Escribe Walter Pimienta J.- “El Mono de Girito” (así le decían a Daniel Arteta Macías -lo de Mono, por su pelo rojizo, y lo de “Girito” porque así apodaban en el pueblo a su padre), subía esa tarde por el callejón de la Calle del Repaso rumbo a la Calle del Palenque, donde él vivía. Y, justo vi que paso por la esquina de mi casa. Tenía yo 8 años. Todo estaba acordado. Mi madre, asomándose a la puerta a cada rato, estaba a la expectativa y, al verlo venir, de inmediato salió al patio en busca de alguna cosa. Yo no la seguí pero sentí que arrojó algo por encima de la cerca del callejón en referencia. Para entonces, “el Mono” se iniciaba como chofer de camiones de carga y, de momento, había abandonado un poco su oficio de carpintero menor hacedor de bancas y remendador de mesas y taburetes rotos cuando le pedían el favor y por ello le pagaban algo. -Me costó dificultad hacértelo. No porque fuera incapaz, sino porque, interesado en cambiar de trabajo, carecía de el martillo, el serrucho, la cegueta, la cinta métrica, la escuadra, el cepillo, el cincel, los destornilladores y alicates, el berbiquí, los tarros de pintura, la cola pegante y hasta de las lijas…Todo lo había vendido. No tenía ni un clavo. Y sin lo anterior, ningún trabajo de carpintería sale bueno, por lo que me tocó decirle a Josecito, carpintero de oficio y razón, me prestara por un día sus herramientas.- me dijo recordando aquel lejano evento-. Y agregó: Pero ¡caramba! Lo hice reusando puntillas. Le di palabra a tu mamá para que tuvieras tu embeleco y con él jugaras. Y no podía quedarle mal. Ya me había dado parte del pago. La verdad, me quedó bonito. Tenía casi medio metro de largo. |
Y, “el Mono”, recordando en presente aquel remoto momento, dijo más: -“Le gasté varias horas “al proyecto”. Lo había dibujado en un papel. Tenía que hacerlo igual a los que conocía. Además, la platica me ayudaba en algo. …Y diré yo ahora, a esta altura del relato retrotrayendo la historia, de veras, cómo disfruté de alegría en el silencio parroquial del patio de mi casa con el bonito cacharro que esa vez me hiciera la habilidad manual de “el Mono de Girito”… Mi alegría era completa, aquello funcionaba a la perfección. Mi júbilo y el gozo detuvieron esa vez el aguacero de mis lagrimas con aquel juguete creyendo días atrás que en esa Navidad, el Niño Dios no me haría un regalo. Se trataba de mi primer carro de madera. Para mí, la reproducción perfecta de un camión carguero que exhibía la imitación de su cabina y de su alargada troja , con llantas e igualito en sus colores: rojo, verde y amarillo, a “EL LEON DE APURE”, el camión real del señor Simón Molina, identificable el mío porque, además, tenía en su defensa delantera, con letras rojas, este mimos nombre. Y trajo este una larga piola para jalarlo, pasando la primera prueba por el corredor de la casa cargado con las muñecas que el Niño Dios les trajo ese mismo día a Carmen y Cristina, mis hermanas…Tenía alineadas las llantas, su rodaje era perfecto atravesando indócil las piedras del patio y hacía maniobras audaces cuando lo cargaba de chuvas que simulando un viaje de ganado llevado a Barranquilla, pasaba por las lomas de arena y los charcos que a propósito, en el recorrido, le realizaba y desarrollaba su mayor velocidad por una “carretera de ceniza” por donde lo echaba a andar…Nunca se varaba…Y yo era su chofer…!Qué maravilla! Produciéndole con mi boca la imitación de los sonidos propios del “ruido del motor”, remedando con un ¡chis! Sus frenos, sus cambios de velocidad y su ruidoso pitazos repetidos a la llegada de su destino ilusorio. …Pero había unos ojos tristes de niño que por las hendijas de la cerca de la casa vecina, me miraban y miraban mi camión de madera. Pasó el tiempo y bajo las anchas alas del alar de mi casa, me hice un joven ahora ajeno a los azoramientos de mi niñez y, conociendo en parte la inconclusa historia del que fuera mi primer camión de madera que me regaló el Niño Dios, memoria de la que fueran protagonista mi madre y “el Mono de Girito”, un día cualquiera, en charla amena con este, al calor de unas cervezas, preguntado por mí sobre el recordado episodio, éste, sonriendo me dijo: -Te lo hice con unas tablas de pino de una caja en las que venían antes empacadas las panelas. Tu mamá ya me había hecho el encargo y nos pusimos de acuerdo para que, al pasar, me las tirara por el callejón y yo las recogiera. Ya terminado, no me fue fácil pintarlo hasta que ablandando las mezquindades de algunos vecinos, conseguí con Hilda Molina la pintura roja, la verde y la amarilla…Quedó igualito a “EL LEON DE APURE”. …Y entonces le conté que, un sábado por la tarde, casando de tanto jugar, dejé olvidado en el patio de mi casa mi camión de madera y que este, al día siguiente ya no estaba…Y que lo busqué por todas partes en el pronóstico de mis dudas haciéndoseme imposible a mí y mi mamá encontrarlo…Ella, sospechaba de alguien y sin darme el nombre del presunto, me dijo: -“Déjaselo. El Niño Dios no le trajo nada”… Hice una pausa. Me bebí el último sorbo de cerveza y retomé la charla con esto: -Pero, “Mono”, había unos ojos tristes de niño que por las hendijas de la cerca de la casa vecina, me miraban y miraban mi camión de madera. De pronto, se hizo un silencio entre “el Momo” y yo. Puse cara de congoja recordando aquello y a mi madre. Pedí al cantinero dos cervezas más. Le di una a él y, con una mano de amigo en su hombro, le dije: -Mono, gracias por haberme hecho feliz. Warter Pimienta
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