Y la historia dice que, apertrechado hasta los dientes, una tarde, como a las cuatro, llegado el momento, montado en “Guadalajara”, su burra que se sabía de memoria todos los camino del mundo, Zorobabel le ordenó a esta: -Bueno, “Guadalajara”, pa “Tumbacuatro”. La burra, oyendo aquello, se quedó quietecita, hizo un repaso mental a su mapa topográfico y sacudió una oreja como señal de que había entendido. Zorobabel se echó la bendición, dijo adiós a su mujer y a sus hijos y a estos dijo: -Ya verán que les traigo un venao. -Que Dios te lleve- le contestaron todos. Y a la primera picada del garabato sobre una de sus ancas, “Guadalajara”, al principio, salió un poco apresurada, pero sentada luego en la marcha, inalterable, a paso d burra dócil hacía del viaje una ensoñación. …Y participe de esta historia, aparece Venustiano Molina, hombre de monte, dueño de un humor natural que le daba sentido a las ficciones y bueno para la amistad. Y con él, días atrás, habiéndoselo encontrado con este de paso por el pueblo, dueño de su pensada diligencia, habló Zorobabel enterado por mamadores de gallo de que en sus predios de “Tumbacuatro”, propiedad donde vivía el referido, abundaban venados perturbadores que, insolentes, junto con su ganado y en manada, dizque bajaban a beber al arroyo y lo saludaban de: “¿Qué hubo, Venustiano, cómo estás?” Yéndose después a retozar bajo las ceibas. -Voy a ir. Ya encargué la escopeta- le dijo Zorobabel- y partimos la caería. -Te espero- le respondió Alfonso en un acto no intencional sino involuntario, creyendo que Zorobabel, para fregarle la vida, no le hablaba en serio y, siguiéndole la corriente, agregó: -Pero vez entrando la noche. Es cuando más salen. Yo hablo con “Comequejalla”, mi perro, pa’ que no te ladre cuando llegues. Transcurrió sin incidente alguno el viaje de Zorobabel a “Tumbacuatro”, en tanto su burra, en la ausencia de ninguna ofuscación, en atención a su sabiduría secreta, conociendo mejor que nadie el camino solitario, sin ninguna duda, dos horas después, junto con su amo, en medio del bullicio y el ladrido exaltado y desatendido del perro , al que se les olvidó la recomendación que les hiciera su amo, como estaba previsto, al sitio llegaron ya entrada la noche. Y a los gritos de: -¡Venustiano! ¡Ya lleguéeee! Zorobabel, por encima del alboroto del perro, anunció su arribo. Venustiano estaba solo en el rancho, intentaba dormir, su mujer e hijos, por diligencias, se hallaban en pueblo y, escuchando él la bulla, dejando su hamaca, salió a recibió al visitante. Hubo un saludo, un desensilla la burra, amárrala en aquel palo de la calabazo, entra y te tomas un tinto y, lo más importante, a la luz de una lámpara de gas, sentados en un par de taburetes, hablar de la cacería mientras Venustiano, al agrado de Zorobabel, manoseaba la descargada escopeta diciendo: -No joda, estás bien armao. No quedará un solo venao vivo por aquí. Y, el convidante, viendo contemplativo la convincente indumentaria del cazador, ocultando el sarcasmo, le dijo: -Así vestido puedes ir hasta la guerra. Y, entre los dos, se impusieron otras consideraciones diciendo Venustiano: -Tu verás si mejor esperas la mañana cuando los venaos bajan a beber al arroyo y ahí los barres toitos, pero cuida de pegarle un tiro a alguno de mis terneros. -No. Salgo enseguida. Me gusta la cacería nocturna. Pa eso traje lampara. -Tu dirás- respondió el estanciero- He contao diez y, de noche, no se van muy lejos del rancho. A unos trecientos metros, como mucho, encuentras alguno con ganas de venice pa’ el rancho a dormí en hamaca. No tuvo Venustiano ocasión de decirle a Zorobabel que lo de la existencia de venados en su terreno era algo bastante incierta. El último que par allí hubo, lo mato él hacia más de un año y no dejó cría. Y acontecía que había en el fondo de la situación una especie de verdad errónea ya inmodificable porque Venustiano tenía pena de cambiar las cosas y se la jugaba ahora en la lejana posibilidad de que al furtivo cazador, en consecuencia, le saliera por ahí un extraviado venado y así tuviera sentido aquella forma de amigable y disimulada farsa por él gastada al hombre de la lujosa escopeta. Y Zorobabel, cargando el arma y encendiendo la lámpara, salió. La noche era oscura pero sus botas no conocían obstáculos. Pero había una vaina jodida, él nunca había ido a “Tumbacuatro”, no conocía el terreno ni el más mínimo rincón de este. Dio tres vueltas en un sentido y otras dos en otro. Se sintió confuso. Extendió el chorro de luz de su lampara y tomaba ahora una dirección y luego otra a tientas y ofuscado. De pronto, tras un giro que hizo a la lámpara, Zorobabel vio un ojo de fija luz roja. Alborozado pensó en un venado. A corta distancia estaba la razón de todo: su primera pieza de cacería. -Esta echado- se dijo en voz baja. Se acordó de Dios, se arrodillo para dar gracias, con un brazo alzó la escopeta y acordándose de la oración del cazador, con fe esto rezó: -"Señor, guía mis manos, mis pies y mi mirada para que pueda cazar con precisión, sabiduría y puntería este venao. Señor, contigo hablo, que no sea esta una aparición del diablo. Señor, gracias por la vida que tomo y la comida que me proporcionas, amén". Y Zorobabel, yendo a lo suyo, puso una rodilla en tierra, apoyó la escopeta sobre el pecho, alzó el cañón, enfocó al mismo tiempo el punto de mira, apuntó hacia el ojo rojo y respiró profundo; meticuloso y ceremonial, como si no tuviera prisa, cerró el ojo izquierdo, el monte estaba en silencio. Aquel momento perdura; debía ser preciso. La oscuridad lo envolvía todo. Su ojo de mira, mira el otro ojo terriblemente rojo…es su primer venado. No quiere malgastar el tiro. Le vibra la sangre. La puntería debía ser certera. Zorobabel, se lo imaginó grande. -Salaré carne- se dijo sin sentimentalismo. Sin pensarlo más, Zorobabel apretó el gatillo. La sombra oscura de la noche fue herida con dos fogonazos. El disparo resonó en el último rincón del mundo y, asustadas, unas aves cercanas volaron de sus nidos. El perro de Venustiano, asustado ladró. En el aturdimiento de la sacudida, Zorobabel oyó un golpe metálico que produjo el balazo. Olía a pólvora y chamusquina y, buscando el previsto ojo rojo al que tiró, vio que, entre altas llamas rojizas, lo disparado ardía en medio de una crecida nube negra de humo y de ceniza que en espiral subía. Tembló de pavor. Las llamas de lo encendido se alargaban y sin más sombra de duda, tembloroso de labios, gritó: -¡Maté al daiabloooo! ¡Maté al daiabloooo! ¡Maté al daiabloooo! Zorobabel sintió un largo y angustioso escalofrío. Y sin conocer el camino de regreso, dejando encendido el infierno que produjo, arrastrando la escopeta lo encontró al azar y corrió en medio de la oscuridad como suele correr un perseguido que corre por su vida, y fue la eventualidad, llevado por la urgencia, la que le hizo encontrar el rancho al que llega gritando: -¡Venustiano, ábreme! ¡Ábreme! ¡Mate al diablo! Maté al diablo! ¡Venustiano, ábreme! Y llegado que hubo, Zorobabel, azorado, con los pechos tumbó la puerta del rancho. El perro no dejaba de ladrar. Ante el estropicio Venustiano despertó y salió a ver qué era. Agitado de voz, adelantándosele las palabras, Zorobabel era un solo y mismo decir: -¡Venustiano, maté al diablo! ¡Maté al diablo! ¡Allá afuera sequema vivo en su propio infierno! ¡Lo maté! ¡Lo maté! -Ven, recemos juntos un conjuro. Eso es una mala hora- le dijo Venustiano a Zorobabel- toma agua, persignémonos, recemos lo que sepamos y ya veremos mañana qué pasa. Y engarzándose la noche con el día, . Venustiano se levantó y no encontró a Zorobabel en el rancho. Salió al patio y tampoco estaba la burra. El cazador del cuento, huyéndole a la muerte, antes del aclarecer, se fue a lo mejor invocando por el camino de regreso, Avemarías pidiendo a San Miguel Arcángel, valor, paz y protección divina. Al alba, estragado por los tormentos de la vigilia, Venustiano, recorriendo el patio de su rancho buscaba ahora evidencias de la tragedia y las encontró. Ocurrió que, al rigor del disparo que hiciera Zorobabel sobre el ojo rojo que él creía era el de un venado, este desbarató en mil pedazos la fogata de bindes, tizones y brazas que entre cenizas tibias Venustiano dejaba prendidas para amanecer con fuego y, al impacto, esta levantó en llamas creyendo aquel en su irrealidad que había matado al diablo como lo gritaba. Y entonces sí, a la luz plena del nuevo día, convincentemente perforada, habiendo rodado por el suelo varios metros, estaba “la víctima” inconcebible todo esto, por lo que Venustiano, perturbado en su abstracción, se dijo: -Ñerdaaaa, si Zorobabel con el plomazo que soltó, barrió fue el fogón que yo dejo medio prendido todas las noches en el patio- y agregó: Está bueno que me pase por pendejo y estar haciéndole creer que por aquí había venaos. -¿Y ahora dónde hago el café? |