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-Molino de papel- LOS 8 CANDADOS | | Cuentos y relatos globales. 17.05.26 | | Escribe; Walter Pimienta J.- Cuando Silvestre, el sacristán, después de la misa de la mañana puso el octavo candado a la puerta de la iglesia, cada uno de los cuales tenía una llave diferente, tuvo la impresión, algo embolatado, de que aquel domingo tenía cara de lunes. Lo de dejar los ocho candados, con ocho llaves distintas, puestos por Silvestre en la puerta de la iglesia, obedecía a su estricto sentido de seguridad y vigilancia en la consideración de que no volviera a darse otra vez lo del robo del hacha a la imagen de San Judas Tadeo, ocurrida la tarde de un sábado, cuando una mujer solterona, en la creencia de que al santo, si lo despojaban de esta, a lo quince días le hacía a la ladrona el milagro de darle novio para casarse y solo así se la devolviera. Y esto, precisamente esto era lo que le preocupaba al fil sacristán porque no quería caer en la lengua de la gente que a lo mejor pensaba fue cómplice de aquel acto pecaminoso, impío y profanador, no teniendo él velas en el entierro. Silvestre tenía alma de niño y ese domingo, iría a vespertina. Daban, en el Teatro Montecristo, una de Joselito, el pelaito español que cantaba como un ruiseñor. Después, iría a la esquina de la cantina de “la Niña Sara, a comerse un helado de crema de vainilla de los que allí vendía el señor Ramírez en conos de galleta griega. | El sacristán ya había espantado las palomas que en la torre tenían sus nidos y que, a veces, revoloteando y huyéndole de las lechuzas de las seis de la tarde, hacían sonar las campanas alarmando al pueblo. Silvestre era viudo desde los 40. Estaba acostumbrado a serlo. Vivía solo y había intentado enamorarse nuevamente pero ya tenía 73 y, opuesto consigo mismo, se decía: Urra vieja...Ya estoy muy viejo pa’ eso. Qué vaina jodía es ponerse uno viejo. Se nota mucho. Alguien me pegó la vejez. Dicen que eso, lo mismo que la gripa, se pega. Silvestre, como lo tenía previsto, iría después a su casa y se afeitaría porque aunque aquel domingo tenía cara de lunes, de todas maneras era domingo y los domingos la gente mayor se afeita para verse menos vieja. El sacristán no tenía más rutina. Lo de afeitarse le era urgente: la barba le picaba y no dejaría pasar el día sin quitársela. Ahora él, ya se encontraba en su casa. Se había quitado la camisa, estaba descalzo. Buscó en una repisa la maquinilla y ya había dispuesto una ponchera con agua, jabón y una toalla que el día de su cumpleaños le había regalado el padre Robles...Y también ahora silbaba pendejadas; algo así parecido al vals de su juventud, “Sobre las olas”, del mexicano Juventino Rosas. Silvestre era excelentemente doméstico y parecía hacer las cosas como si, en estricto orden, anotadas en una hoja de libreta, con un cabo de lápiz negro, las tuviera. Era, si se quiere, un hombre bueno, justo y sensible; de ahí lo de haber pensado alguna vez en volverse a casar; pero Magaly, la de la Calle Grande, vio en un policía de ojos verdes, y no él, su futuro; por lo que, desde entonces se refugió en su viudez sucumbiendo al hechizo de Regina, Gloria, Sonia, Leticia, Rosita, Aura Catalina, Eloiza y Vilma, mujeres que en su realidad imaginaria se le aparecían de noche en sueños húmedos y reconfortantes. Silvestre, en segundas nupcias, fiel a la vida, hubiera sido un hombre dedicado y entregado a su nueva mujer como ya lo había sido con su difunta esposa porque, con lo que ganaba de carpintero y con lo que le daba el padre Robles, a esta , le habría construido un mundo lleno de afecto, escribiéndole en las paredes: “amor mío, te amo”, y de esos a los que le sobraría tiempo para regarle las matas y los corotos del jardín, cambiarle el alpiste y el agua a un canario que le regalaría y la llevaría a ver películas de Antonio Aguilar. Pero la realidad no era así, Silvestre, aislado en lo suyo, cada noche, en la perplejidad de del sueño insulso de sus ocho mujeres inciertas, a punto de volverse un jesuita ordenado, intrigado y no sabiendo si el milagro del hacha de San Judas Tadeo también funcionaba con los hombres, sacudiendo y escrutando su soledad espantosa, en medio de un alegre despertar de esperanzas, concibió la idea estallándole por dentro un deseo repentino e incontenible de mujer para con esta compartir su desazón; pero expulsó tan oscuro pensamiento en el presagio de esta comprobación: Enseguida lo acusarían a él sin la necesidad de repasar en otros nombres. Era el único en el pueblo que tenía las llaves de los ocho candados de la iglesia. Silvestre, con la toalla, limpio su cara embadurnada de espuma. Colocó en la repisa la maquinilla, arrojo en el patio el agua de la ponchera, la llevó a su sitio, se cambió de ropa y se acordó de la vespertina, Afuera el domingo tenía cara de lunes. |
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