Escribe Walter Pimienta J.- Yo conocía la casa de mi abuela por muchas cosas, pero especialmente por sus olores y aromas; por sus sabores, por sus sonidos y ruidos—fantasmas invisibles que solo habitan en el recuerdo—de los que escribiré otro día. Su cuarto de dormir, por ejemplo, tenía un cortante olor medicinal que lo envolvía todo: aroma de químicos y plantas curativas, verdes sabias compuestas para el milagro de quitar dolores y fiebres. La ruda, el romero, la yerbasanta, la yerbabuena, la albahaca, el toronjil, el orégano, la manzanilla, la curarina y los efluvios de su botella de ron compuesto; allí habitaba el alivio a todo mal. Y en los transparentes frascos bocones, un pastillero de todos los colores que en pequeñas dosis y comprimidos, pasados con medio vaso de agua fresca de la tinaja, curaban el mal de la impaciencia y sanaban los dolores del mapa del cuerpo. En la experiencia y la historia de saber cuál calmaba un espantoso dolor de muela o cuál un dolor de cabeza, habitaba la magia de uno volverse nuevamente bueno; no se sabe si por la acción del medicamento o por su sonrisa del «ya se te pasó». |
Y en cuanto a ungüentos, elixires y gotas, había allí, también, de todo un poco: pomadas para los golpes y las hinchazones; colirio para el frescor de los ojos; la suerte de la curarina para curar picaduras; ciencia de pueblo contra el dolor y los quebrantos; hierbas amargas de raíces oscuras y benditas; jengibre, hoguera en el pecho; amargo ajenjo para quitar la mirada triste; raspadura de cortezas diluidas en agua para destemplar las coyunturas; mentoles y mentolines para manos descompuestas... Y todo aquello, tangible, le alcanzaba.
Y al abrir su baúl de madera, sobre montado en cuatro patas y de tapa curvada—donde ella escondía un tiempo y una historia de hijuelas, escrituras y documentos—, el aire viejo que de allí salía olía a naftalina: aroma de otro mundo, blancas esferas velando el secreto contra polillas y comejenes, guardianas de paños y de lanas de invierno, de amarradas cartas amarillentas escritas con tinta de frasco y plumero de palo. Ella, girándole en la ranura su llave romana de tres dientes, lo abría despacio, dejando salir un suspiro; la madera crujía en el silencio y el pasado se hacía presente, despierto, y latía en sus velos de misa y en sus negros vestidos de luto, de velorios y de entierros.
Mi abuela era la espesa gota del orégano en hoja, puesto a calentar al rescoldo de la hornilla y, luego, en el enfermo oído, con fe del corazón, exprimirla y vencer el dolor. Era la clara del huevo de gallina criolla puesta en Las rodillas para el niño que no caminaba. Eran cristales de alcanfor en alcohol para repeler insectos. El baño con agua de ceniza de carbón para su mata de negro pelo peinado con "Manteca de Pepita". La piedra Pómez para lijar los callos. El ruibarbo como laxante. El baño de agua tibia con manzanilla, tilo y lavanda para algo que después llamaron "stress". El parche de caraña para aliviar los nacidos, El emplasto de tabaco mascado para sacar diabólicas espinas. La nuez moscada para dormir bien. La hoja de menta para el "zurumbatismo". El paico para las lombrices intestinales y el "tráeme el frasco donde tengo el anís para la digestión".
La recuerdo cuando más allá de los 80, en un diciembre fiestero, murió, envuelta en su mortaja de la salud, con ganas de levantarse para no dejarse morir de "muerte" si tenía tantos remedios para curarse su angina y así conservar la vida hasta más allá de la muerte; pero estaba "muerta como viva", real y verdaderamente muerta habiéndonos curado tantas fiebres.
Yo entraba al cuarto medicinal de mi abuela y pensaba que en caso de morir en este de manera inesperada, de allí me sacaban embalsamado, protagonista de un vacío de vida que ella buscaría hacer revivir en el delirio de sus paños con éter.
Mi abuela no murió de angina; murió rodeada de medicamentos... murió de ningún dolor. Murió de resignación. Walter Pimienta J
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