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Molino de papel-
EL CUARTO MEDICINAL DE MI ABUELA
(Juro que lloré escribiendo esto).
Cuentos y relatos globales. 12.07.26 
Escribe Walter Pimienta J.- Yo conocía la casa de mi abuela por muchas cosas, pero especialmente por sus olores y aromas; por sus sabores, por sus sonidos y ruidos—fantasmas invisibles que solo habitan en el recuerdo—de los que escribiré otro día.
Su cuarto de dormir, por ejemplo, tenía un cortante olor medicinal que lo envolvía todo: aroma de químicos y plantas curativas, verdes sabias compuestas para el milagro de quitar dolores y fiebres. La ruda, el romero, la yerbasanta, la yerbabuena, la albahaca, el toronjil, el orégano, la manzanilla, la curarina y los efluvios de su botella de ron compuesto; allí habitaba el alivio a todo mal. Y en los transparentes frascos bocones, un pastillero de todos los colores que en pequeñas dosis y comprimidos, pasados con medio vaso de agua fresca de la tinaja, curaban el mal de la impaciencia y sanaban los dolores del mapa del cuerpo. En la experiencia y la historia de saber cuál calmaba un espantoso dolor de muela o cuál un dolor de cabeza, habitaba la magia de uno volverse nuevamente bueno; no se sabe si por la acción del medicamento o por su sonrisa del «ya se te pasó». 

Y en cuanto a ungüentos, elixires y gotas, había allí, también, de todo un poco: pomadas para los golpes y las hinchazones; colirio para el frescor de los ojos; la suerte de la curarina para curar picaduras; ciencia de pueblo contra el dolor y los quebrantos; hierbas amargas de raíces oscuras y benditas; jengibre, hoguera en el pecho; amargo ajenjo para quitar la mirada triste; raspadura de cortezas diluidas en agua para destemplar las coyunturas; mentoles y mentolines para manos descompuestas... Y todo aquello, tangible, le alcanzaba. 

Y al abrir su baúl de madera, sobre montado en cuatro patas y de tapa curvada—donde ella escondía un tiempo y una historia de hijuelas, escrituras y documentos—, el aire viejo que de allí salía olía a naftalina: aroma de otro mundo, blancas esferas velando el secreto contra polillas y comejenes, guardianas de paños y de lanas de invierno, de amarradas cartas amarillentas escritas con tinta de frasco y plumero de palo. Ella, girándole en la ranura su llave romana de tres dientes, lo abría  despacio, dejando salir un suspiro; la madera crujía en el silencio y el pasado se hacía presente, despierto, y latía en sus velos de misa y en sus negros vestidos de luto, de velorios y de entierros. 

Mi  abuela era  la espesa gota del  orégano en  hoja,   puesto  a calentar al rescoldo  de  la hornilla y,  luego, en el enfermo  oído,  con fe   del  corazón, exprimirla  y vencer  el  dolor. Era la clara del  huevo  de  gallina  criolla  puesta  en  Las  rodillas para el  niño  que no  caminaba.  Eran cristales de alcanfor  en  alcohol para repeler  insectos. El  baño  con  agua  de ceniza de carbón para  su  mata de negro  pelo peinado  con "Manteca de Pepita".  La  piedra Pómez  para lijar  los callos.  El  ruibarbo  como  laxante. El baño de agua  tibia con  manzanilla, tilo y lavanda para algo que después llamaron "stress".  El  parche de  caraña  para aliviar  los nacidos, El emplasto de tabaco mascado para sacar diabólicas espinas. La nuez moscada  para  dormir bien. La  hoja  de  menta  para el  "zurumbatismo". El  paico  para  las lombrices intestinales y el  "tráeme el frasco donde  tengo el  anís para  la  digestión". 

La recuerdo  cuando más allá de los 80,  en  un  diciembre fiestero, murió, envuelta en su mortaja de la salud,  con  ganas de levantarse para no dejarse morir de "muerte" si  tenía  tantos  remedios  para  curarse  su angina y  así  conservar  la  vida  hasta  más allá de la muerte; pero estaba "muerta como  viva",  real  y  verdaderamente muerta habiéndonos  curado  tantas fiebres.

Yo entraba al  cuarto  medicinal  de mi abuela y pensaba que  en  caso de morir  en este  de manera  inesperada, de allí  me sacaban  embalsamado,  protagonista de un  vacío  de vida que ella buscaría  hacer revivir en  el  delirio de sus paños  con  éter.

Mi  abuela no murió de angina; murió rodeada de medicamentos... murió de ningún dolor. Murió  de resignación.

Walter Pimienta J

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