Escribe; Walter Pimienta J.- Importando poco que la flecha diera o no en un blanco perfecto, lanzada al parecer desde Tubará al medio día de un miércoles 7 de octubre de 1951, cayó una flecha en el parque del pueblo portando un papel en ella amarrado que decía: “No es la flecha, es el indio. Tubará en pie de guerra”…Menos mal que la misma no hizo daño en nadie pues a esa hora en el sitio no había personas… Hay que decir, en honor de la verdad, que quien lanzó la susodicha flecha desde tan lejos, debió ser un nativo experto cazador de presas, con una fuerza tal que, soltándola de su tenso arco, conocía el vuelo de su trayectoria con el impulso suficiente para que esta llegara sin que, en el tramo, encontrara obstáculo alguno que la detuviera Denunciado el caso por un transeúnte que se percató de aquello, y quien llevó la noticia al alcalde Lisímaco Arrieta, éste, con la colaboración de dos miembros de la policía, uno de apellido Pérez y otro a quien le dicen (aún vive), “Julio Policía”, levantaron la flecha determinándola materia de cadena de custodia de evidencia física al considerarla instrumento de declaración de guerra y así darle a la prueba un manejo inmodificable de evidencia, al tiempo que se iniciaba una exhaustiva investigación para conocer la trayectoria física de esta, consignando los eventuales resultados penales si la misma hubiera dado en la humanidad de alguien. |
Conocido el hecho, la curiosidad pudo más que el temor y el revuelo fue total por lo cual, conjeturas iban y venían y la idea de una posible guerra por cuestiones limítrofes desde los tiempos de la colonia con aquel pueblo, no se desmontaba del todo lo que hacía que la criminal investigación, presidida por el diligente regidor, tuviera como fin primordial la búsqueda de la verdad mediante la reconstrucción histórica de los hechos y así determinar: qué ocurrió, cuándo ocurrió, a qué hora ocurrió, quién o quiénes lo hicieron, por qué lo hicieron, dónde ocurrió y por qué ocurrió, concatenando un practico trabajo profesional que esclareciera a la saciedad el agraviante suceso y anexando en el documento, rasgos de sospechosos autores, coautores, responsables y/o participes del hecho punible Pero hubo un serio obstáculo. La investigación tutelada por el burgomaestre debía presentar ante el Ministerio Público, la redacción precisa de las circunstancias de modo, lugar y/o tiempo en que se dieron los factibles acaecimientos y es del caso que, en apoyo de los mismos, solo se tenían la circunstancia de lugar: el parque; la circunstancia de tiempo: miércoles 7 de octubre de 1951 al medio día y la prueba física de una flecha hecha en madera recta, punta de sílex y plumas estabilizadoras, la misma con un papel adherido diciendo en letras rojas: : “No es la flecha, es el indio. Tubará en pie de guerra”. Al amanecer, después de un Consejo de Guerra Municipal sumariado, sus miembros, sin mucha entusiasmo triunfal a la hora de hacer reclamo a la amenaza, tenían conciencia de estar acorralados y metidos en una situación confusa cuando a la fe de Cristo, sabían que Tubará fue doctrina de padres dominicos y encomienda de Alonso de Mendoza en 1581; luego del hijo de este, Alonso de Mendoza y Carvajal y, finalmente, de la mujer de este, María de Victoria, hasta que en 1661, de acuerdo a las leyes de España, el poblado y un radio de 5 lenguas al sur oeste y el sureste a la redonda, ya era conocido como resguardo indígena poseyendo un área total de 185 kilómetros de playas, espigones y lagunas del litoral. Y fue entonces cundo los miembros del Consejo de Guerra Municipal, mirandose entre sí, ajustados a la historia, entendieron lo del mensaje: “No es la flecha, es el indio. Tubará en pie de guerra”… La flecha era la gran noticia. Los niños y niñas la pintaban en los tableros de las escuelas y sus letras escritas: “No es la flecha, es el indio. Tubará en pie de guerra”. Y en una serie de comentarios, de habladurías, chismes o cotilleos, entre estudiantes con dimes y diretes como estos, el escándalo se replicaba con altercados y disputas. -¿Tú quieres ser tabareño?- se preguntaban unos a otros. -No, porque nos quieren robar la iglesia. -Yo, si porque ellos tienen muchas flechas. -¿Entonces eres indígena? Te cazaran con espejos los españoles. -Está escrito en mi destino. Mi abuela era india. -Hay que plantar nuestra bandera en los límites y aprendernos y cantar nuestro himno- era el otro decir. -Yo no me sé esa canción- no faltaba el que dijera. - Te toca. Hoy, con la seño, la vamos a cantar todos los días al empezar las clases, lo ordenó el alcalde. -No tenemos armas de guerra para pelearle a Tubará. Teníamos un cañón de la época de la colonia y se lo robaron. -Baranoa y Piojó, nos van a apoyar. Tienen flechas -Nos invadirán por el mar. La alarma de la invasión era general. No se conocían precedentes y lo más caótico era que no se tenían armas para la defensa, por lo cual se hablaba de hacer donaciones para que el alcalde, en condición de jefe civil y militar, creando el fondo patriótico, las vendiera y así adquirir un arsenal y desplazar unidades a la zona fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional y en estas condiciones, “el Mono Pompilio” donó su acordeón parrandera; las señoras de la Congregación del Sagrado Corazón, dieron sus costosos tapados de piel de armiño; doña Teresa, las joyas de su abuela; doña Pierina, los arates y el anillo de su matrimonio; don Santos Arteta y Díaz, un mosquete de la guerra de los mil días; “el Niño Albe”, dos chopos de yesca atrasada; don Simeón, dispensó un antiguo sable con borlas doradas perteneciente al único capitán español fusilado en la Guerra de la Batatilla, y otros regalaron hondas, rulas, machetes y macocos. Por un mes, sólo se pensaba en la guerra pero una mañana, el telégrafo de la telegrafista Teresa Picón trajo un anuncio oficial, era una proclama altisonante venida de Tubará que prometía decir no a la rebelión. El anuncio vino escrito en los siguientes códigos: -…---.-.-……----..---..--..--….--.-..----..--.--.-.-..--. Y ya traducido decía: “Nunca hubo una guerra buena o una mala paz”. …Y en el despacho del alcalde, en cadena de custodia, quedó guarda para siempre en un viejo armario de archivos apolillados, la flecha tubareña con su conflictiva inscripción: “No es la flecha, es el indio”. Walter Pimienta |