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-Molino de papel- ¡LA LECHEEEEEEE! Cosas que pasan. Pasan qué de cosas | | Cuentos y relatos globales. 16.02.25 | | Escribe; Walter Pimienta J.- En el misterio de las cinco de la mañana, un hombre también misterioso de la misma hora, vestido de blanco hasta los pies vestido y con kepis igualmente blanco sobre la cabeza, habiendo bajado antes como ayudante de un camión blanco de vagón refrigerado, que tenía en los costados los vistosos avisos a color de un producto lácteo, al grito de: ¡LA LECHEEEEEEE!, a domicilio y sin falta alguna, dejaba en la puerta de la casa de la ciudad , una canastilla metálica con seis botellas del requerido lácteo, tres de cada lado y, acción seguida el vehículo del misterio de las cinco de la mañana, con el hombre también misterioso de la misma hora a bordo, partía y a dos casas más allá, CON EL MISMO NUMERO De LETRAS y la misma intensidad de voz, se volvía a escuchar el mismo grito: ¡LA LECHEEEEEEE! Y así, de calle en calle, la urbe toda se despertaba envuelta en una atmosfera fresca que atribuía al hombre de la misteriosa hora, el habitual sistema de levantarse sin el ruido del reloj despertador, preámbulo de todos los desayunos del nuevo día. Nadie sabía en la villa el misterioso nombre del misterioso hombre de las cinco de la mañana vestido de blanco hasta los pies vestido y con un gorro igualmente blanco que, de ordinario y acostumbrado, toda su vida se paseó en un camión blanco por toda la ciudad repartidor de lácteos y que, a su llegada a cada casa, envuelto en la atmosfera traspirable de la misteriosa hora de las cinco de la mañana, se paraba ante las puertas de las casas y gritaba: ¡LA LECHEEEEEEE! | La historia era recurrente, como la del dibujito del hombrecito pintado en el pote de “Avena Quaker”, con la diferencia de que el hombre mañanero que en las puertas de las casas gritaba: ¡LA LECHEEEEEEE! Era rea, tan real que saludado por quienes a esa misterios ahora, viniendo de la bohemia trasnochadora, en la confianza de algunas mujeres asistidas por sus amantes cuando sus esposos no estaban, porque habían salido en viaje de negocios, viendo salir de allí a quien no era quien, pero algo era, algo así como el infaltable “asistente de mujer sola”, dejando en la puerta la metafísica presencia de las seis botellas, haciéndose el pendejo; pero no tanto, es decir, viendo lo que veía, gritaba: ¡LA LECHEEEEEEE! Hay de todo en esta historia de anónimos personajes… Y así tenemos que del sexto hijo de cierto matrimonio, el misterioso hombre de las cinco de la mañana que en la puerta de cierta casa gritaba: ¡LA LECHEEEEEEE! Él sabía que este era hijo de quien no era quien coincidiendo el nacimiento del mismo, justo a los nueve meses de haber viajado, por asuntos de negocio, quien sí era quien y en el misterio de decirle o no al cornudo la verdad sabida, dando vueltas y vueltas sin participar a nadie del caso, una vez, habiéndosele caído de las manos una botella que se partiera al golpe con el piso de la terraza, dejando esta allí un reguero, nervioso y austero de lengua, no gritó esa vez su verdad diaria dejando solo cinco botellas con una nota que decía: “Descuéntese uno”… papel de por sí casi nada explicito en el mensaje de no saberse ahora si era a un litro de leche menos a lo que se refería el misterioso hombre de blanco hasta los pies vestido, o a el sexto hijo de aquel matrimonio donde él, a la puerta de la casa, todas las mañanas, gritaba: ¡LA LECHEEEEEEE! …Pero hay más. Alguna vez, el misterioso hombre de las cinco de la mañana, tocó equivocadamente a la puerta de su propia casa y en la helada madrugada vio salir de esta a un hombre vestido de monje envuelto en su propio ropaje. Y caido en la cuenta que hubo, no tuvo palabras para armar con su mujer la suya sino que prolongó apretado de boca un amargo silencio cuidándose de explotar gritando : LA LECHEEEEEEE y hoy, este otro hijo de quien no es quien, pero perfectamente asumido y equilibrado entre los otros cuatro que si son del hombre misterioso de la cinco de la mañana que en las puertas de las casas gritaba LA LECHEEEEEEE, cumplió ya veinte años. Desde entonces, el hombre que vestido de blanco hasta los pies vestido y con kepis igualmente blanco sobre la cabeza, en las puertas de las casas de la ciudad gritaba ¡LA LECHEEEEEEE! Presentó renuncia irrevocable a su trabajo derivada de los trasnochos poco saludables y benéficos de estar tocando puertas ajenas y, así, sin querer queriendo, saber de cosas que pasan y de un pasar de qué cosas… toda vez que en el cabildo jurisdiccional , además, por votación de 8 contra 7, no pasó la aprobación del acuerdo que buscaba elevar a la categoría de patrimonio municipal, al hombre que, cuando bajaba antes como ayudante de un camión blanco de vagón refrigerado y que tenía en los costados los vistosos avisos a color de un producto lácteo, en el misterio de las cinco de la mañana, gritaba: ¡LA LECHEEEEEEE!
Walter Pimienta J. |
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