil que regresa de noche a su casa bajo la luz de las estrellas; ahora vive su rutina de cemento. Siempre matizó su trabajo con los guiones de sus películas y los domingos por la tarde, sentado en una mecedora debajo del palo de mango que hay frente a su casa, cerrados para siempre todos los teatros y cines de la ciudad, termina el día aceptando que la realidad, en sus tiempos de cinéfilo, no era su enemiga, sino su mejor coproductora. El "The End" de su filme no fue un fundido a negro, sino un hermoso fundido a blanco, iluminado por el sol barranquillero.
Y así, mientras el sol se ocultaba tiñendo el cielo de San Felipe de un color naranja intenso —digno de un atardecer de Spaghetti Western—, Alfonso sueña, escucha la risa de los niños jugando fútbol en la calle, siente la brisa del Caribe, sonríe y se acomoda el viejo sombrero que aún conservaba de sus épocas de "El Feo". Alfonso vive; simplemente bajó el telón de sus personajes de acción, apagó el proyector de sus angustias y se quedó viviendo allí, en la inmortalidad de sus recuerdos. Se convirtió en una leyenda del barrio; el hombre que no necesitaba que los teatros estuvieran abiertos para seguir viviendo en lo que alguna vez fue: el hombre cine.
Walter Pimienta J. |