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-Molino de papel- Porque el mundo està lleno de historias Absuélveme Margarita, por favor
| | Cuentos y relatos globales. 26.11.23 | | No solo se hace justicia cuando se condena al culpable sino tambièn cuando se absuleve al inocenteEscribe; Walter Pimienta.- La señora me llamo por teléfono y estaba llorando. Lloraba a mares. Había conseguido mi número llamando a la editorial donde me publicaron el libro y, en su casa, lo estaba leyendo y con rabia, con mucha rabia, angustiada me dijo bohemamente y a gritos: -! Asesino¡!Asesino¡! Asesino ¡ ¿Por qué lo mató? ¿Por qué? Lo voy a denunciar. Acabo de leerlo. Y qué frialdad la suya...lo confiesa como si nada. Ella colgó y del susto me tomé un vaso de agua. Quedé estupefacto. | ¿A quién maté? - me preguntaba- ¿A quién le quité la vida? Yo no determino el mal destino de nadie. Mi corazón no da para eso... ¿Asesino yo? Llamé enseguida a la editorial y me dijeron que la señora se llamaba Margarita. Y que allá también despotricó en mi contra. Agregando que eso no se quedaría así y que acudiría a las autoridades Pensé que Margarita estaba desquiciada. Que lo que decía estaba fuera de lugar; pero me preocupaba porque su llanto no era fingido ni el tono de su rabia y entonces considere que a lo mejor esto tendría que ver con lo que escribo. Hay cosas imperceptibles y Margarita, como toda mujer, tenía la cualidad de saber llorar a raudales haciéndome sentir culpable de un asesinato y entonces me debatía entre esto o la subjetividad de lo que escribo; pero es el caso que uno ignora quién lo lee y cómo lo lee e interpreta...El caso es que algo que había escrito inconscientemente me estaba costando caro y para Margarita yo era un asesino y la conciencia hacía en mí lo suyo pues soy de los que primero existo, luego pienso y después escribo. ¿Pero en qué momento maté a alguien? Lo ignoraba. Me creo civilizado, me creo afable, defiendo la vida; pero no un asesino. Sentí humillante el llanto y las palabras en mi contra de parte Margarita. Tenía que librar mi salvación. Margarita había arribado a una conclusión muy distinta de lo que en verdad soy.
Hubo otra llamada. Era Margarita quien, otra vez llorando, acongojada, solo dijo estas dos palabras:
-! El perrito¡!El perrito¡Y colgó. Era visible su resentimiento.
De pronto hubo en mi un vector de telepatía, una conexión precisa y zigzagueante entre la sensible Margarita conmigo y lo del perro. Pero en esta circunstancia, yo no podía darle nuevamente la vida al animal, no porque no quisiera sino porque no podía...Y me tranquilicé pues mi decisión, en ningún momento fue matarlo. Un destello de lucidez encandiló por un instante mi pensamiento y ahora estaba plenamente sabido de qué se trataba: Claro. Claro. De un perrito callejero que vivía en un tugurio, que nunca abandonó a sus dueños a pesar del hambre y la pobreza de estos y a ellos siempre volvía, que era la sarna andando en cuatro patas, que se le podían contar una por una las costillas como al Cristo de la iglesia, que alimentaba garrapatas sangre de su escasa propia sangre; que evitaba ladrar para no gastar sus contadas energías, que relegado a esta vida, jamás le hizo el amor a otra perra y nunca siquiera le ladró a la luna. La historia era real y testimonial en el desespero de quien vio todo y me la contó.
Ahora entiendo perfectamente por qué lloraba Margarita; pero toca aclararle, una y mil veces, que yo no lo maté.
Ocurrió que una mañana en que el animalito, como de costumbre, salió a rebuscarse en las basuras el hueso suyo de cada día, al atravesar la calle, pasó lo que pasó.
Al perrito lo mató un camión repartidor de gaseosas. La paradoja no podía ser contraria. Yo no debía descartar la verdad para salvarlo. Pero queda de todo esto el contrasentido de las cosas:
El perrito vivió y aún vive para siempre en el recuerdo de quienes me leyeron este relato en mi libro “Historias de por aquí”
Se llamaba “Comotù”
Absuélveme Margarita, por favor. Y te exijo me pidas perdón... |
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