Escribe; Walter Pimienta J.- En mi pueblo, cuando la gente iba a cine, no decía “voy a cine” sino, “voy a ver los muñecos”… Otros decían “voy a ver os monicongos”. De todos modos, iban . Eran “tráileres” en blanco y negro, “mudos”, del “Pato Donald”, “Bugs Bunny”, “El gato Félix”, “Speedy González” o cortos de Charles Chaplin…, y sin que sea un maltrato decirlo, la función se presentaba no obstante que algunos posibles asistentes no sabían leer; ya que por mudas que fueran las tales películas, por lo menos tenían sonido dejándolo todo a la imaginación. Era 1964. Yo tenía 11 años. Alguna vez dieron una de “Buffalo Bills” en inglés, pero igual resultó como si fuese muda porque nadie sabía inglés ni esta estaba traducida al español y, de haberlo estado, por aquello de que algunos no sabían leer, a muchos se les fue la historia esperando que, con tanto indio muerto de parte del ejército norteamericano, al final el bien triunfara sobre e l mal…Y, fin, cada uno para su casa. |
Para ser más exactos, yo no sé a qué iban no muchos. A estos, de estar uno de ellos a mi lado, tocaba explicarles lo ocurrido en la pantalla al estar haciendo poco caso de la historia, pues la misma se les iba en hacer burlas de personajes que allí salían y se les buscaba parecido con algún personaje del pueblo: -“ Miren, veee…Igualito al viejo Hernán Pimienta, ese que salió ahí”- se decía. Y no faltaban las risas. Un toque de humor ponía aquellas ocurrencias en la silenciosa sala, de manera que nadie escapaba a la graciosa comparación. Era que la inocencia estaba en ayunas. -¿Qué dijo?- se escuchaba la pregunta al fondo de la sala, cuando otro no entendía la escena ni mucho menos el idioma. Y no faltaba el que groseramente, a este respondía. -Que cuidao te duermes, idiota. Nadie entendía al Pato Donal en su idioma bucal. -Dijo que tiene hambre- oí. Y la escena duraba 30 segundos, y el público tardaba un minutos en entenderla si estaba callado. Y en el caso de “Popeye, el marino”, lo más lógico era creer que este hablaba en enredadas palabras de mar, mentándole la madre, con palabras también de mar, a quien le enamorara a Olivia, su novia, Aquel cine era itinerante. Lo traían los gitanos y los gitanos no se quedan en ninguna parte. Y de haber seguido, todos en el pueblo hubiéramos aprendido a hablar inglés. Los gitanos, para el caso, pensaron en nombrar a un lector de películas cuando estas no traían traducción en español, pero requerían de un megáfono que nunca compraron. Alfredo, el de Alejandrina, quería ese trabajo. Cuando él entraba a cine, la gente lo buscaba y se le sentaba cerca. Alcanzaba a leer en voz baja lo que salía si el texto no cambiaba rápido. Yo no tenía problema. Ya leía, pero no alcanzaba para hacerle el favor a todos. Una cosa distinta ocurría cuando daban una película mexicana: Eso era pan comido. “Bala Perdida”, de 1959, con Miguel Aceves Mejía, agotó localidades. La repitieron ocho veces hasta que, con un bajón de energía del motor generador, se dobló la cinta y se partió. En el pueblo no había luz eléctrica. …Y no dejaba de ser gozoso para mi esto de ir a aquel cine cuando el compañero de banca, viendo una película de apaches, al poner el indio una rodilla hincada en la tierra, tensaba el arco y soltando la flecha a un objetivo, el cineasta del caso, en un acto reflejo, haciéndose a un lado, pegando un salto, esquivaba el flechazo enviado como si estuviera presente en la escena y esto decía. -Yurdaaaa…qué peligro. Aquí puede morir uno ensartao de un flechazo. Y entonces el aludido me miraba asombrado creyendo que la flecha me había caído a mí por no eludirla. No lo niego. La escena aquella fue muy real y alguien, bancas más atrás, gritó: -¡Cuidaooo! En aquel cine, cuando en escena un personaje mataba a otro sin sentir por el cristiano ni una gota de remordimiento, el comentario de los presentes no se esperaba y así se excedía el realismo de quienes decían: -Hijueputaaaa….asesinoooo! No lo niego. El cine mudo mejoró mi interpretación. Y el traducido al español, mi lectura. Las películas mudas traían intertítulos. Pero ahí estaba el problema; todos no leían. Y menos si salían en inglés. Me acuerdo de uno en una película de “Mac Pato” que decía: “Pato a la olla”…y yo solo me reía. Y entonces creo que los demás rieron porque yo me reía o, a lo mejor, se reían de mi porque yo me reía… No me iba tan mal viendo el cine de mi pueblo. En ocasiones, en la escuela, cobraba 25 centavos a quien, por no haber ido a la película, me pedía se la contara visualizando palabras en presente. Al respecto, cuando lo de los indios y sus flechas, recuerdo que uno de los compañeros a quien le contaba lo sucedido en el cine, ya al final de mi relato, como poco convencido de lo que le decía, me preguntó: -¡Oye, y las flechas mataron a alguien? Y yo me la inventé contestándole: -No, bobo. No mataron a nadie…salieron volando al cielo. -Menos mal- me repuso el interesado. También era cierto que muchos entraban a cine a dormir, y luego iban a sus casas a contar mentiras. Nada de lo que decían lo habían visto ni leído, pero por lo menos los hacía hablar… …Y ríase usted, si quiere. Una vez, algo que me dejó sin palabras. La película era muda. Allí estaba Lucho y, este, al acabar la función, manoteándome y haciéndome gestos, en su propia gutural algarabía, me miró con rabia y cara de haberme dicho: -¿Sabes qué? No tengo nada que decir. ¿Pero cómo? Lucho era el mudo del pueblo. …Y me dieron ganas de decirle: -¡Cállate! Imágenes relacionadas https://youtu.be/_QbKlrVUE0w
Walter Pimienta J. |