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-MOLINO DE PAPEL- JUBILADOS
| | Cuentos y relatos globales. 05.10.25 | | Faltaba Miguel. Escribe; Walter Pimienta J.- En la fila del banco, caja número 3, había 35. Ya se conocían todos. Llevaban años en esto los más viejos haciéndolo cada mes. Los más recientes también, conociendo poco a poco a los demás. La mayoría solo se veía cada 25 y en tal fecha se volvían a saludar. Era el pago de marzo. Los que sufrían alguna incapacidad física y quizás también del alma o de ambas, esperaban sentados en las sillas cercanas… Algunos estaban acompañados de sus esposas o esposos con edades cercanas, o de un hijo o hija o de un nieto ya mayor. Uno por uno, según el turno y el llamado, cobraba. Y aunque cierto número de ellos tuviera compañía, no faltaba ese o esa que reflejaba en su rostro la más profunda soledad. Esa soledad que tiene, para todos, la misma voz silenciosa diciéndoles que ya son más pasado que presente…Y que en su diciente silencio les gritaba que cada vez eran más cortos sus pasos y que no pocos habían empezado a perder interés en verse al espejo; antes sutiles, elegantes, vistosos, acogedores, finos y elocuentes; más en la circunstancia de ellos que de ellas en quienes se notaban todavía ciertos lejanos encantos seductores de hermosura sin maquillaje. | Andrés, por lo menos, en su desaliño presentaba una barba blanca que antes no traía. Y lentes nuevos para ver mejor. Luis Molina, con un pantalón verde y una camisa roja que para nada le combinaban… Nunca lo habían visto así, tan sonoro y colorido de vestimenta. A Octavio Carbajales, se le notaba más anciano. Anita, como siempre, sonreía y saludaba; pero esta vez, como algo preocupada pues rápidamente cambiaba su expresión…según contaba en voz baja una amiga allí presente, y que hacía para sí la misma diligencia, le empezaba el Alzheimer y por eso la acompañaba una de sus hijas. Pedro Pablo, como siempre, echaba chistes y hacia bromas para él y el resto: “La vejez es un crimen de lesa humanidad y nadie dice nada- decía y volvía a decir: “Tuve más de veinte novias en la vida…a uno deberían jubilarlo también por amores y pasiones”- Y había entre ellos, hilarantes carcajadas y sonrisas que afloraban a sus arrugados rostros y así también algunos recelos y murmullos sin que faltara una voz que le dijera: “Pa’ jodete”. Menos la de Pedro Pablo, los de la fila tenían casi todos y todas las expresiones humanas de la aflicción y el desconsuelo: rostros tristes, pensantes, melancólicos, nostálgicos, confusos, callados…sus ojos lo decían. Pedro Pablo, diciéndole a quienes tenía a su alrededor: “Cuídenme el puesto. Ya vengo”, se salió de la fila y caminaba dentro del banco de un lado a otro. Fue al bañó, orinó y se peinó vanidoso frente al espejo. Volvió a la fila y ocupó su sitio diciendo: -“Orinar debe ser de lo más historico que existe”…Y entonces todos se enteraron dónde había estado y qué había hecho. Ya lo conocían. -¡Antonio Núñez!- llamó el cajero mirando el listado de que disponía. Este andaba con bastón. -¡Antonio, Antonio. Te llaman. Ya ni oyes! Gritaron varios desde la fila para mamarle gallo. -¡Ana Elvira Rodríguez!- llamó el cajero. El inicio de los pagos, a los jubilados les desordenaba el alma, los pensamientos, los gestos…Y también la fila El cajero pidió al guardia, los organizara por orden de llegada. -El siguiente- dijo el cajero y a la vez llamó: ¡Laura Arteta de Acuña!- Pedro Pablo estaba de noveno y, como siempre; tirando sus lapos: -Dicen que la jubilación es sinónimo del vino añejo en maduración; pero aquí lo que ya hay es puro vino rancio. Y bajó la cabeza como si no hubiera dicho nada a nadie. -¡Severino García!- dijo el cajero. -Ese es nuevo en la fila, pero viejo como todos nosotros, Lo dice su boina cubriéndole la calva- Y ya sabemos quien lo diría: Pedro Pablo. La fila medio se había enderezado Pedro no paraba y sin discriminación, decía a sus similares: -Y ahora que salgan, lleven la platica a sus casas. No cojan para otra parte. Recuerden, no desearás la mujer de tu prójimo, es parte del noveno mandamiento de la ley de Dios. Y entre los jubilados, no faltaron sonrisas. -¡Neferth Macias!- voceó el cajero. Y así, llamaron a Santiago de la Pechuga, a Roger Llinás, a José Manuel Romero, a Mercedes Tulante, s Gloria González, a Juan Villanueva, a Adolfo Charris, a Julio Silvera, a Emerson Manotas, a Andrés Viloria, a Julio Mercado a Alonso Trujillo, a Pedro Pablo Ferrer Padilla y a todos y todas los y las demás… Y solo así, acabado el cobro, Pedro Pablo dejó de hablar y estaba ahora en la calle. Se había puesto gafas oscuras para contrarrestar la luz solar, llevaba un portafolio en la mano derecha. Iría al médico. Tenía cita concertada. El medico que le atendía y que le mamaba gallo diciéndole: “Lo pondré tan bien de salud que volverá a bailar salsa en la 21”, lo esperaba. Llegó el pago de abril y de nuevo faltaba Miguel. También Pedro Pablo. Pagaron el mes de mayo. De nuevo faltaron Miguel y Pedro Pablo. Esperaban sus iguales, los trajera un viento de vigilia o un viento de lluvia… Imaginaban a Pedro Pablo mofándose de la vida. Lo imaginaban vestido de ilusiones si es que un jubilado tiene ilusiones… Los creían ocupados o enfermos sus colegas de situación porque así ocurre a los jubilados y cobrarían después; pasa en ocasiones. Por lo pronto, no había quien contara chistes e historias en la fila. A los jubilados, la ausencia de Manuel y Pedro Pablo, les aflojaba los músculos del corazón. Querían poner a dormir el alma. No hablaban, solo recordaban. Convalecían de angustia. Imaginaban lo peor. Había un llanto contenido. Vino el cobro del mes de junio y el del mes de julio y el de agosto. Desde la ventanilla de cobro, de parte del cajero, se escuchaban los incesantes nombres. Faltaban Miguel y Pedro Pablo. Nunca más estuvieron todos.
Walter Pimienta
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