logo

Tu diario. Libertad de expresion

Buscador de alhaurin.com Telf. de interés Normas de alhaurin.com Hemeroteca Todas las carpetas de alhaurin.com

-Molino de papel- 
Del mundo de antes... De pronto una aldea

Cuentos y relatos globales. 21.06.26 
"Los pueblos son libros. Las ciudades periódicos mentirosos."  -Federico García Lorca-
Por: Walter E. Pimienta Jiménez.- 
De pronto (siempre hay un "de pronto" o unos "de pronto" en las historias que, de súbito, de manera rápida, inesperada o sin preparación, ocurren, suceden, pasan, acontecen, surgen o vienen; este al que me refiero aquí no lo ponga como sinónimo de duda, de posibilidad o probabilidad; no, este fue un de pronto repentino, apresurado, de improviso), cuando la aldea dejó de ser una aldea de calles polvorientas, apacibles y silenciosas, para convertirse en un pueblo de calles pavimentadas, escandalosas, bullosas, alteradas y agitadas. Una aldea donde la gente iba a los velorios con ganas de revivir al muerto refiriendo cuentos y un caudal de historias del difunto, y tomando café hasta el amanecer. Y era la misma, una aldea plácida, pacífica, serena y mansa donde los pájaros, en sus nidos, hacían la siesta de la tarde y donde sus tres policías, cansados de hacer nada y muertos de sueño, por turnos, dormitaban con las gorras sobre la cara, sentados en alguna de las bancas del parque, soñando que cogían a un ladrón inalcanzable que llevaba una gallina entre las manos. 
Una aldea con casas amplias, de paredes de barro y techos de palma, patios y traspatios con cercas de madera, con sombras tranquilas donde al sol y a la tierra se daban un respiro los cerdos, los burros, los caballos y las mulas, esperando un manojo de hierba o la realidad de una ponchera de maíz desgranado en la retórica de sus rebuznos y relinchos, disciplinados en el convencionalismo de permutar trabajo por comida en el realismo de una alberca rebosante de agua donde beber. Y tenían allí también eco las risas de los chivos, y el tiempo viajero se iba en las alas de las abejas desordenando flores, y el perro, por la noche, a la luz de la luna, aguardaba la danza del baile de su propia sombra para, holgazán e indolente, acostarse a dormir en el suelo. Una aldea donde un acordeonero viejo le sacaba a su fuelle la hipérbole musical que este tenía por dentro, interpretando historias que cantaba y hacían bailar a la gente. Una aldea donde, colgado de la tiranta de la troja, a media luz, un racimo de guineo verde, envuelto entre hojas de periódico con carburo, maduraba ante la ocasión de quitarle la virginal concha amarilla y así comerlo, con la precaución de un dolor de barriga buscado. Una aldea donde, bajo el sopor de las dos de la tarde, mujeres y hombres no hacían el amor después de haber almorzado porque les daba una congestión y se morían de amor. Una aldea que fue dejando atrás sus orígenes, perdiendo sus fronteras de montes y lomas con tigres, conejos y venados; con campesinos que ensillaron sus burros y sabían para dónde iban, tropezando con veranos hostigantes que mataban sus siembras y con inviernos de barro donde se les ahogaban las bestias y el alma. Una aldea con niños que, hasta no írseles el gallo al hablar con el cambio de voz y la cara llena de acné, no se atrevían a entrar al mundo de los adultos buscando a las mujeres de la vida que, en el gozo de todos los gozos, los iniciaban. Una aldea donde la verdad de los viejos era irrefutable y jamás se ponía en duda, porque nadie hablaba el idioma de las falsas ocurrencias. Una aldea donde el pintor de brocha gorda, disfrutando de los colores, pintaba iguales todas las casas y nadie se equivocaba al entrar a la que no era la suya. Una aldea donde los magos itinerantes metían el mar en un vaso y sacaban mariposas de sus sombreros, volviendo al mundo maravilloso por un instante. Una aldea donde la gente iba al cine porque el cine se parecía a la vida y la vida se parecía al cine, con actores que en unas películas morían y volvían a aparecer vivos en otras, ante el asombro incomprensible de que, a lo mejor, en la anterior solo lo habían dejado malherido y se salvó. Una aldea donde, con la llegada de un circo que traía a un felino flaco y hambriento, la gente guardaba a sus gatos y perros ante el drama de que, si no lo hacía, estos desaparecían misteriosamente por las noches. Una aldea donde los camajanes usaban zapatos de dos tonos y, expuestas al sol y a la opinión pública, las sábanas blancas de la virginidad se exhibían y se iban a ver al día siguiente de los matrimonios en los alambres tendedores de los patios. Una aldea donde los borrachos de cada sábado, confusos y laberínticos, al no encontrar de regreso el norte de sus casas, por tres días dormían en su cama de arena o en un sardinel de la caridad. Una aldea donde el peluquero, filósofo inobjetable de las noticias, se sabía los secretos de la humanidad entre peines y brillantinas y, al repique de su tijera, con un «no me lo dijo nadie, eso lo dice todo el mundo», este «lenguidiario» convertía en murmullo el cuento que de esquina a esquina caminaba.  Una aldea donde llevar los pantalones zancones era la versión desconcertante del inusitado crecimiento del pelao que los llevaba puestos, con la correa abrochada a la pretina y expuesto a que le gritaran: ¡Coge puerca! Una aldea donde el mundo cabía en un radio dando las noticias, y que tocaba apagar a la una de la tarde porque el señor que las leía se había ido a almorzar. Una aldea donde, al encontrarnos de súbito por la calle con la muchacha que nos gustaba, la cara se nos ponía roja, se nos saltaban los ojos y se nos iba la voz en la mudez avasallante de un susto, en medio de un diálogo de miradas por desahogo. Una aldea donde el herrero, con conocimientos de alquimia, purificaba con candela el alma de los metales rotos y los hacía sonar a martillazos. Una aldea donde el fotógrafo tenía en su cámara el retrato de nuestra otra realidad, sin duda superior a la imaginación. Una aldea donde las horas tenían nombre: la mañanita, la tardecita, la madrugada, la media hora, la mala hora, la buena hora, la hora de la hora; y el sol las marcaba en los alares entre conversas de mecedores. Una aldea así, de la que un día me fui y ahora no sé si es ciudad o pueblo, o si sigue siendo una  aldea...

Una canción referente
https://youtu.be/akVWkCgNNGQ?list=RDakVWkCgNNGQ 
Esta noticia ha recibido 299 visitas       Enviar esta noticia



<-Volver

Artículos de opinión y colaboraciones:
Animamos a los alhaurinos a expresar sus opiniones en este periódico digital. Alhaurin.com no se responsabiliza del contenido o datos de dichas colaboraciones. Todo escrito debe traer necesariamente, incluso si quien escribe es un colectivo: Nombre, apellidos y un teléfono de contacto del autor. Envíe su artículo o carta a: redaccion@alhaurin.com
Alhaurin.com Periódico Independiente - Alhaurín de la Torre - Málaga. Dep. Legal: MA-1.023-2000. Andalucía Comunidad Cultural S.L.
Servidor de Internet. Director: Alejandro Ortega Navarro. Fundador: Federico Ortega. 678 813 376

Webs que alojamos:

15905583
visitas desde nov. 1998