Escribe; Walter Pimienta,- Cuando en la escuela primaria dibujaba el indio del “Cigarrillo Pielroja”, tenía que esperar que el indio estuviera de buen ánimo. Tenía que coincidir mí deseo con que ese día él no saliera de cacería y que yo, yéndome despacio hasta su tienda de cuero de búfalo, lo tuviera al alcance y sin titubeos. … Y, de pronto, todo empezaba con un punto fijo en su frente (en la del indio), que desde allí , en forma de continua línea, bajaba por su frente, por su nariz, por sus labios y su barbilla. Pero hasta allí ni siquiera le había hecho lo mejor: su vistoso penacho de plumas porque un indio piel roja sin penacho de plumas, no es un indio piel roja…Y cuando ya se los hacía, lo miraba y lo comprendía. Y entonces sí, ya terminado, era aquello todo un indio piel roja y me levantaba del pupitre, volteaba a ver a mis compañeros, alzaba mi libreta y les decía: -Véanlo aquí. Conózcanlo. Hoy está estrenando cintillo con cinco triángulos; uno por cada hijo o indiecito piel roja que tiene: dos indiecitas y tres indicitos; las indiecitas son los triángulos hechos con línea roja. El mayor, que es el del primer triangulo, ya tiene 8 años, el siguiente 7, luego el de 6, el de 5 y el de 4 que ya le salieron todos los dientes de leche. El de 8 ya caza conejos y lagartos y flecha sapos. Todos saben sentarse en el suelo con las piernas cruzadas como los indios adultos cuando fuman pipa. Están ensayando. La mujer del indio del cigarrillo piel roja, está preñada. Se le nota la pipa. |
…Así me imaginaba aquel mundo construido con mi fantasía teniendo en cuenta algunos paquitos que había leído alquilados a quince centavos en la tienda de Josefa, donde las pieles rojas aparecían dibujadas haciendo arcos y flechas para guerras futuras o amansados caballos de dos colores: blancos y negros y que montaban en pelo. El del indio del “Cigarrillo Pielroja”, era el dibujo más fácil que hacía en mi infancia. Los demás pelaos lo calcaban con una hoja de papel carbón que tenía Lucas y que la alquilaba por cinco centavos o a cambio de un mango de clase… El mío se distinguí, de lo indios que dibujaban mis compañeros, porque el indio piel roja mío estaba vivo y hablaba cortando las palabras y con verbos en presente, por lo menos de esta manera: “Tu pintar indio bien. Indio dar gracias”. “indio, tener hambre. Dar algo de comer”. “Indio querer orinar”. Un día quise hacer al indio del “Cigarrillo Piel roja”, más humano, con ropa de civil y zapatos tres coronas y con corbata; sin penacho de plumas y con sombrero, pero no me salió bien y el indio “ponerse bravo”. Yo quería contribuir a domesticarlo a la fuerza pero me amenazó con su arco armado…Me salvó que en ese preciso instante ¡Tan! La seño a Conchita tocó la campana para salir al recreo y rompí la hoja. -Coopera con el aseo, recoge los papelitos que tiraste al piso- me dijo la profesora. Yo pintaba al indio de los “Cigarrillo Pielroja” cuando estaba en tercero de primaria, Ya en quinto, con los últimos tiempos, trayendo Josefa otros paquitos, no. Estaba dedicado a pintar a “Santo, el enmascarado de plata”, en el sacrificio solidario de hacerlo inderrotable en la lucha libre ganándole siempre a “Blue Damon”, mientras el pobre indio de los “Cigarrillos Pielroja”, se quedó inmerso en un vacío profundo y quitecito sin poder levantar su flecha contra nadie ni por mucho que lo provocaran diciéndole indio. El que sí me costaba trabajo pintar, era “El llanero solitario”. Ponía el puntico en su frente, como en el caso del indio, y me salía un “Llanero solitario” que no tenía cara de estar solitario porque lo hacia sin antifaz y creo que parpadeaba miedoso cuando veía a los indios Sioux de Dakota del Norte que eran los más bravos-. Alguna vez, volvía a pintar al indio piel roja de los “Cigarrillos Pielroja”, pero me salió con la boca abierta pidiendo agua en el desierto. Tenía una sed inefable y andaba a pie porque tuvo que vender su caballo de dos colores y pasaba malos tiempos ya que no había cacería. Una tarde, me llamó mi mamá para que le hiciera un mandado a la tienda. -Necesito unos tomates y unas cebollas- me dijo. - Ahorita. Estoy ocupado pintando un indio piel roja, el de los “Cigarrillos Pielroja”, que me compró un compañero de escuela- le contesté. Y el indio, ya casi terminado el último trazo, me dijo: -Ir. Madre necesitar tomates y cebollas. Madre querer guisar carne. Le obedecí. Crecí y perdí el gusto por estas caricaturas. Las ultimas que hacía eran las de “Mac Pato” que por tener más de “Mac” que de “Pato”, con rumbo norte, se fue una tarde vibrando en el aire. Nunca más volví al silencio del indio de los “Cigarrillos Pielroja” encerrado en el bolsillo de la camisa de mi papa donde él guardaba la cajetilla para fumar de noche su cigarro llevándolo siempre encendido en la mano izquierda. Hay curiosidades que mueren mientras nacen otras. Ahora leía novelitas del oeste que me prestaba el policía Berrocal. Y creo que el indio piel roja, el mismo que salía en las cajetillas de los “Cigarrillos Pielroja”, si mal no estoy, en mi ultimo dibujo de él, en la sencillez de la punta de mi lápiz negro, murió de una enfermedad del hígado: tenía todos los síntomas. Se puso amarillo. Se le veía fatigado, con fiebre baja, le daban nauseas, había perdido el apetito, orinaba oscuro, sus heces tenían un color de arcilla y se quejaba de dolor abdominal. No le encontré remedio. Y no lo seguí dibujando más para evitar el contagio: Era hepatitis sospechosa. Walter Pimienta |