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-MOLINO DE PAPEL- EL SITIO | | Cuentos y relatos globales. 15.01.24 | | Hubo un tiempo en que asumo no saber lo que debía; en que no sabía bien lo que se sabe y en que sabía lo que no debía saber… Escribe; Walter Pimienta.- Mi abuelo Hernán, cuando alguna vez se fue con mi abuela a vivir en el monte, en su muy particular manera de hablar y de decir las cosas, siempre se refería en sus conversas al sitio. Para entonces, yo, escaso de conocimiento, algo inconsciente del hecho y “ocupado” en los intereses de mi edad, no sabía qué era el sitio. Pero consideré que desde que él, tanto y tanto lo mencionaba, seguro, a lo que por sentido hacía alusión, tenía lugar y existencia. A veces creía que el sitio era un lugar lejano, muy lejano, al que, a lo mejor, se emprendía la ida por un camino que nunca terminaba y el tal sitio no se podía encontrar.. Algo así como, si de pronto se encontraba, del otro lado de este no había nada…o, quizás una llanura rajada por el barro reseco y cuarteado por el ardiente verano. Un paraje sin casas, donde no ladraban los perros, sin sombra de árboles…No sé…ese era mi sitio mental. Y tal idea, así descrita, no cambiaba en mi retrato mental cuando él decía: | -Es tardísimo, mijo, y Goyo -se refería a mi tío- no viene del sitio… Debe traer la carne del almuerzo…hoy no comeremos. Y entonces, nada de raro tenía que en mi silencioso discurrir, considerara que a mi tío Goyo, le hubiera pasado algo malo en el sitio. …Total que a eso de las 12 del mediodía, llegaba el tío en su mula sudada y sedienta. Y Venía del más allá. Creía que el viento lo traía; pero yo no lo decía, lo imaginaba… Era alguna de mis vacaciones escolares cuando aquello. Mi abuelo, también, en ocasiones, iba al sitio por asunto de negocios y compra de provisiones. Salía en su caballo al amanecer para que le rindiera el tiempo. Y antes de montarse en la bestia, saboreaba una tasa de café… Y del tal sitio regresaba en horas de la tarde, casi acabado el día, cuando el sol ya estaba colgado de la última nube y “Bocanegra”, su perro, se asomaba y ladrando avisaba. Mi papá y algunos trabajadores de la finca, también iban y venían del sitio, atravesando las vicisitudes de arroyos crecidos cuando llovía y las compras de los víveres se les mojaban. Siempre que en el rancho se hablaba del sitio, yo me quedaba pensativo . A dicha usual palabra le faltaba, para mí, una clara explicación y a falta de mi pregunta, una aclaración perceptible… Mi abuelo se alzaba el sombrero, miraba hacia oriente, reparaba en el cielo y en las nubes y decía: -Está lloviendo en el sitio. Y yo no decía lo que pensaba. Se me acababan las ganas de hablar de lo que no sabía cómo él sí. Y en otras, era mi padre quien ante la misma situación, a fin de satisfacer lo doméstico, también decía. -Por aquí cuesta mucho trabajo, entre vecinos, conseguir las cosas; siempre hay que traerlas del sitio. Y ante la palabra sitio, mi silencio era incólume. De pronto, del cielo, caía una gota de agua, grande y gorda, haciendo un agujero en la tierra, como quien deja un aplastado salivazo sobre ésta dando lugar inefable a lo que mi abuelo, persuadido de sus saberes, decía: -Nos va a llegar el aguacero que está cayendo en el sitio. Y de prisa se salía a recoger lo que no debía mojarse. Pero esa vez no llovió en el rancho y me dije: -…Pero seguro llovió en el sitio. Él sabe por qué lo dice. Sin embargo, por la caída de una gota de lluvia, enseguida se hablaba de maíz y de siembras. Alguna vez, mi tío Goyo, llegó tarde y trajo la noticia de que en el sitio se había muerto alguien, un amigo de él, y ante lo escuchado, llegué a considerar lo mismo: Que el sitio era un lugar lejano y demás un lugar de muerte…y quizás de desperdigadas casas. Por momentos, imaginaba irme a escondidas y a pie al sitio; pero tenía que ayudar en la recogida de los frijoles …echarle de comer a las gallina, recoger los terneros, sacar agua del pozo, atizar y soplar el fogón de la hornilla y se pasaba la idea…En otras, mi abuelo me daba por oficio vaciar en el piso una caldereta de “Galletas Noel”, llena de clavos usados. Tocaba separar los rectos de los doblados; los con cabeza de los sin cabeza y meterlos en otros tarros disponibles…y se me pasaba la idea de irme furtivamente para el sitio. Y, al día siguiente, la obligación de ayudarlo a herrar los terneros. Total que, día con día, no había lugar para irme al sitio… -Está que se acaba la sal y el azúcar- decía mi abuelo- hay que ir a buscarla al sitio. -Tengo que ir a cobrar un maíz al sitio- Decía él. -Tienen que traerme del sitio hilos, agujas, condimentos y carne - decía ella. ….De esto se hablaba con frecuencia en el monte, del sitio ahora y del sitio después… Un día, decidido, le pregunté a mi abuelo: -¿Abuelo, está muy lejos el sitio si me voy ahora a pie ? Hubo un silencio que parecía estar enredado en la misma pregunta. -¿Y qué vas a buscar al sitio?- preguntó. Y hubo otro silencio. El mío. Era un silencio de otro modo. El canto del gallo, repetido tres veces, aniquiló ese silencio. Un silencio que se llevó el eco de “si me voy a pie”. Y luego de esto, me imaginé que el sitio, era un sitio encerrado, con calles solitarias y llenas de hueco por las que se caminaba pisando piedras y sentías que alguien iba detrás de ti… O con risas de personas que no se veían, risas viejas y cansadas…Y voces desgatadas por el uso… Y en esas, con su particular manera de decir las cosas, respondió. -Vete, pero te faltará mucha tierra por pisar. Y preferí quedarme. Acabaron mis vacaciones y , días después, llevado por mi abuelo en el anca de su burro, llegué al sitio. El sitio era el pueblo donde yo vía.
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