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-Molino de papel- LOS SUIZOS MUEREN DE NOSTALGIA | | Cuentos y relatos globales. 06.04.25 | | Escribe; Walter Pimienta J.- Dicen que murió de nostalgia en los tiempos en que la gente moría de nostalgia. Así lo escribió el doctor Bayuelo en el certificado de defunción. Causa de la muerte: decía-: Nostalgia- escribió con letra de médico y agregó: con agravantes de tristeza y melancolía. Consultado el facultativo por los familiares de ella, afín de confirmar más el caso, el galeno les dijo: “La nostalgia es una emoción poderosa que puede beneficiar nuestro bienestar; pero en exceso, hace daño”. Y aquello fue suficiente. Y comenzó a rodarse la noticia. Se murió la suiza. Se murió la suiza. La suiza vivía en el barrio El Prado, con tres hermanas y un hermano. Era el año 1965. El día, 23 de abril, para más señas, sábado a los 8 y 34 minutos de la mañana. Habían venido a Barranquilla a montar un negocio de relojería fina y costosa, algo en lo que los suizos son muy eficientes dada la exactitud proverbial de sus relojes en el mundo. Y es del caso que Emma, la suiza, murió con su reloj suizo de pulsera puesto, marca “Patel Philippe” señalando esa hora exacta y precisa: 8 de la mañana con 34 minuto, 12 segundos y 2 décimas. | A su hermano Johannes, le daba pena informar a las amistades, de qué había muerto Emma, y para quitarse engorres y molestias, contestaba esto a quienes se lo preguntaban: --“El médico dijo que murió del cerebro, con depresión, confusión, palpitaciones, fiebre y trastornos de sueño”. Pero se les salía la verdad cuando al mismo tiempo decía: -“ No es de extrañarse. Los suizos morimos de nostalgia. De eso murió la abuela Mia, la tía Elena y mi prima Lea y mis tíos: Liam, Noah, León, Luca y Elías. Es que nuestro país es tan hermoso que uno, estando en tierras extrañas, muere recordándolo con su aire frío, sus picos nevados, sus verdes valles y praderas, sus tranquilos ríos; sus mansas ovejas; Heidi y Pablo y el abuelo y su cabaña de madera de pino y “Niebla”, su perro. La pandemia de los suizos es la nostalgia”- apuntaba. Enrique, amigo de Johannes, y empleado de la relojería de los suizos, sabido del caso, dio el pésame a la familia de Emma y, algo inquieto por lo que este le comentara. Indagó entre médicos de la ciudad y artículos de revistas científicas y enciclopedias, el curioso caso. Y entre una y otra interesante lectura, comparando versiones, interpretaciones y exegesis, dándole sentido a todo, concluyó que, en efecto que, cualquier suizo al marcharse a vivir fuera de su país, corre el riesgo de sufrir terriblemente consecuencias físicas desatadas por la nostalgia. Y aseguraban aquellas lecturas que, estudiantes que se han ido a estudiar a otras partes y soldados que han ido a combatir en otras tierras lejanas, enferman y mueren de nostalgia irremediable. No sucede a todos, pero sucede. E incluso, aseveraban las lecturas que Enrique hacía, de un tipo de nostalgia precoz sufrida por menores y jóvenes que al venir en barco a América, morían en la travesía por el Atlántico. Y que, durante la guerra civil estadounidense, donde muchos soldados suizos vinieron a combatir, algunos, más que de un disparo de fusil, murieron de física nostalgia y emoción negativa. Las hermanas de Emma, habían evidenciado días antes, que esta estaba triste, pero dado que entre los suizos esto es normal, dieron poco valor al caso y le dijeron que, para salir de ese estado, probara estrategias caseras con tomitas de azafrán y que se mantuviera activa, que paseara y conociera gente, que priorizara la vida, que se tomara fotos, que visitara amistades, que fuera a cine…y cosas así. Pero la nostalgia cumplió con sus funciones psicológicas. Nada de aquello funcionó con Emma, a quien, para efectos de distracción y ocupación, sus hermanas la dejaban en su casa a fin de que, desde allí, consultara en las páginas amarillas de los directorios telefónicos de la época, en búsqueda de nuevos clientes y asuntos de cotizaciones. Emma, en atención a las recomendaciones familiares, estuvo a punto de hacerse unas fotos en la “Foto Tepediño”, de moda en ese tiempo, dijo Ruth, una de sus hermanas a quien ella comentara el asunto. Pero, seguro, al parecer, la mixta emoción agridulce de recordar el pasado y la nostalgia de la cálida Berna, aumentaron su mal- consideraba Arya- su otra hermana, que esto afirmaba compungida: “Qué poderosa es la nostalgia”. Pero Enrique, inquieto en el asunto, después de haber conocido al doctor Bayuelo por diligencia personal, los fines de semana, iba donde este: quería saber mucho acerca de la muerte por nostalgia y más convincente no pudo ser lo que el médico le dijera: -“Vea, amigo Enrique, la nostalgia es como estar dentro de una habitación repleta de espejos donde uno ve repetido y repetido el pasado recordando personas y hechos…Son imágenes falsas y sutiles pero verdaderas en la memoria”. -Algo así como estar enfermo del alma- consideró Enrique. -Tú lo has dicho- contestó el médico-. Hay que saber llevar la nostalgia compatible con la vida y construir en medio de ella alguna esperanza reconfortante. Sin embargo, la nostalgia no es absolutamente buena ni absolutamente mala…. Yo creo que, en el caso de Emma, ella, siendo joven, se adelantó a la soledad de la vejez…o ¿será que es cierto que los suizos mueren de nostalgia? Tú que dices. Una semana después, en la revisión que los vivos hacen a las pertenencias que deja todo muerto, dentro de una agenda, Johannes, halló una esquela escrita con oprimida pluma; era una letra roja, parecía escrita con latente sangre, sangre de la que circula por las venas, sentida y con ciertos rasgos desiguales… “Te escribo ahora, trémula y con mano débil, para confesarte lo que nunca te confesé.”- manifestaba el primer párrafo…y, a continuación, como si la mano que escribiera no pudiera sostener la pluma, una raya delgada y discontinua y una última revelación que decía: “…recuérdame E…”
Walter Pimienta |
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