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-MOLINO DE PAPEL- Porque el mundo está lleno de historias. “Besos y más vainas, Ismael” | | Cuentos y relatos globales. 08.10.23 | | No existe tecnología alguna que pueda suplir la calidez de un besoEscribe; Walter Pimienta.- Así se despedía mi abuelo Ismael en las cartas que escribía a sus novias después de haber enviudado dos veces. A su edad, más allá de los sesenta, me imagino, que lo que lo que mi abuelo decentemente les escribía a sus enamoradas, no era una llorosa petición de amor; sino que, tal vez, el uno a la otra, en una especie convenida de mutua compañía con permisos de besos incluidos (de ahí lo de besos al iniciar la misiva), con licencia para caricias en hamaca compartida ( era esta su “cama” preferida) y con consentimiento para abrazos y algo más (¿?), hallaron la forma de llenar vacíos pasionales supliendo necesidades de placer que gobernaban el cuerpo entre suspiros cortos de parte y parte. Cuando aquella llamativa historia de similar parecido y ocurrencia a la del “Amor en los tiempos del cólera”, en mi abuelo tuvo ocurrencia, probablemente él no estaba en la idea de ofrecer matrimonio a ninguna de sus novias, no por imposible que esto le fuera, sino porque, practicado lo carnaval por vivida experiencia, los mayores llegan a una estación en la vida en que conocida la tímida y guardada geometría de los senos de ellas y sus floridos pubis, y es el placer recíproco y solidario el que aún bombea estos ratos o momentos, un colorido festín amatorio concebido, mancomunado y pactado con mutuas complacencia, es lo que acontece como en este suceso pudo ser… | De todos modos, leído lo anterior, es de deducir que los días de la viudez de mi abuelo, nunca dejaron de tener algo de néctar y dulzor y una absorbida felicidad que le era necesaria para con algo de optimismo, aguantando una lágrima el corazón, recordando melancólico a sus viudas, seguir viviendo porque le tocaba. Me pregunto en tal caso si los besos a los que mi abuelo se refería en sus cartas dirigidas a sus novias, más allá de sus sesentas, aun tenían fuego y quemaban a estas sus labios, si su corazón le palpitaba como a los 15 y si no, por lo menos tenía que decirlo y escribirlo queriendo perpetuar en él, con sus flechazos, el papel milagroso del amor de viejo… ¿…Y lo de sus vainas alusivas qué? Lo entiendo como el complemento de lo cotidiano en todo amorío cuando él las pensaba, las llamaba o las citaba llevándoles un presente o siendo con estas atento celebrándoles sus cumpleaños, llevándolas a cine de vespertina o dándoles un helado…vainas propias de la vida en encuentros breves, casi momentos, siguiendo el modelo de los amores de otrora llenos de detalles, mostrado en el asomo del enigma que encerraba el conocerse sin planes y entendiendo que no era aquello un mero juego intimando en lo clandestino cuando dos no tienen nada que reclamarle al pasado y el artificio de un cortejo queda plasmado en una foto en blanco y negro tomada por el armatoste de una cámara de fuelles una tarde de verano en un parque… Estoy seguro que mi abuelo, a esa edad, a sus novias, solo quiso brindar sentimientos de simpatía en la aventura humana un tanto disminuida de un cansancio de manos que trabajaron duro para levantar 10 hijos en la raigambre prolija de los matrimonios de antes. La construcción de la “metáfora” de mi abuelo: “Besos y más vainas, Ismael”, dicha así y escrita así en sus cartas, con mayor o menor acierto, nos dice que sus amores pasajeros respondieron a una complicidad de encuentros y de conquistas hasta el día en que sus hijas descubrieran que llevaba en el ojal de su chaqueta de liquiliqui un primaveral clavel rojo para Manola, razón tácita de un “querimiento” en pugna con los años de lado y lado y donde todo podía terminar sin reclamos y de esta forma: “Besos y más vainas, Ismael”… Lo de las cartas que mi abuelo así terminaba, me lo contó mi madre cuando alguna vez él, acabada la romántica misiva a entregar, no lo envió y la guardó o retuvo por alguna opresiva decepción. La hallarían en el bolsillo de algún saco y leerla no sería lo más perceptible de la historia sino su curiosa despedida dejando al descubierto al mundo que, lo vivido no era lo mismo que sus dos grandes amores de viudez, estos, habían entrado y salido de su casa como un fantasma y entonces, tolerantes, ellas, sus hijas, lo dejaron creerse lo que se creía, quizá esto le hacía a su modo feliz… Los amores de la viudez de mi abuelo, más que amores eran necesidad de compañía, pero de una compañía fácil de zafar porque tenían el argumento de un yo quiero y yo también sin impedimentos y que acabaría en la paz de ningún resentimiento cuando él, a la última que tuviera, jugando a olvidarse, presentándole con el sombrero a medio lado, vestido impecablemente de blanco, sabiendo que ya quedarse en casa con sus hijas no era un pretexto, sin lloro en los ojos, se daría cuenta que con esta lo que tenía era una benevolencia casi de hermanos y mirándose se dirían: “Vámonos cada quien para su casa”, viviendo un amor de naufragio y, coherentes con la vida, se darían un abrazo y un adiós por despedida…y como para no irse pero yéndose, acordarían verse en la esquina de siempre el sábado a las cinco de la tarde. Lo que buscaban era no hacerse daño… “Besos y más vainas, Ismael”, diría la última carta que mi abuelo le escribiría a su postrera novia de la vejez. Ninguno de los dos acudió a la cita… |
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