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-Molino de papel-
DIJO QUE SE IBA DE VIAJE
Cuentos y relatos globales. 08.02.26 
Escribe; Walter Pimienta J..- Como todos los martes de cada semana, dijo que se iba de viaje.
Se lo dijo a su mujer.
-Motílate si vas a viajar-le dijo ella.
-Si. Al regresar, salgo para Magangué y me iré motilado. No te preocupes.
Él viajaba y acostumbraba a volver al día siguiente. 
Vendía enciclopedias en los pueblos vecinos.
Salió a la calle y, en una esquina, tomó un bus de la línea “Rebolo las Nieves”.
Minutos después, se dirigía al centro de la ciudad.
Iría a donde Ballesteros, bajos del edificio “El Iris”, plaza de San Nicolás. La zona le era conocida desde cuando niño y, del brazo de su madre, esta lo llevaba por allí de compras.
Ballesteros, sin cliente, a esa hora, estaba sentado en la silla de motilar y, leyendo un periódico, esperaba que alguien llegara en demanda de sus servicios.
Eran las diez de la mañana.
Un vecino le había recomendado con Ballesteros.
- Motila bien y cobra lo justo- le dijo este días atrás.
En las primeras horas de la mañana, él leyó la Biblia. Había marcado, con lápiz rojo, algunos versículos.
“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu". (Salmo34.18), era el más resaltado.
Llegó al centro, se bajó del bus en la calle 30 con la carrera 41. Caminó en busca de la Plaza de San Nicolás. Las aceras estaban llenas de ventas estacionarias y de vendedores ambulantes y, como siempre: pitos, voces, gritos, transeúntes.
Olía a pescado fresco.
Llegó a la peluquería. Era fácil llegar. 
Ballesteros motilaba en el pasillo del viejo edificio. Tenía, colgado a la pared, un aviso rustico de letras negras que decía: “PELUQUERIA BALLESTEROS”. Y al lado de ese, también colgado, el cuadro del “HOY NO FIO, MAÑANA SI”.
Ballesteros se bajó de la silla.
El recién llegado, acercándose, le solicitó el favor.
-Cómo no. Lo que usted ordene- le dijo Ballesteros, haciendo un ligera inclinación de cabeza y sacó de una vitrina, sus elementos de trabajo.
-¿Qué corte le hago?
-Lo dejo a su gusto- respondió el cliente.
Él se montó a la silla, se miró al espejo y agregó:
-Voy de viaje. Procure no demorarse mucho.
-No me cogerá el invierno en esto- contestó el peluquero.
Hacía tres noches que él no dormí bien y se levantaba con dolor de cabeza.
-Va de viaje, me dijo- apuntó Ballesteros buscándole conversa.
-En la tarde salgo para Magangué- respondió él.
Ballesteros le vio cara de haber dormido poco
-Algo le agobia- se dijo para sí.
Ballesteros le rebajó el cabello despejándole una frente amplia surcada de arrugas. El cliente sudaba un poco.
Era un hombre alto, de nariz recta y labios finos , ojos marrones. Vestía camisa blanca de mangas largas, corbata gris, pantalón oscuro y zapatos negros.
Ballesteros le calculó la edad; 37 le puso.
Intuyendo en lo que había pensado, Ballesteros le preguntó.
-¿Le preocupa algo? ¿Ha dormido bien últimamente?
-No mucho, y me preocupa un poco lo del viaje.
-A mí me pasa a veces- acotó Ballesteros.
-A todos, ¿no cree?-concretó él.
Se hizo un silencio, el peluquero se concentraba en lo suyo. Llevaba todo con cuidado y de pronto dijo:
-Hace calor-.
El cliente no dijo nada y miró su reloj…
El hombre, desde la silla, se miró al espejo y, terminada la motilada, suspiró y dijo:
-Quedé muy bien, como para emprender esta misma tarde el viaje.
Él bajó de la silla y ya en pie, metió una de sus manos en uno de los bolsillos del pantalón. De nuevo miró su reloj y, habiendo extraído unos billetes, le pagó a Ballesteros y se dispuso a marcharse.
-Gracias- dijo el cliente.
-A sus órdenes- contestó el peluquero- por acá lo espero.
-Hasta la vista- le dijo él.
-Que tenga un buen viaje- apuntó Ballesteros en tono amigable.
El dueño de la peluquería sacudió con fuerza la sábana blanca que había usado, junto con sus herramientas de trabajo, lo guardó todo en la vitrina y, tomando una escoba, se puso a barrer el sitio.
Él tardó más o menos media hora en llegar a su casa. Era de urbanización con una reja de hierro en el exterior y unos ladrillos descascarillados. Estaba pintada de verde pálido con amarillo en la zapata.
Entró. Tenía llave. 
Se encerró en su curto.
Su mujer le daba los últimos toques a la sazón del almuerzo.
-Ya volví. Me llamas cuando pongas la mesa- le dijo él desde adentro.
Sus hijos, dos que tenía, estaban en la escuela. Estudiaban primaria en la Escuela No 12 de Varones.
-¿Siempre vas a viajar?- le preguntó ella desde la cocina.
-Claro que sí. Paso por la empresa, tomo los libros y salgo para la estación de los buses de “Brasilia”- fue su respuesta.
-Ya esto casi está- dijo la mujer- se refería al sancocho que cocinaba.
-En una de las gavetas del tocador, te dejo la plata para que pagues el recibo del gas y el de las luz- recomendó él.
La mujer empezó a poner la mesa. 
Le serviría a él de primero por lo del viaje.
-Estas servido- dijo.
Todo era silencio.
-Que ya estás servido. Sal y almuerza o te retrasas.
La mujer, ocupada en otros oficios, dijo esto por cinco veces y viendo la tardanza de él, se dirigió al cuarto matrimonial.
La pieza tenía llave por dentro.
Tocó y tocó y tocó y tocó.
Él no contestaba.
A su desespero, vinieron los vecinos en ayuda.
Los que vinieron en su ayuda derribaron la puerta y, junto con ella, entraron al dormitorio.
…Y ¡Oh sorpresa! ¡Oh estupor! Él, por el cuello y con la cabeza a medio lado, estaba colgado de una soga que en alguna parte ocultó y que ahora se hallaba atada de una de las vigas del techo.
Sus pies descalzos se balanceaban. Estaba en pantalón pero sin camisa y en el piso, volcada, una silla de madera en la que se montó. El cadáver flotaba a la luz del mediodía con cara amigable y cordial.
Dejó una nota encima de la mesita de noche.
“Me fui de viaje- decía en el papel.
Había quedado bien motilado.
Desde la cocina venía un olor a arroz quemado.

Walter Pimienta J
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