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Tu diario. Libertad de expresion

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-Molino de  papel-
EN EL  METRO A METRO
Cuentos y relatos globales. 26.10.25 
Porque lo  viví, lo  cuento
Escribe; Walter Pimienta.- El  alto andén sucio de chicles  pegados y  de  colillas  de  cigarrillos,  estaba lleno de  gente a  lado  y  lado. Todos,  aquellos de  allá y estos  de acá,  parecían  ensimismados. Tenían cara  de  cansancio acabados  de  levantar. Los  dos tresnes,  sincronizados,  aparecieron justo  cada  uno  por su  carrilera en  diferente  sentido.  Las  gentes,  atropellándose,   se agolpan.  Con  un  chirrido de  hierros  que  les  salió del alma, las dos máquinas  se pararon y,  de golpe,  abrieron  sus puertas…y  las  gentes,  como  si  fueran muñecos  articulados,  unos saliendo  y  otros  entrando, a  los empujones, se meten  a toda  prisa.
Ellos,  los que entraron  en  este, y  aquellos  que  entraron  en el  que se  fue,  son  la  gente  desconocida  de Nueva  York,  la  ciudad  de  una lengua  extraña. La  ciudad  de  una  gente  que le  sudan  los manos agarrados de  los pasamanos altos del  vagón. La  masa  se  empuja. El  tren va  repleto. Los  más bajos de estatura, colgados de los tubos, parece que  levitan envueltos en  el mismo  sofoco,  en  la misma apretazón; envueltos en mil perfumes  y  colonias de baño y  en mil  sudores  sin  desodorante.

Suena  un  timbre,  se  para la maquina llena  de  vidas. Hay  un escándalo  de latas…Entran mil  y salen mil…Hay  ojos  que se miran,  parecen  conocerse por  la  circunstancia  del mismo tren a la misma hora en  la misma estación. El  señor de traje y  corbata mira a  la  muchacha de dulces  ojos  marrones,  como  el  mejor  café, y de  zapatillas rojas. Le  mira la  falda a cuadros,  breve y  decente;  las  medias veladas y  las piernas de  porcelana y  de ella  hace  un  bocete que  la  pinta  en  su  mente. Los  cabellos  de los pasajeros se rozan. Por  una ventanilla  abierta,  sale volando  un  papel  con alma de avión.  Una anciana,  rosario  en mano,  va  rezando ave  marías  sin derogar.  

Va con  nosotros un hombre de  ojos saltones y zapatos  color  naranja.  La vida se le  sale  por los ojos. “Next stop” (próximas paradas), dice una  voz  por  un  parlante y  el  de los ojos saltones,  a  la seña  de un compinche de  zapatos deportivos  rojos, mete con  éxito   sus  garras suaves  en  un  bolsillo ajeno…Al  fondo, alguien  toca  un  violín y  en  una lata vacía  se siente  que  caen  las monedas de  la asistencia voluntaria, en  tanto  otro inicia  un  discurso en español a  favor  de Cuba El  de los ojos saltones, y  su cómplice,  goteando la  vida  por  los  ojos,  se  por  ahí.

No había  caído en  la cuenta de que en  el mismo  vagón,  viene  un borracho. Dice en  perfecto español  que él  es el dueño  de Brookyn…Ya voy lejos  de Queenns…y  también  voy  lejos de mi  patria y ahora mismo  me  iría  a mi  casa así  fuera en  caballo…Van  también,  con nosotros,  una familia de  gitanos; el  señor  toca  un banjo, la señora y tres hijos pequeños,  hacen  el  coro; cantan en  húngaro…y  eso es  la vida,  un  cantar de alegría  y de tristeza en  todos los  idiomas.

Ahora  vamos pasando por el  puente de Brookly,  creo  que  también  es  del borracho que  dijo que él  es  el  dueño  de todo ese distrito; pero  no  me detengo  en esto…Allá el borracho  y  su riqueza etílica…Y mejor  presto atención  al  puente desde el  asiento que he  alcanzado…Y  miro que es  el mismo  que sale  en  todas las  películas con  sus gaviotas de rio comiendo  peces de la marisma…

Hemos  entrado  a un  túnel, un niño llora,  debe sentir  miedo a  la oscuridad. En  el metro  uno  no  puede  mirar a los negros aunque sean  latinos  y  uno  también lo sea, negro o  no,  sino  latino y  no viva  en  el Bronx.

Vamos  llegando  al Canal Street, la calle de los músicos  callejeros tocando jazz.  Se les  inflan  los cachetes soplando  las trompetas.

Ya  casi llega  diciembre   y  escucho  un Merry Christmas…viene de algún  lado. 

Este es el  sueño  americano…¿será que un  día despierto?

Este es el  metro de Nueva  York que se esfuma en  su  propio  ruido.

En  cada  estación, la maraña humana se  jala, se estruja, se enviste y  entra a  la máquina. Se rozan  las barbillas,  los  hombros, las axilas, los  bolsos, los  brazos  y  las  barrigas…el  calor humano reseca  algunas bocas y se  hace  pesado  respirar. Miro  hacia abajo,  hacia  el  piso  del metro, todo son  piernas,  faldas, zapatillas, sandalias, botas. Frena la máquina, hay un  embate,  la parada produce una sacudida. Unos se agarran  a  otros  para  no  caer…así  es  la  vida un  darnos  la mano para  no  caer,  incluso un  abrazo…

En  el metro,  solo  allí,  en el metro,  todos,  de todas  las  nacionalidades,  pero  americanos  en ese momento, con  o  sin visa,  vamos  unidos por  distintos  idiomas y  cada quien  ya  no lo será al bajarse  y  llegar a su destino.

Este es  el  show de  cada  día  en Nueva York,  todo  vamos  por  el mismo  camino,  camino  al  metro escuchando en Brookly un jazz  de notas embriagantes que sale de la  trompeta de  un negro…Este es el  show de cada día: un  bajar  y subir escaleras y el  de la gorra al revés en  un  cajero saqueando  la  tarjeta ajena.

Nunca  mires a  un  negro  dentro  del metro- me recomendó  un  amigo- pon  cara  de  desconocido para  él,  el  diferente eres tú,  me recalcó.

Esta  es  Nueva  York, un  reflejo  de  ciudad o  una ciudad  de reflejos:  Un crisol de culturas o una cultura de crisoles -depende del  cine- Una  ciudad  con  un estilo  de vida  terrible, en  ella,  a veces,  se vive  bajo  la  tierra, a veces sobre la  tierra…ciudad tumulto… ciudad  ronroneo ensordecedor; sirenas,  chimeneas…blancos en  un  vagón  del metro, negros en  otro  vagón  del metro…metro  de todos  y  de nadie…

Un  latino  con  cara  de mexicano, de esos que salen en  las películas, me mira  y  con  la mirada  me  advierte que tenga  cuidado,  que  ha entrado un  hombre  alto  con mirada  de mujer,  es marica, pero  marica  peligroso. Pongo  mi  mano  sobre  mi exigua  billetera y escaso  de todas sus notas,  silbo  una  canción  del oeste  americano,  el  conocido tema de “El bueno, el malo  y  el  feo…Sí,  porque todos los que  aquí vamos,  vamos  tras algo,  tras un  puñado de dólares.

En  el  metro  se siente el  miedo.  Atracan  arrojándole a uno  gas  pimienta  en  la cara.  Huele a marihuana,  huele a alcohol,  huele a perro  caliente, a destapar  de  coca  cola en lata…La  historia  de los empujones de la vida,  se  vive en  el metro de Nueva  York. Allí  la  vida  traquetea.  Imagine  una mano  desconocida  que acaricia  tu  espalda y un  morboso gimiendo  de  placer…Un sonar  metálico  de  puertas  que  se abren de  vagón  en  vagón  y  un  herido sangrando y la  policía  detrás de este…

El  metro  de  Nueva  York,  pupilas dilatas poseídas  por  otro  dios… y  el  deseo  de  la última parada…Una estación, dos estaciones, tres estaciones, cuatro  estaciones: invierno, primavera, verano y otoño.

Voy  llegando al  final  de mi  viaje.  En  Colombia, esperan mi  dinero…soy  capaz de cantar en  el metro para  ganarme  algo y decirle  al  del saxofón  que me  acompañe…

Mañana es  igual,  en  una esquina,  alguien con  la  Biblia  entre  manos,   dice que  ya viene el  fin  del mundo…¿será mañana? Pero  el metro es así cada mañana, cada  día.  Mecánica  incómoda y  desagradable y  un  encontrar  de  ojos que  hablan  en  silencio…

Uno  quiere leer  un  libro. Todos están en  su  propio mundo que es el  de todos…El  mundo  es  un  vagón,  un  vagón  es  el mundo.

Muchos,  en  el  metro van  de pie. Y  van  en  silencio…temen  la sacada  de  un  cuchillo.

Nueva York,  cuatro  estaciones: invierno, primavera, verano y otoño.
Ya  casi  es diciembre  y  su  nieve.

Me bajo  en  otoño…

Y  vuelvo a silbar a Ennio Morricone.
https://youtu.be/-S7YW0FLRhs?list=RD-S7YW0FLRhs 
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