
El otro día me vi metido en un tremendo atasco en Málaga. Acontecimiento nada extraño, si tenemos en cuenta la sobredimensión poblacional exagerada, que ya tiene nuestra ciudad y su provincia.El hecho fue algo totalmente fortuito, inesperado y bastante triste para mí. Durante el atasco observaba a personas en sus grandes coches, algunos más caros que muchas casas, mirando sus móviles, trasteando sus pantallas gigantes de los aparatos super tecnológicos que traen ahora los automóviles de alta y no tan alta gama. En definitiva cada uno a lo suyo sin prestar atención a un acontecimiento que estaba ocurriendo delante de sus ojos y que o no querían ver o simplemente ignoraban.
Se trataba de un muchacho de unos treinta años aproximadamente , tiradoven el suelo polvoriento al lado de un semáforo a 34 grados de temperatura un día de mucho calor , que llevaba puesto un abrigo polar con capucha, unos pantalones de pana marrones y unos calcetines de invierno negros, iba descalzo salvo sus calcetines negros . Su mirada estaba totalmente perdida hacia el horizonte , como si estuviera completamente ido y enfermo. Con toda seguridad aquel joven no se podía poner de pie.
Mi sentimiento al verlo fue de una impotencia y de una incapacidad
horrible ante la actitud de ignorancia de cientos de conductores que
veían la escena como algo normal. Posiblemente aquel muchacho hubiera muerto en aquel semáforo aquel día.