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Tiempo del plástico | | Carlos Carmona Sanchez. 12.08.25 | |  A principios de los años 70 yo era un estudiante de oficialía. Entre los profesores, había uno al que todos llamábamos el verdugo. El apodo sugería dureza, pero la realidad era que su severidad no iba más allá de lo que nuestra imaginación juvenil amplificada. Ingeniero industrial, nos impartía tecnología y, cada tanto, lanzaba una advertencia que en aquel momento no entendíamos —o no queríamos entender—:"El plástico es indestructible. No hay forma de destruirlo". Para nosotros, era solo una frase más de un maestro exigente. Para él, quizá una premonición. Pasaron los años y, en 1979, otro hombre también se encontró de frente con esa amenaza silenciosa. El capitán J. Moore navegaba por el Atlántico Norte cuando divisó algo insólito: una mancha flotante compuesta exclusivamente de residuos plásticos. La bautizó como "Isla de Plástico". | Era el aviso de que algo estaba fuera de control, aunque en aquel momento pocos lo escucharon. Con el tiempo, la amenaza se hizo más pequeña y más peligrosa. Richard Thompson, investigador británico, acuñó el término microplásticos para describir las diminutas partículas resultantes de la fragmentación de este material indestructible. Invisibles a simple vista, viajan por el aire, el agua y los alimentos. En 2018, la Universidad Médica de Viena confirmó lo que muchos temían: los microplásticos están dentro de nosotros. Pueden entrar por inhalación, ingestión, contacto con la piel e incluso atravesar la placenta. Sus efectos alcanzan al sistema nervioso, respiratorio, digestivo, circulatorio y reproductivo. Entre los más vulnerables: bebés y mujeres embaraza. Estos fragmentos actúan como otros contaminantes letales: arsénico, tabaco... El sistema inmunitario intenta destruirlos, pero fracasa una y otra vez. Los macrófagos, nuestras células defensivas, se afanan en una batalla perdida, generando inflamaciones que pueden derivar en cáncer, mutaciones genéticas o daños irreversibles. España, como otros países, intenta combatir el problema. Pero en la última conferencia internacional celebrada en Corea del Sur, los lobistas de la industria del plástico dejaron claro que no quieren abordar la raíz del asunto. Las cifras son elocuentes: solo reciclamos el 9% del plástico; el 91% restante se acumula en vertederos o en el medio ambiente, viajando río abajo hasta el mar. En agosto, representantes de varias naciones se reúnen en Suiza para buscar soluciones. La experiencia invita al escepticismo. Pero tal vez, como decía mi viejo profesor, la advertencia no sea para asustarnos, sino para que despertemos. Hoy, al mirar a mi alrededor —y dentro de nosotros—, entiendo que vivimos, literalmente, en el tiempo del plástico. Y que la pregunta ya no es si podemos destruirlo, sino si lograremos evitar que nos destruya a nosotros. Fuentes consultadas: National Geograthic de Julio y artículo del País del domingo 10 de agosto. |
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