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-MOLINO DE PAPEL- Miedos y sustos del Viernes Santo | | Cuentos y relatos globales. 19.04.25 | | Escribe; Walter Pimienta J.- No creo que el sacristán haya dicho esto; pero dicen que lo dijo. Él no es mentiroso, que yo sepa. Y si como también dicen, que lo dijo un viernes Santo, de mi parte, y no sé si ustedes así lo asuman, estoy casi por creer que lo que dicen que el sacristán dijo, tiene mucho de verdad más aún cuando es pecado decir mentiras un viernes Santo mientras uno, en la tranquilidad de su casa, come dulce de papaya con galleticas, apetencia muy propia y tradicional de tal temporada en la que otros se dedican a sembrar coles y rábanos antes de que el día comience a ponerse gris porque así se ponen los viernes Santos y es posible que por ello mismo, si uno se mire al espejo, no salga en este. ¿Pero, ajá…y qué fue lo que dicen que dijo el sacristán de la iglesia del pueblo? Que, en la mañana, estando solo en la sacristía buscando los elementos religiosos de la ceremonia del día, oyó cómo sonaba espectral el viejo y dañado armonio de la parroquia como si lo tocara un fantasma con eficiencia atrincherado en sus teclas y saliéndole a este el polvo de los años por sus fuelles rotos. | ¿Y que más dijo? Que quien tocaba el armonio, como hacía muchos años lo tocaba el padre Bravo, dada la armonía que de este salía, no era cualquier musico de pacotilla quien lo interpretaba sino un gran e invisible maestro de compleja partitura, haciendo sonar, entre risas infantiles, la canción de los pollitos dicen en la escala de do mayor y una variante sol, y que esto por poco lo mata del susto; explicando, además, que el armonio, con la técnica de su imperceptible ejecutante, sin ninguna explicación posible, se movía solo sin que delante del instrumento hubiera nadie sentado en su banqueta. Alguna vez, Baltasar, el campanero, contó a algunos una historia parecida, vivida por él otro viernes Santo cuando, dado que ese día no se pueden tocar las campanas, subió a la torre de la iglesia a quitar los badajos a estas a fin evitar así que cualquier desvirolado tocara gloria antes de tiempo… Y, entre más y menos, algo gago, dijo la mima historia con vacíos de un silencio fantasmagórico; pero nadie le creyó porque, quienes le escuchaban, consideraron que la música que él había oído tenía toda ocurrencia en el fenómeno silbante del viento de marzo penetrando por los calados del templo. Y por mucho que repetía y repetía que alguien en el armonio entonaba una pieza melancólica, no faltó quien le dijera: “Échale ese embuste a los rumanos que todo lo creen”. En algún tiempo, en un rincón de la iglesia del pueblo, iluminada con los inapagables cirios de la fe ardiente, el armonio parroquial, por las manos prodigiosas del padre Bravo, en efecto sonaba por encima de las voces del coro de mujeres y la de los caballeros ensayando para barítonos, pero se le dañó un tecla y luego otra que siguió el mal ejemplo de la primera y todo acabó en la pobreza del abandono quedando este sin oficio, arrumado en la sacristía al lado de la imagen de un San Eleucipo bajado de su trono porque ya no hacía milagros. Y muerto el armonio, por así decirlo, no sonó más nunca ni por la necesidad de la más antigua misa tridentina. …¿Pero no sería que el sacristán, aficionada a decir también que en su casa las sillas se elevan solas, se inventó esta historia por aquello de que todo viernes Santo debe tener su propio miedo? Vaya uno a saber porque es que en el mundo pasan tantas cosas y desvelos… Como ese de que, en el monte, a la luz del mediodía, en plena faena de machete, José Tomás, estando solo, cada vez que la brisa sopla, de un enmarañado arbusto espinoso, a sus espaldas, oia salía la voz de Alejo Durán, el musico vallenato, diciéndole “oa”, “apa”, “sabroso”- sus alegremos más característicos- y yendo a ver con inquietud qué era aquello, encontró, enganchado en la saliente de una ramita seca, un disco de Durán, a lo mejor traído por un vendaval, y que al girar, haciendo roce con una espina que el “LP” tenía encima, registraba aquel inverosímil conflicto de difícil creencia en la jurisdicción invisible de la verdad y la mentira… El caso es que nadie, hasta hoy, los viernes Santo, ha podido descubrir en el pueblo si es cierto o no que el armonio de la iglesia suena solo, en la difícil convicción de que alguien, invisible, lo ejecuta que es un espectáculo de terror y que negado de manos hace que su teclado a voluntad toca la canción de los pollitos dicen en la escala de do mayor y una variante de sol con tanta capacidad interpretativa que, a quienes a esa hora pasan por los alrededores y la escuchan, se les pega el estribillo del…pio, pio, pio, cuando tienen hambre, cuando tienen frio y el disparate fantasmal y misterioso, se pierde en las esquinas. No creo que el sacristán haya dicho esto; pero dicen que lo dijo; como dijo el otro lo del disco que la brisa hacia girar y una espina que le rosaba hacia sonar… y así también Baltasar contó, con voz extraordinaria, su mundo predicando su arte de campanero en el despropósito de que no faltara, en uno u otro caso, quien a los tres diga: “Échale ese embuste a los rumanos que todo lo creen”. …Pero qué vaina, no deja uno de estar en el convencimiento de que en la iglesia del pueblo exista un musico invisible que toca un armonio del siglo XV con la capacidad interpretativa de uno terminar cantando, acompañado por el, los pollitos dicen, pio, pio, pio…cuando tienen hambre, cuando tienen frio, pues en el mundo de hoy, resulta una cosa demasiado frecuente que una persona seria, como usted, le gaste por lo menos siquiera un minuto de atención a un escritor que no teniendo tema para hoy, se inventó esta vaina…. De veras, no creo que el sacristán haya dicho esto; pero dicen que lo dijo.
Walter Pimienta J
Canción tutorial https://youtu.be/xoDeeE6ps8Q
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