
Cada seis meses, como de un ritual arcaico se tratara, nos enfrentamos al sin sentido del cambio de hora. Una práctica que, lejos de aportar beneficios reales, sigue impuesta por pura inercia burocrática. La pregunta es inevitable ¿qué demonios estamos esperando para abolir de una vez esta tontería?
El cambio de hora nació con la excusa del ahorro energético. Pero en pleno siglo XXI, con tecnología de iluminación eficiente y hábitos laborales completamente distintos a los de hace décadas, este argumento hace aguas por todas partes. Numerosos estudios han demostrado que el supuesto ahorro es insignificante y que, en cambio, los efectos negativos son evidentes: alteraciones del sueño, reducción de la productividad, aumento de accidentes de tráfico y problemas de salud en personas vulnerables.
Es decir, nos obligan a trastocar nuestro reloj biológico, afectando al bienestar de millones de personas, solo para mantener una tradición obsoleta que ya no cumple
ninguna función útil. Cada vez que llega el cambio de hora, medios de comunicación, empresas y ciudadanos entran en el debate de siempre, ¿se adelanta o se atrasa?¿dormimos más o menos?¿se nos hará de noche antes o después?