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-MOLINO  DE  PAPEL- EPITAFIOS…
Irónicos y  silenciosos “periódicos” de los cementerios
Cuentos y relatos globales. 25.08.24 
“Lo que le encargo a mi padre/Que no me entierre en sagrado/Que me entierre en tierra bruta/Donde me trille el ganado”.
Escribe; Walter Pimienta.-
El  transito  terrenal de nosotros por este  mundo,   queda tremendamente  testimoniado y resumido en las  letras de  un epitafio. Las mismas son  un  disparo moral a  la conciencia de quienes,  de  visita a  los panteones,   los  leemos. Los epitafios no  son  más que irónicos y  silenciosos periódicos  de  los  cementerios  que más  que de la  muerte,  hablan en  el  estremecimientos  de  verdades cortas,  duras  y  certeras que muchos no  quisieran  leer  o que leen  con los ojos entrecerrados. Palabras mordaces de quien, hediondo  ahí en  su  tumba,  nos  dice: ¡”De qué te  las picas! ¡Aquí  también  llegarás! Y si  vieras desportillada  mi dentadura y  derrumbada  la armazón  de  mis  huesos!”.
Y  es cierto,  los  muertos  no  tienen  categoría social   ni  dignidad;  son muertos todos;  algunos  sin  tiempo  para  el  recuerdo como  este  que en  su  ida  ordenó  le escribieran: “Me  mató el  cabrón de  Heráclito en  mis propias  narices y,  a  lo  mejor, ella  se reconcilió  con  él”. Como  para  un  titular  de crónica  roja… Y  este  que  hace  público  un caso de  cama,  no  se  queda  atrás:  “Aquí yace  mi mujer,  Julia  Palacio,  fría como  siempre.  Por  eso  la enterré  sin  cobija”. Y no  falta  el  burlón de sí  mismo diciéndose:  “Aquí,  en  este lugar,  cuando  yo  nací, en  1923,  no  había absolutamente   nada. Ahora en  este sitio, desde 1994,   estoy  yo”.
No critiquemos,  nuestro  deber  cristiano  es  enterar a  los muertos y  colocar  en  sus  tumbas  una  cruz así  sea  de  palo y  en esta  el  epitafio  que algunos se  atreven a dejar  ordenado o  el  que ellos mismos,  en  vida, en  piedra  mármol,  por  adelantado, se escriben y  guardan  par  el  momento de  la trompeta desafinada.  Aunque en  ocasiones  son  los  familiares quienes,   asociando  su  muerte y  su  vida,  se  los escriben tal  que una noticia: “Aquí  yace Lucio Álvarez, resbaló  por las escaleras.  Le  faltaba  un  brazo”. O este: “Pedro Marlboro”, les  da  un  consejo: dejen  de  fumar no joda.  Morí  de  un  cáncer  en  los  pulmones”. Y qué decir  del  de Luis Molina:  No  lo  hagan. Persistí  y  persistí  y  persistí  en  el  juego  de  la  ruleta  rusa y….”…Y  tampoco paso por  alto este de quien se  dijera  sin  titubeos: “Aquí  yace  “ la Margarito”.  Morí  de amor. Me tome  un  veneno. Adiós Joselo”.
Uno  quisiera irse de  este mundo en tránsito luminoso alzado a  los  cielos en  los brazos de  una  legión  de  ángeles; pero nos  cae  una  “despedidera “ para  que nadie se  resienta,  y  qué  tanto es dejar a  otros cuatro  palabras para  las que el  muerto  ya no  tiene  oídos y  entonces nos dice en  su  lápida: “ Adiós amigos. Antenor Moreira. Morí ahogado….en  alcohol”. En  tanto esto dejó dicho Leocadio  Ariza:” Amigos,  los polvos  matan. Pregúntenle a Susana,   la del  bar”.
En  la mayoría de los  casos aquí citados se  palpa una irónica burla a la  cristiana muerte cuando  el  hombre  cae en  la  cuenta de  que irremediablemente es  mortal y  tiene  la  percepción de ser  menos que  una cosa, y como  participando  de su  propia burla, se da  de  cara con  la verdad de  que ninguno  somos cuerpo  glorioso ni imperecederos; He  aquí  unas  muestras: “Les  dije que estaba  enfermo  y no  me  pararon  bolas”.  “Ya  decía  yo  que mi  médico no  valía mucho”, “Luciano,  aquí  te espero, te  pegué el  COVI”.
Los  difuntos,  por unanimidad quieren participar  de  la gloria  de  Dios y  a algunos  no   les  es extraña la  resurrección. Un tal  Aquilino Osorio,  así  lo  plasma: “La  vida  no  se  termina  aquí.  Tengo ahora   el  compromiso de  estar en  otra cas; en  el  cielo,  sin  pagar  arriendo”.
Y  ya  que las  verdades abundan  en  las  lápidas de los  cementerios,  miren que el  lenguaje  poético  y  afectuoso no  falta  en ellas y  así  el  verso  se suma a otra vivencia como  en  su  tumba  lo expresa  Eustorgio Barrera:” Como  una estrella  fugaz/  eclipsando a su  paso  a todas  las demás/ Así  pasaste   por  mi  vida María/…Gracias por  haberle regalado a mi  existencia  los  mejores días”.  Más manifiesto  no  pudo  ser Eustorgio inspirado  en  María hasta  el  último  día.
La  gama  de estas inscripciones lapidarias,  reducen a polvo  del  polvo  la vida y  son  un  grito  del  lenguaje referente  al absurdo  de  nacer  para morir,  aunque algunos  digan  que se muere  para  vivir,  Cayo Valerio Cátulo así  lo dijo  :”Los soles se  ocultan y  pueden aparecer de  nuevo,  pero cuando nuestra efímera luz se esconde,  la noche es  para  siempre y  el  sueño es  eterno”…
Y encontré uno,  no en  un cementerio sino al pie de  una cruz en  una carretera que esto  apunta: “Aquí  termino  Joaquín,  su  trabajo  preferido/  fue  conducir  sin espera/Por  su  padre fue  advertido/Cuidado  con  la carretera”.
De  vez  en  vez,  amigo (a) lector,  vaya a  los cementerios donde el  hecho  tremendo  de  la  muerte queda en   las  lápidas  expresado y  así profundamente  meditar  entre lo humano,  lo  animal  y  lo divino al leer:  “Aquí te espero”. No   tiene este  epitafio   un  diluvio de  palabras, pero  con  doce de ellas,   resume todo un  dogma cristiano.
Pero no  quiero  irme  por  hoy  sin antes   dejarles esta “gracia: “Aquí yace   Juan Alejandro,  a quien decían Alejo, cazaba con  el  abuelo que de  un certero escopetazo lo  mató a  él  y  no  al  conejo”.
Canción referente.
https://youtu.be/iJnbwLpeXFA

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