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Tu diario. Libertad de expresion

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-MOLINO DE PAPEL-
'El hombre que mató al diablo'
Cuentos y relatos globales. 23.11.25 
Escribe; Walter  Pimienta J..- Municipio de Juan de Acosta, año  de 1939, finales de noviembre. Le trajo “el Niño Alber”, vendedor de imposibles y de cacharros en el  pueblo, por encargo expreso y con garantía de pago,  a Zorobabel Arteta,  hombre pudiente él,  la escopeta  más costosa de aquellos tiempos, una Remington 870,  calibre 12,  adquirida  en  Indumil, con  capacidad para 8  cartuchos en  carga, punto de mira  doble, encimada con cuatro  cajas de tiro, un  cuerno  metálico para llamar  venados, un  par  de guantes de cuero, un par de botas de casería, una carrilera de pecho  para 25  capsulas, un cuchillo desollador con  su  funda de cuero,  una cantimplora,  una gorra de lona y una lampara de cacería recargable  con  carburo,  todo por la suma de $625.000 cancelados en efectivo ante  dos testigos presentes:   Alberto  Barraza y Josecito  Echeverría.   Y,  además,  con  su  respectivo permiso legal vigente por  cinco  años, firmado y refrendado por el entonces ministro de guerra, José Joaquín Castro Martínez  en  tiempo del  presidente de la  República,  el doctor  Eduardo Santos.  Solo falta decir de la potente arma,  que no  había  igual entre los habitantes del lugar por lo moderna y lo costosa para orgullo de su dueño quien, como  cazador, llegado este momento, marcaría un antes y un después, desplazando su escopeta a las armas de avancarga de los  abuelos y bisabuelos;  aquellas que se  cargaban por  la  boca  del  cañón con  un  menaje de  perdigones, nitrato de potasio, carbón vegetal en polvo, azufre y  pólvora negra.
Y la historia dice que, apertrechado hasta los dientes,  una tarde, como a las cuatro,  llegado el momento,  montado en “Guadalajara”,  su burra que se sabía de memoria todos los camino del mundo, Zorobabel le  ordenó a esta:
-Bueno, “Guadalajara”, pa “Tumbacuatro”.
La burra, oyendo aquello,  se quedó quietecita, hizo un repaso mental a su mapa topográfico y sacudió  una oreja como señal de que  había entendido.
Zorobabel se echó la bendición,  dijo adiós a su mujer y a sus hijos y a estos dijo:
-Ya verán que les traigo un venao.
-Que Dios te lleve- le contestaron todos.
Y a la primera picada del garabato sobre una de sus ancas, “Guadalajara”, al principio, salió un poco apresurada, pero sentada luego en la marcha,  inalterable, a paso d burra dócil  hacía  del  viaje una ensoñación.
…Y participe de esta historia, aparece Venustiano Molina, hombre de monte, dueño de un  humor natural   que le daba sentido a las ficciones  y bueno para la amistad. Y con él,  días atrás, habiéndoselo encontrado  con este de paso  por  el  pueblo, dueño de su  pensada diligencia, habló Zorobabel enterado  por  mamadores de gallo de que en sus predios de “Tumbacuatro”, propiedad donde  vivía el  referido, abundaban venados perturbadores que,  insolentes, junto con  su  ganado y en manada,   dizque   bajaban a beber al arroyo y lo saludaban de: “¿Qué hubo,  Venustiano,  cómo  estás?” Yéndose  después a retozar bajo  las ceibas.
-Voy a ir. Ya encargué  la escopeta- le dijo Zorobabel-  y partimos  la caería.
-Te  espero- le respondió  Alfonso en un  acto no intencional sino  involuntario,  creyendo que  Zorobabel, para  fregarle  la  vida,  no le   hablaba en serio y,   siguiéndole la corriente, agregó: 
-Pero vez entrando la  noche. Es cuando más salen.  Yo  hablo con “Comequejalla”,  mi perro,  pa’ que no  te  ladre cuando  llegues.
Transcurrió sin  incidente alguno el viaje de Zorobabel a “Tumbacuatro”, en tanto su  burra, en  la ausencia de ninguna ofuscación, en atención a su  sabiduría secreta, conociendo mejor que nadie el camino solitario,  sin ninguna duda, dos horas después, junto con  su  amo, en medio del bullicio y  el  ladrido  exaltado y desatendido del perro ,  al que se les olvidó la recomendación que les hiciera su amo,  como  estaba previsto, al  sitio llegaron ya entrada  la noche.
Y a  los gritos de:
-¡Venustiano! ¡Ya lleguéeee!
Zorobabel, por  encima del alboroto del perro,  anunció su arribo.
Venustiano estaba solo en  el  rancho, intentaba dormir, su mujer e hijos, por  diligencias, se hallaban en pueblo y, escuchando  él la  bulla, dejando su  hamaca, salió a recibió  al  visitante.
Hubo un saludo, un desensilla la burra, amárrala en  aquel  palo  de la calabazo, entra y  te  tomas  un tinto y, lo  más importante, a  la  luz  de  una  lámpara  de  gas,  sentados en un par de taburetes, hablar de la cacería mientras Venustiano, al agrado de Zorobabel, manoseaba la descargada escopeta diciendo:
-No joda,  estás bien  armao. No quedará  un  solo  venao  vivo por  aquí. 
Y, el convidante, viendo contemplativo la  convincente indumentaria del  cazador, ocultando el sarcasmo, le  dijo:
-Así vestido puedes ir hasta  la  guerra.
Y,  entre los  dos, se  impusieron otras consideraciones diciendo Venustiano:
-Tu verás si  mejor esperas la mañana cuando los venaos bajan a beber al arroyo y  ahí los barres toitos, pero cuida  de pegarle un  tiro a alguno de mis terneros.
-No. Salgo enseguida. Me gusta la cacería nocturna. Pa eso traje lampara.
-Tu dirás- respondió el estanciero- He contao   diez y, de noche, no se van muy lejos del rancho. A unos  trecientos metros,  como mucho, encuentras alguno con  ganas de  venice pa’ el rancho a dormí  en hamaca.
No tuvo Venustiano ocasión de decirle a Zorobabel que lo de la existencia de venados en su terreno  era algo bastante incierta. El último  que par  allí  hubo, lo  mato  él hacia más de un año y no dejó  cría.
Y  acontecía que  había en el fondo de la situación una especie de verdad errónea ya inmodificable porque  Venustiano tenía pena de cambiar las cosas y se  la jugaba ahora  en la lejana  posibilidad de que al furtivo cazador, en consecuencia,   le saliera por ahí un  extraviado  venado y así tuviera sentido aquella forma de amigable y  disimulada farsa por  él  gastada al hombre de  la lujosa  escopeta. 
Y  Zorobabel, cargando el arma y encendiendo la lámpara, salió. La noche era oscura pero sus botas  no  conocían obstáculos. Pero había una vaina jodida, él nunca había ido a “Tumbacuatro”, no conocía el terreno ni el más mínimo  rincón de este. Dio tres vueltas en un sentido y otras dos en otro. Se sintió confuso. Extendió el chorro de luz de su lampara y tomaba ahora una dirección y luego otra a tientas y ofuscado.
De pronto,  tras un giro que hizo a la lámpara, Zorobabel vio un ojo de fija luz roja. Alborozado pensó en un venado. A corta distancia estaba la razón de todo: su primera pieza de cacería.
-Esta echado- se dijo en voz baja.
Se acordó  de Dios, se arrodillo para dar  gracias,  con  un  brazo alzó  la escopeta y acordándose  de  la  oración  del  cazador, con  fe esto rezó:
-"Señor, guía mis manos, mis pies y mi mirada para que pueda cazar con  precisión, sabiduría y  puntería este venao.  Señor, contigo hablo, que no sea esta una aparición del  diablo. Señor,  gracias por la vida que tomo y la comida que me proporcionas, amén". 
Y Zorobabel, yendo a lo  suyo, puso una rodilla en tierra, apoyó la escopeta sobre  el  pecho,  alzó   el  cañón,  enfocó al mismo  tiempo el  punto de mira,  apuntó hacia  el  ojo  rojo y respiró profundo;  meticuloso y ceremonial,  como si  no  tuviera prisa, cerró el  ojo izquierdo,  el  monte estaba en  silencio. Aquel momento perdura; debía ser  preciso. La oscuridad lo  envolvía todo. Su ojo de mira, mira  el  otro ojo terriblemente rojo…es su primer  venado. No quiere malgastar  el  tiro. Le  vibra  la sangre. La puntería debía ser certera.
Zorobabel, se lo  imaginó  grande. 
-Salaré carne- se dijo sin  sentimentalismo.
Sin pensarlo más,  Zorobabel apretó el  gatillo.  La sombra oscura de  la  noche fue  herida  con dos  fogonazos. El  disparo resonó en  el  último  rincón del mundo y, asustadas,  unas aves cercanas volaron de sus  nidos.
El perro de Venustiano, asustado ladró.
En el aturdimiento de la sacudida,  Zorobabel oyó un    golpe metálico que  produjo el balazo.  Olía  a pólvora y chamusquina  y,   buscando el  previsto ojo rojo al que tiró,  vio que, entre  altas llamas rojizas,  lo  disparado ardía en medio de una crecida nube negra de humo y  de ceniza  que en  espiral subía. Tembló de pavor. Las llamas de lo  encendido se alargaban y  sin  más sombra de duda,  tembloroso  de  labios,  gritó:
-¡Maté al  daiabloooo! ¡Maté al  daiabloooo! ¡Maté al  daiabloooo!
Zorobabel  sintió un  largo y angustioso escalofrío.
Y  sin  conocer  el  camino  de regreso, dejando encendido   el  infierno  que  produjo, arrastrando  la escopeta lo  encontró  al  azar y  corrió en medio de la oscuridad como  suele  correr un perseguido que  corre por  su  vida,  y  fue  la  eventualidad, llevado  por la  urgencia,  la que le  hizo encontrar el  rancho al  que llega  gritando:
-¡Venustiano,  ábreme! ¡Ábreme! ¡Mate  al  diablo!  Maté  al  diablo! ¡Venustiano, ábreme!
Y llegado  que  hubo,   Zorobabel,  azorado, con  los pechos tumbó  la puerta del  rancho. El   perro  no  dejaba  de ladrar. Ante  el  estropicio Venustiano  despertó y salió  a ver qué  era.
Agitado  de voz, adelantándosele las palabras,  Zorobabel era  un  solo y  mismo decir:
-¡Venustiano,  maté  al  diablo! ¡Maté  al  diablo! ¡Allá afuera sequema  vivo  en  su propio  infierno! ¡Lo maté! ¡Lo maté!
-Ven, recemos juntos un  conjuro.  Eso  es  una mala  hora- le  dijo Venustiano a Zorobabel- toma agua, persignémonos,  recemos  lo  que sepamos y  ya veremos mañana  qué pasa.
Y  engarzándose  la noche con el  día,  . Venustiano se  levantó y no  encontró a Zorobabel  en  el  rancho. Salió  al  patio y  tampoco  estaba  la  burra.  El cazador  del  cuento, huyéndole a  la muerte, antes del  aclarecer,  se  fue a  lo  mejor  invocando por  el  camino  de  regreso,   Avemarías pidiendo  a San Miguel Arcángel, valor, paz y protección divina.
Al alba, estragado por los tormentos de la  vigilia, Venustiano, recorriendo el  patio de su  rancho  buscaba  ahora  evidencias de la  tragedia y  las encontró.
Ocurrió que,  al  rigor del disparo que hiciera Zorobabel sobre  el ojo rojo  que  él creía era  el  de  un  venado, este desbarató  en  mil pedazos la  fogata de  bindes, tizones y brazas que entre cenizas tibias Venustiano dejaba prendidas para amanecer con  fuego y,  al  impacto, esta levantó en llamas creyendo aquel   en  su  irrealidad que  había  matado  al  diablo como  lo  gritaba.
Y entonces sí,  a la luz  plena del  nuevo  día,  convincentemente perforada,  habiendo  rodado  por  el  suelo varios  metros,  estaba “la víctima” inconcebible todo esto,  por  lo  que Venustiano,  perturbado  en  su abstracción,  se dijo:
-Ñerdaaaa, si Zorobabel con  el plomazo  que soltó,  barrió  fue el fogón que  yo  dejo  medio prendido  todas  las noches en  el  patio-  y agregó: 
Está  bueno  que me  pase por  pendejo  y  estar  haciéndole creer que  por  aquí había  venaos. 
-¿Y  ahora  dónde  hago  el  café? 

Walter  Pimienta J.

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