Ese impulso está en la base de todo lo que conocemos como evolución, el deseo de fundirse en el otro. Luego vendrán reglas, adoctrinamientos morales y encorsetamientos varios de la especie humana como medio de control. Estoy aquí en mitad del universo por un instante, los átomos que conforman mi cuerpo han pertenecido a este planeta, a otros seres y a otras especies durante miles y millones de años. Si nos remontamos atrás en el tiempo, allí estuvieron esos átomos en el segundo exacto donde comenzó el tiempo, en el que en un colapso de gravedad infinita una pelota de tenis estalló, dando lugar a las galaxias, a las estrellas y a todo el universo conocido. En esencia todos somos uno y parte de una misma cosa, y un día mi conciencia alimentará esa gran conciencia y mi cuerpo se deshará en partículas y se rehará en otros cuerpos, árboles y plantas.
Hay un derecho básico de los seres vivos que impulsa la evolución y el crecimiento en un deseo de amor y fusión. Yo y el otro como impulso creativo, emocional y vivo. Yo en el otro sabiendo donde estoy y cuales son mis raíces y cuales los compromisos que he elegido. La lealtad hacia aquello que amo más allá del impulso y la ilusión del instante e incluso de otras formas de amor, que sin embargo no puede llegar a la propiedad y castración de aquel que ha elegido ser compañero y no esclavo, ni propiedad.
La necesidad y el consentimiento para amar a otro individuo saliendo del egoísmo básico de molusco dentro de su cascarón, está inscrito como una necesidad en nuestros genes, revestido de instinto, adobado por endorfinas de gigantesco tamaño que a modo de cebo nos recompensan por la excursión a los territorios peligrosos y extraños de otro ser humano.
El desconsuelo cuando nos dejan, como pérdida del paraíso… Tal vez porque el fundirse en el otro, nos trae el recuerdo ancestral y el lejano eco de la felicidad absoluta, de la conciencia absoluta que debió ser formar parte de aquella pelota de tenis antes de su explosión, estallando de amor y necesidad de creación. Al igual que estallamos al enamorarnos y todo cuanto nos rodea y la vida entera se llenan de sentido y de luz. El amor como principio básico de la creación y el deseo como motor del mundo, obliguemos después a ese otro que se acerca confiado y enamorado y atémonos a nosotros mismos, a esta cadena de obligaciones y compromisos que se establecen en forma de pareja legal y de mi propiedad para que nada puede respirar sin mi consentimiento, y habremos destruido todo impulso creativo en él y en nosotros. ¿Quién decidirá y establecerá las reglas? ¿Quién las acatará? Nadie salvo cada uno de nosotros podrá hacerlo. En el amor hasta para apartarse hay que tener el cuidado de no dejar al compañero expuesto y desnudo, alejado de la atmósfera protectora de nuestro abrazo, lugar, que creía seguro del espacio vacío y del frío exterior. Y sin embargo nada hay exterior, ni hay fronteras entre tu piel y la mía, tan solo apariencias de distancias y fronteras del miedo, que en apariencia y tan solo en apariencia, nos alejan en este instante a cada uno del resto de los seres para que podamos jugar el juego de la creación. Y aunque niveles atómicos tales cosas sean ciertas y demostradas, a nivel humano seguimos necesitando sentir al otro acogedor y cercano que nos abraza sin ahogarnos, pero sin soltarnos… |