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-MOLINO DE PAPEL- LE DECÍAN “MENELAO” La cacería es una danza mortal con olor a pólvora | | Cuentos y relatos globales. 29.06.25 | | Escribe; Walter Pimienta J. - Cuando la gente en San Juan de Tocagua veía a “Menelao” llevando su escopeta en las manos, le tenía miedo, los perros ladraban y con el rabo entre las piernas, se metían debajo de las camas donde se meaban. -Está en guerra con los conejos.- decía Carlos Arturo cuando aquel, por las tardes, transitaba por las calles del pueblo en preámbulos de encargo de piezas antes de irse para el monte. Las lenguas hablaban sin dejar de hacer críticas -¿Será que trae? -Siempre trae. Ya es hora de que el alcalde le quite la escopeta. -Es un verdadero peligro. -Un mal día de estos, le va a vaciar los sesos a algún cristiano. Eran los decires. -¡Menelao, Menelao, mata conejo, mata venao! Le decían los niños en
corrillo. Y él, para asustarlos y hacerles correr, con un “párate ahí”,
les apuntaba con la escopeta. “Menelao”, cuando ya decidía, entre
oscuro y claro, tomar la ruta de los conejos siguiendo las cagarrutas
que estos dejan en los caminos, con la escopeta colgada peligrosamente
entre el hombro y la espalda, con el cañón del arma hacia arriba, hacía
la maniobra peligrosa de sacar del bolsillo de la camisa, con la mano
que llevaba libre, la abierta cajetilla de “Cigarrillos Piel Roja”,
extraía con la boca un cigarro, regresaba la cajetilla a su sitio;
sacaba del bolsillo del pantalón un encendedor que le había comprado a
“el Niño Adbe”y prendía fuego al pitillo. Chupaba fuerte y hacía una
llamarada en su cara, guardaba el costoso encendedor de nacarada
cubierta y botaba humo para espantar los insectos. | -Como tropiece, adiós Luz, que te guarde el cielo. Siempre la lleva cargada- consideraban alarmados los que imaginaban el caso preguntándose quién sería esa tal Luz que alguna vez guardó el cielo. -Sería como morir auto fusilado- descifraba Casimiro la escena, retomando la conversa y viéndolo varias veces en estas. …Y el viejo “Girito”, el peluquero del pueblo, oyéndole al vecino esto, poéticamente apuntaba. -La cacería es una danza mortal con olor a pólvora. -Esa escopeta no está hecha para matar mariposas. Déjalo está, con la candela no se juega.- Advertía el viejo Eulogio en tono de mala noticia. En un cinturón de lona de tres hileras con hebilla de cobre, “Menelao” llevaba 10 tiros por cada ronda, 31 de pertrecho con el cargado en la escopeta, y cuatro más recargados de reserva en un bolsillo, para un total de 45 municiones. Iba, además, seguro de botas con punta metálica recubierta. Llevaba camisa de mangas largas y chaleco para el frio y pantalón rustico hecho con tela de la que llaman “tela de Chiriguaná; llevaba gorra de tirador, todo de color oscuro para que la noche se lo tragara y, suave de pasos, los conejos no lo sintieran… y atada a la cabeza, con su foco en la frente, su lampara de cacería dotada de una caja de carburo con botón de encendido y de la que salían dos cables flexibles para el ensamble de hacer la luz penetrante. Adminículos, todos estos, que también compró a “el Niño Adbe”, sabio en estas cosas “Menelao”, saliendo para el monte por la ultima calle del pueblo, despedía la tarde y le daba la a bienvenida a la noche con el mismo corrillo de niños detrás de él diciéndole: -¡Menelao, Menelao, mata conejo, mata venao! Media hora después, “Menelao”…!Taaa! Le daba al primero. El eco traía el sonido del disparo y el viejo Otomán Molina, desde el taburete de la noche, dijo: ¡Oigan a “Menelao” matando conejos! -Comenzó la guerra- se dijo Carlos Arturo. . ¡Taaa! Se oyó otro tiro. -Sabe darles- dijo Casimiro desde su cama en la que intentaba dormir en posición fetal. ¡Taaa! Se oyó otro tiro. -Tiene suerte- dijo Eulogio, desde su hamaca donde borraba los malos tiempo. -Tiene secreto. Miguel Esquea, le enseñó una oración- dijo Simón quien, desvelado, espantaba fantasmas en la cocina buscando una caldereta para hacer un café. -Tiene escopeta desde los nueve año- dijo Armando a Matilde, su mujer, acostados los dos opuestos de espaldas. .!Taaa! Se oyó otro tiro y otro tiro. “Menelao” regresó con la madrugada, evaluando la jornada con 12 conejos muertos colgándoles del cuello. Caminaba despacio, para que todos lo vieran. No falló un tiro. De los 45 que llevó, regreso con 33. -Tiene la certeza en el ojo, Donde apunta, a la fija da- dijo Bartolo al verlo pasar como a las cinco de la mañana. -Es el verdugo de la región de Tocagua - dijo Nandito, el de “La Niña Sara- parado en una esquina apoyado en sus muletas. -Pega hasta en la niebla y a la distancia que sea- dijo el señor Guerra, esperando esa misma noche la fortuna de la lotería del Atlántico que, Tomás Barraza, transmitía desde Barranquilla por la emisora “La Voz de la Patria”. Salió el 3527 y libró la dos últimas cifras. Los estudiantes del bachillerato, llevaron esa mañana, al profesor Casallín, licenciado en matemáticas, el problema de los aciertos de “Menelao” a la hora de disparar a los conejos y este, el profesor, a lo Pitágoras, con lentes y acabado de desayunar, les contestó: - Las probabilidades no dicen que “Menelao” podrá salir de una guerra sin matar a nadie y tambien sin haber muerto. Esto significa en términos matemáticos que “Menelao” podría ser ganador en una guerra. Los astro-húngaros, los rusos, los serbios tienen fama de buenos tiradores; pero doce conejos, son doce conejos…sin duda hubiera sido un buen soldado. - Profesor- interpeló el alumno Jenaro Jiménez- ¿Y qué necesitaría “Menelao” para regresar vivo de una posible guerra? - Discípulo Jenaro, dos inapelables condiciones: no morir en ella y no matar…pero si no mata, es factible lo maten a él…solo sus conejos no salen victoriosos de su escopeta. Y quién sabe si él de la guerra. Hubo risas en el salón de clases. El corrillo seguía a “Menelao”. -“!Menelao, “Menelao”, mata conejo, mata venao! Pero el caso es que, sin resbalarse nunca en el monte ni enredarse con su escopeta y así auto fusilarse accidentalmente, y sin que tampoco se le saliera un tiro por la culata eliminándolo como un conejo en el acto, “Menelao, cuarenta años después, murió de diabetes. |
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