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Sombra distópica | | Carlos Carmona Sanchez. 09.05.25 | |  En menos de una década, hemos pasado de imaginar escenarios apocalípticos a reconocerlos—con inquietud—en nuestro entorno. Aquellas escenas que de niños escuchábamos en clase de Religión, sacadas del libro del Apocalipsis según San Juan—pandemias, fuegos devastadores, inundaciones, oscuridad—ya no parecen tan lejanas ni tan simbólicas. Hoy, los signos del deterioro global se nos presentan con una crudeza difícil de ignorar. Y aunque los problemas vienen de lejos, mientras más se acercan en el tiempo, más complejos. En busca de respuestas, me sumergí nuevamente en algunas novelas que han abordado este tipo de escenarios con lucidez profética. El primer título que vino a mi mente fue 1984 de George Orwell, publicado en 1949, donde un régimen totalitario ejerce un control absoluto sobre la vida de las personas. Le siguió Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, que nos muestra un mundo donde los libros están prohibidos y el pensamiento crítico es subversivo. También recordé El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una distopía en la que las mujeres han perdido todos sus derechos bajo un sistema autoritario y teocrático. | | Un mundo feliz, de Aldous Huxley, me resultó inquietantemente actual: una sociedad que ha sacrificado su libertad, sus emociones y su humanidad a cambio de confort y estabilidad. Y, finalmente, La carretera de Cormac McCarthy, mi favorito. Un padre y su hijo deambulan por un paisaje postapocalíptico, aferrados a una esperanza tan frágil como valiente. Es una historia sobre la supervivencia, pero también sobre la dignidad. Estos libros, más que fantasías oscuras, parecen espejos distorsionados de un presente que nos reta. Todos ellos exploran, desde distintas perspectivas, los peligros del autoritarismo, la indiferencia, el conformismo y la pérdida de los valores esenciales. Como escribió Don Manuel Alcántara:"Cuando se dan malos pasos, no es fácil distinguir cuál será el último, ese que nos puede llevar al borde del abismo". Y sin embargo, en medio de este clima sombrío, encontré una chispa de alivio. Viajaba de Almería hacia casa, y al pasar por Granada me topé con un apagón: los semáforos no funcionaban. Lo curioso fue que no reinó el caos, sino una calma inesperada. Las personas, sin indicaciones ni vigilancia, comenzaron a resolver la situación con respeto y sentido común. Esa escena, tan simple como poderosa, me recordó que la ciudadanía aún posee una sabiduría instintiva, una voluntad de cooperación que puede ser la mejor defensa ante cualquier distopía. Por ahora, el mundo sigue valiéndose por sí mismo. Y la democracia, con todos sus defectos y fragilidades, sigue siendo una fuente abierta, donde cada voz cuenta. Quizás esa sea nuestra mayor esperanza. |
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