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Tu diario. Libertad de expresion

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-Molino  de papel-
“JONAS, BUSCA-VENAS”
Cuentos y relatos globales. 19.07.26 
Escribe; Walter Pimienta J.- Jonás Busca-Venas tenía el don absoluto de encontrar agua a grandes profundidades bajo la tierra. En campo abierto y bajo un día completamente despejado, caminaba en línea recta sosteniendo una tensa vara de avellano en forma de horqueta a la altura del pecho. Justo en el punto exacto donde la madera se doblaba con fuerza magnética, miraba al dueño del terreno que lo había contratado y sentenciaba:
—Cave aquí. A catorce metros exactos hay un manantial.
Y nunca fallaba.
Pero Jonás no solo desenterraba caudales. Tenía también la inequívoca  facultad de descubrir otras realidades ocultas: adivinaba con pasmosa facilidad los pensamientos ajenos, desarmando las malas y buenas intenciones antes de que se convirtieran en actos. Aquello le venía de sangre. Era nieto de inmigrantes árabes llegados a Santa Cruz de Lorica en 1880, procedentes de las montañas del Líbano; viejos sabios practicantes de la geomancia que, leyendo las arrugas de la topografía, hallaban minerales en el monte y objetos perdidos en los rincones más oscuros de las casas. A su abuelo paterno, un místico llamado Nadim Al-Yanin que jamás pronunció una sola palabra en español, lo consideraban en el pueblo una especie de brujo, o un "Pokémon" de aquellos tiempos, capaz de rastrear lo invisible.

Al propio Jonás lo bautizaron «Busca-Venas» en el pueblo no tanto por los pozos, sino por una gracia civil: las enfermeras del hospital de Lorica lo mandaban a llamar corriendo cuando los laboratorios urgían muestras de sangre y las agujas no encontraban el conducto en los brazos de los enfermos. Jonás ponía el dedo, sentía el latido oculto y marcaba el punto exacto. Con ese saber se ganaba la vida. 

Además, hacía lo suyo a la perfección, vendiendo al gusto del cliente quimeras posibles e imposibles, chispas de ingenio e inspiraciones reales o ideales. Eran memorables las funciones de ensoñación que les ofrecía a los niños del pueblo, iniciándolas siempre con una máxima de su propia filosofía: «Muchachos, para ver la verdad, primero deben empezar por creer firmemente en todo aquello que les dijeron que no debían creer».

Por supuesto, algunos envidiosos lo tildaban de engañabobos... Pero eso ya se lo dejo a su criterio, señores.

La verdadera prueba de su fuego ocurrió la noche en que al alcalde de Lorica, don Faisal Jattin, le robaron una fortuna en plata pura dentro de su propia casona. Desesperado, el mandatario levantó colchones, desahució baúles y esculcó hasta los nidos de las gallinas sin hallar un solo centavo. Sin más recursos en sus manos, no le quedó otra opción que mandar a llamar a Jonás Busca-Venas, para quien, como ya bien sabía todo el bajo Sinú, no había secreto duradero entre el cielo y la tierra.

El alcalde mandó a buscar a Jonás —lo repito, mis estimados, para que no se me distraigan ni pierdan el hilo del relato, ¿estamos?— y cuando lo tuvo enfrente, le espetó con la severidad de su enredado turco loriquero:

—Hacer aparecer dinero y ladrones pronto, o yo poner preso a ti. Si dinero no aparecer en tres días, yo encarcelar. Para eso ser alcalde, majito. ¡O mejor yo mandar a ahorcar por embustero!

—Siempre he estado listo para morir —le contestó Busca-Venas sin parpadear—. Métame en el calabozo si le da la gana, pero como a todo preso digno, me garantiza la comida diaria. Me gusta la carne asada, por si acaso.

Acto seguido, Jonás cerró los ojos y se sumió en un silencio sepulcral. Tras unos segundos de intensa concentración, sentenció:

—Su plata se la robaron sus tres sirvientes de mayor confianza. Juana, la que le atiende la ropa; "Gato Seco", el que le sirve la sopa en la mesa; y "Neco Zurdo", el que le aceita las armas... Ojo con este último, alcalde. Si quiere, se los hago venir aquí mismo y ya.
—Dale —asintió el mandatario, tragando saliva.

Jonás Busca-Venas extendió las manos y, golpeando el suelo rítmicamente, pronunció así  el encantamiento de convocación:

—Por la corriente que no se detiene, que tus pasos sigan el cauce y hacia aquí te lleven. Viento del norte, traza el sendero; que escuche mi llamado el alma que quiero. Tierra que pisas, tierra que vibra: acorta la distancia y trae ya al que a mi lado camina.

¿Y me permiten decirles  esto ? 

Pues, en efecto, la efectividad  del  conjuro fue la de  un rayo y  la primera en cruzar el portón fue Juana, sobrecogida y vuelta un mar de lágrimas. Detrás, marchando como imantados por una fuerza invisible —¡qué vaina tan efectiva, no joda!— aparecieron juntos "Gato Seco" y "Neco Zurdo".  

Los tres cayeron de rodillas y confesaron en un solo coro:

—Fuimos nosotros, señor alcalde.

—Ahí los tenéis a los tres —apuntó Busca-Venas con desdén.

Don Faisal Jattin requisó a los pícaros y recuperó hasta el último peso. Tras ordenar que enguandacaran a los ladrones en las celdas, el alcalde, usando un turco ya un poco menos loriquero y notablemente conmovido, alabó el arte del zahorí. Jonás, en señal de respeto, solo inclinó la cabeza.

—Te pagaré nombrándote adivino oficial del municipio —prometió el alcalde—. Pero antes, para que pases un examen de conocimientos ante las autoridades, mañana en público te haré una última prueba en la plaza.

Al día siguiente, la noticia corrió como pólvora. Se invitó a medio pueblo de Lorica y el otro medio llegó por cuenta propia. A las tres de la tarde, la Plaza de la Cruz de Mayo —elegida por ser la más amplia para contener a la multitud— era un hervidero de gente. El alcalde llegó flanqueado por su séquito de aduladores y "lavaperros". Traía la mano derecha cerrada en un puño misterioso y, poniéndose frente al zahorí, le soltó al romper el silencio:

—Hasta que no saber qué traer yo en mano derecha, o no haber nombramiento.

Jonás miró el puño cerrado sin inmutarse y sonrió de medio lado.

—Traes una chicharra —respondió el adivino—. Y en la misma palma, traes escrito tu negro  destino. Si quieres, te lo leo ahora mismo en voz alta.
Al escuchar aquello, un miedo cerval al futuro le heló la sangre al alcalde, quien, pálido como un muerto, bajó la mano y se retiró del lugar a pasos agigantados sin mirar atrás.

Y fue en ese preciso instante cuando los presentes presenciaron el último prodigio. 

Una serena y densa nube blanca bajó del cielo caribeño, envolviendo las botas del zahorí mientras este susurraba su conjuro de desvanecimiento:

—Por el vapor del río y la bruma de la mañana, que mis pasos se borren y mi cuerpo se vuelva nada. Sombra del árbol viejo, cúbreme con tu manto; que me miren de frente y no sientan mi presencia ni mi canto. Tierra y polvo del camino, céntrense en mi antojo, y que pase yo a su lado invisible ante sus ojos...

Cuando la neblina se disipó con el viento de las tres de la tarde, la Plaza de la Cruz de Mayo quedó completamente vacía. Y de Santa Cruz de Lorica, para siempre, había desaparecido Jonás Busca-Venas.

 Walter Pimienta J.
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