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-Molino de papel- MARGARITA (La historia de una cuidadora de un enfermo de Alzheimer) | | Cuentos y relatos globales. 16.03.26 | | Escribe; Walter Pimienta J.- Margarita se levanta temprano. Bueno, para Margarita lo de levantarse temprano es levantarse cuando ya otros se han levantado; es decir, a las 7. Y no es que ella sea perezosa sino que se acuesta cuando su esposo, antes, cada noche, preciso en el tiempo, da las doce vueltas cíclicas concebidas a la cama y, previamente, va a la nevera, la abre y la cierra; apaga y prende los bombillo; se queda viendo un punto fijo; sonríe por algo, cuenta en silencio con los dedos, se sienta y se para de su silla favorita, abre el grifo de la cocina y olvida cerrarlo, va al baño, se mira en el espejo, habla consigo mismo, se rasca las cejas; la mira ella y le pregunta lo de siempre: ¿Usted es la muchacha del servicio? ¿Como se llama? ¿Cuándo vino? ¿Cuándo se va? Y luego cae en un silencio profundo y esconde un papel en alguna parte. Se quita y se pone el reloj, se desabotona y abotona la camisa, se pierde de la sala al comedor, verifica la seguridad de la puerta principal y, finalmente, se acuesta, cierra los ojos y se va quedando dormido como un niño cuando la pastilla de “Queteapina” le empieza su efecto. | Margarita se acuesta cansada y si para ella levantarse temprano es levantarse cuando ya otros se han levantado es por ser la cuidadora insomne de su esposo que sufre de Alzheimer quien, por su condición de salud, si acaso le da la gabela de unas horas más sobre las almohadas durmiendo, a veces , duerme hasta las diez o un poco menos... El día de Margarita, me cuenta Rafael, la primera voz de esta historia, comienza igual a todos los días: así es hoy, así fue ayer, así será mañana y siempre será igual, dado que es la guardia vigilante de su esposo que lee ahora su recetario, lo baña, lo cambiarlo de ropa, le repetirle letras, le rotularle en papeles los nombres de las cosas y se los pegarlos sobre ella y luego, tomándolo de la mano, uno por uno, lo lleva al frente de estos para que, señalándoselos, los recuerde y así repita : nevera, licuadora, tostadora, olla, televisor, sofá, mesa, silla, florero, caneca, libros, ... Al tiempo que, pausada, se va tomando un café... Y a él, otra pastilla que lo relaje y le permitirse preparar el desayuno, luego el almuerzo y algo de cena y, de nuevo, más pastillas para el paciente, revisar la próxima cita medica y el vencimiento de los medicamentos y así, entre una osa y otra, se le van las doce y las dos y las tres y otra vez llega la noche en un constante rolar... Margarita lleva 8 años en esto. Todavía le queda en su rostro cierta imagen de sus bonitos y lozanos 15 cundo pudo ser actriz o cantante...cantaba muy bien, o pintora; pinta en sus escasos raticos libres unos hermosos cuadros dignos de galería...pero la vida dijo y ordenó otras cosa. Uno no sabe, señala Rafael, si Margarita aprovecha más el día o la noche para lo suyo: sus uñas pintadas, su cuidado cabello, sus cremas faciales, sus lociones y perfumes; su agradar como persona, el ordenamiento de su ropa; la lavadora, el planchado o, en ocasiones ni el día ni la noche aprovecha porque todo lo ocupa su esposo. Por si fuera poco, me entera, Margarita vive sola: sola no, con su esposo que es vivir acompañada pero por un enfermo. Tiene dos hijos mayores, ya casados y que por circunstancias laborales no están en la ciudad donde ella vive; por lo que dejar a su compañero solo, cuando en diligencias le toca salir, le es todo un correcorre aprovechando se halla dormido, pero en la duda de encontrarlo despierto sin saber qué habrá hecho o qué le ha pasado... Es por todo lo anterior y más, que Margarita, comenta Rafael, no es que se levante tarde; para ella, cansada de estar cansada, levantarse sobre las 7, es levantarse temprano...lo comprendo...Y agrega: teniendo tiempo apenas para un pan o una frutica tratando de entablar con su esposo una conversación que tiene siempre el mismo silencio ahuyentado él de toda realidad o diciendo cosas que no se le entienden cuando es que, en ocasiones, poniéndose los zapatos al revés, cree que va a salir a la calle o quedarse, por horas y horas, jugando con el toque de las yemas de sus dedos. El apartamento donde vive Margarita con su esposo, me refiere Rafel, es un apartamento de llaves escondidas. Solo ella sabe dónde están y por eso ni las menciona ya que si en un descuido su esposo se le escapa, qué de cosas no le pasarían. Es por ello que los cuidadores del edificio tienen la advertencia de informarle con la urgencia del caso si esto llega a darse. Esta es, palabras más o palabra menos, la historia de la historia de Margarita, una mujer de manos cansadas, pero firmes, que sostienen el mundo desdibujado de su esposo; que es su ancla y él su “tormento”...y así también su abrazo de calma y alivio...Margarita, la que en su nombre nos recuerda de todas aquellas mujeres cuidadoras que el tiempo les ha robado el tiempo en la entrega incondicional de un amor humano...Margarita, la paciencia hecha caricia, hombro que carga la inercia de quien no sabe quién es...Una voz que guía a otro en el extravío de la realidad...Margarita, sostén de una vida cambiada por su vida... Margarita, quien a veces, sentada en una silla, encerrada en sí misma, clavando los ojos en ninguna parte, parece lejana y, ahora, más allá de los 70, recordando tiempos felices del ayer, de Gigliola Cinquetti, canturrea: “No tengo edad, no tengo edad para amarte/...Y solo las paredes la oyen y funciona su corazón en el recuerdo de un amor juvenil que nunca fue... Y es mi migo Rafael quien contándome la historia de la historia de Margarita, me dice que, a los 50 se la encontró en la internet; que fueron compañeros de estudios y que, cuando la llama por teléfono, todavía hablan de lo incongruente que era aquel mundo con la alegre juventud de ayer...y que, en la charla, con algo que se le ocurra, la hace reír, cayendo en la cuenta de que aunque ella no lo quisiera, le cuenta de su problema, ese del que Rafael quisiera hacer caso omiso y entonces, desviándole el tema se le viene con toda una memoria de “te acuerdas de...” que le sirvan de opio “para los dolores del alma” en el disfrute de unos 15 minutos de una charla que, por lo menos le diga que aún está viva... ...Pero le alarma a Rafael que Margarita, a veces, cundo charlan, le dice: -¿Qué fue lo que te dije ayer? No me acuerdo...¿Tú crees? A veces se me olvida la pastilla de la presión... O no sé dónde dejé algo. ...Y entonces, con el chau con que se despiden, como le han dicho que que cantar estimula la memoria, tararea la canción de Margarita.
Canción referente https://youtu.be/T8agsPnjoEQ?list=RDT8agsPnjoEQ
Walter Pimienta J. |
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