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Tu diario. Libertad de expresion

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-MOLINO DE PAPEL- Relato de Navidad…
…había unos ojos tristes de niño…
Cuentos y relatos globales. 22.12.24 
Escribe Walter Pimienta J.- “El Mono de Girito” (así le decían a Daniel Arteta  Macías -lo de Mono, por  su  pelo  rojizo, y lo de “Girito” porque así  apodaban en  el  pueblo a su  padre), subía esa  tarde por  el  callejón  de  la  Calle  del  Repaso rumbo a  la Calle del  Palenque, donde él  vivía. Y,   justo vi que paso por  la esquina de mi  casa. 
Tenía yo  8 años.  Todo estaba  acordado. 
Mi  madre, asomándose  a  la puerta a  cada  rato, estaba  a la expectativa y,   al verlo venir, de  inmediato salió  al  patio en  busca  de alguna cosa.  Yo  no  la seguí  pero sentí que arrojó algo  por  encima de la  cerca del callejón  en  referencia.
Para entonces, “el  Mono” se iniciaba  como chofer de  camiones de  carga  y,  de momento, había abandonado un  poco su oficio  de carpintero menor hacedor  de bancas y remendador  de mesas y taburetes rotos  cuando  le pedían  el  favor y  por  ello le  pagaban   algo.
-Me  costó  dificultad hacértelo.  No  porque  fuera incapaz, sino  porque,  interesado  en  cambiar  de trabajo,  carecía de el  martillo,  el serrucho,  la cegueta,  la cinta métrica, la escuadra, el  cepillo,  el  cincel, los destornilladores  y  alicates, el  berbiquí, los  tarros de  pintura,  la  cola  pegante y  hasta  de las  lijas…Todo lo  había  vendido.  No  tenía  ni  un  clavo. Y  sin  lo anterior,  ningún  trabajo  de  carpintería  sale  bueno,  por lo que  me tocó decirle a Josecito, carpintero  de  oficio y razón, me  prestara  por  un   día sus herramientas.- me dijo recordando aquel lejano  evento-.  Y  agregó: Pero ¡caramba! Lo  hice reusando  puntillas. Le di   palabra a  tu  mamá para  que tuvieras  tu embeleco y  con  él  jugaras. Y no  podía  quedarle  mal. Ya  me  había  dado parte del  pago. La  verdad,  me  quedó  bonito. Tenía  casi medio metro de  largo.

Y,  “el Mono”,  recordando  en presente aquel  remoto  momento,  dijo más: -“Le  gasté varias horas “al proyecto”. Lo  había  dibujado  en  un  papel. Tenía  que hacerlo  igual a los  que conocía.  Además,  la  platica me  ayudaba  en algo.
…Y  diré yo ahora, a esta altura del relato retrotrayendo la historia, de veras,  cómo disfruté  de  alegría en  el  silencio  parroquial  del  patio  de  mi  casa con  el  bonito cacharro que esa  vez me hiciera la  habilidad manual  de “el Mono  de Girito”… Mi alegría era  completa, aquello  funcionaba a  la  perfección. Mi júbilo  y   el gozo detuvieron  esa vez  el  aguacero  de mis  lagrimas con aquel  juguete creyendo días  atrás que en  esa Navidad,  el Niño Dios no  me haría un  regalo.
Se trataba  de mi primer carro  de madera.  Para mí,  la  reproducción  perfecta de un  camión  carguero que exhibía  la  imitación de  su  cabina y de su  alargada troja ,  con  llantas e igualito en  sus colores:  rojo, verde y  amarillo, a “EL LEON DE APURE”,  el camión real  del señor Simón Molina, identificable el  mío porque,  además,  tenía en  su defensa  delantera,  con  letras rojas,  este mimos  nombre. Y trajo este una larga  piola para jalarlo, pasando  la primera prueba por  el corredor de la  casa cargado  con  las muñecas que  el  Niño Dios les trajo ese mismo  día a Carmen  y Cristina, mis hermanas…Tenía alineadas las llantas, su rodaje era perfecto atravesando  indócil las piedras del patio y  hacía  maniobras audaces cuando lo  cargaba de  chuvas que simulando  un viaje de  ganado llevado a  Barranquilla,  pasaba por las  lomas de  arena y los charcos que a propósito, en  el  recorrido, le realizaba y  desarrollaba  su  mayor  velocidad  por  una “carretera de ceniza” por  donde  lo echaba a andar…Nunca  se  varaba…Y  yo  era  su  chofer…!Qué  maravilla! Produciéndole con  mi boca la imitación de los sonidos propios del  “ruido  del motor”,  remedando  con  un  ¡chis! Sus frenos,  sus  cambios  de velocidad y  su ruidoso pitazos repetidos a  la  llegada de su  destino ilusorio.
…Pero había  unos  ojos tristes de niño  que por las hendijas de la cerca de  la casa  vecina, me  miraban y  miraban mi camión de madera.
Pasó  el  tiempo y bajo las anchas alas del  alar de mi casa,  me hice un joven ahora ajeno a los  azoramientos de mi  niñez y, conociendo en  parte la inconclusa historia del que fuera mi  primer  camión de madera que me regaló el  Niño Dios, memoria de la  que fueran protagonista  mi madre y “el Mono de Girito”,  un día cualquiera, en  charla amena con  este, al  calor de unas cervezas, preguntado  por  mí  sobre el  recordado episodio, éste,  sonriendo  me  dijo:
-Te lo  hice con  unas  tablas de pino de una caja en las que venían  antes empacadas las panelas. Tu mamá ya me  había hecho  el encargo y nos pusimos  de acuerdo  para que,  al pasar,  me las  tirara por  el callejón y yo las  recogiera. Ya terminado, no me  fue fácil pintarlo hasta que ablandando las mezquindades  de  algunos vecinos, conseguí  con Hilda  Molina la pintura  roja,  la verde y  la amarilla…Quedó  igualito  a “EL LEON DE  APURE”.
…Y entonces le  conté que,  un  sábado  por la  tarde,  casando  de  tanto  jugar, dejé olvidado  en  el  patio de mi  casa  mi  camión  de madera y que este,  al  día  siguiente ya no  estaba…Y que  lo busqué  por  todas partes  en  el pronóstico de mis dudas haciéndoseme  imposible a mí  y mi  mamá encontrarlo…Ella,  sospechaba de alguien y sin  darme  el  nombre del presunto,  me  dijo: -“Déjaselo. El Niño Dios no le  trajo nada”…
Hice  una pausa. Me bebí el  último sorbo  de cerveza y retomé la charla con esto:
-Pero, “Mono”,  había  unos  ojos tristes de niño  que por las hendijas de la cerca de  la casa  vecina, me  miraban y  miraban mi camión  de madera.
De pronto, se hizo  un  silencio entre “el Momo” y yo. Puse  cara  de  congoja recordando aquello y  a mi  madre. Pedí  al cantinero dos cervezas más. Le  di una a él y,  con una  mano de amigo  en  su  hombro, le  dije:
-Mono,  gracias por haberme  hecho  feliz.

Warter Pimienta

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