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-Molino  de  papel-  Porque el mundo  está  lleno  de  historias
Mariana,  la albina
Entre  los albinos, no  hay oveja negra

Cuentos y relatos globales. 24.09.23 
Escribe,  Walter  Pimienta.- Ni de  niña ni  de joven, Mariana nunca  supo si  la  gente de  su  pueblo la miraba,  con algo  de asombro, por  ser  albina o  si por  ser  “una  cosa rara” o por mujer. Ella creía  siempre que por  lo  primero. Ya tenía  17 años, hacía el cuarto de  bachillerato. Iba  puntual al  colegio y  sus compañeras y  compañeros  de  curso,  la  seguían mirando como  la  primera  vez: por ser  albina.
En  zapatos tenis, con medias  tobilleras,  franela y  pantaloneta; haciendo educación  física, mostrando sus piernas  blanqui rosadas ,  Mariana  era tan  bonita como  sus  compañeras; pero albina; algo  que no  debía diferenciarla para  nada de  las demás porque el  calor y  el  sudor de  las 20  vueltas a la  cancha ordenadas  por  el profesor  Imitola, igual, le  mortificaba y  a  ella aun  más ya  que e l  sol,  para los  albinos no  es un regalo…y  cómo  le costaban los  rayos  de  este sobre  sus  ojos  grises afluentes de  un  mar  en  calma.

Mariana era de  las  más destacada de  su  curso y  cómo  le  lucía  su  largo  pelo de  fique peinado;  su boca roja con  un  par  de  ajíes  picantes y  maduros uno encima  del otro…y  la  intriga  de  sus  gafas oscuras…Ah y  su  voz,  medida saliéndole del  corazón. Le  gustaba  leer  y  después de clases se  iba a  la biblioteca,  donde la  secretaria Nidia,  quien  le  prestaba libros para  apuntar símiles  y  metáforas que se gozaba en  cada palabra: “Los albinos son  hijos de  la Luna en un  amorío fugaz de esta  con  el  Sol”- era el  que  más le  gustaba

En  el  colegio, a Ángel,  el  que  tocaba la  batería del  conjunto, le  gustaba Mariana. Siempre  que el alzaba la  mirada en  clase,  ella estaba ahí. Siempre que ella  alzaba la  mirada en  clase, él  estaba  ahí. Eran  dos miradas de nervio,  de  música  que hablaba  en  sus  ojos,  pues  ella, para  mirarlo  mejor,  se  quitaba  las gafas.

Lo  más  cercano entre Mariana  y  Ángel eran  las tareas y  los  recreos con  algunas  charlas de  películas de  videos en  casetes; instantes  en  que él le sentía  a su   piel totalmente blanca, un  agradable  olor  a  leche  recién ordeñada y se encantaba al  verle los rubios bellos de sus  brazos como  gusanos peludos iguales a los que, en cierta época  del  año,  le  caían  a los palos de almendra  del  parque municipal…Y se detenía en sus  pestañas deslumbrantes, poco  más o menos las de las muñecas  que vendían en el  “Almacén  de la  Niña  Nené” antes de que salieran  las Barbie. La  examinaba  toda,  de pie a cabeza,  y  se llevaba en  la memoria el batir  de su  cola  de caballo  para  luego  dibujarlo en  su  cuaderno  de canciones…Y,  entonces,  antes  de  la  llegada  del profesor de  la clase; cantaba  de Piero,  “Llegando  llegaste”.  Siempre lo  hacía  así. Mariana  sabía que lo  hacía para  ella y  se le  erizaban los bellos de  gusano  peludo y  se  ponían más rojos sus  labios de color  de  ají  picante…Y, al  salir  del  colegio, una  sonrisa de  parte y  parte.  El padre  Alzate,  el  rector, estaba  muy  pendiente de estas cosas y  no  permitía visibles  amoríos.

Alguna  vez, lo  más atrevido que  Mariana hizo por  corresponder a  la galantería de  Ángel fue escribir en  4  papelitos,  en  forma  inversa:  “soseb,  soseb, soseb, soseb” (besos, besos, besos, besos), mensaje que dejó caer en  el  pupitre de este en  el momento en  que  él,  ausente, ensayaba con  los  del  coro. Los  papeles,  los tumbó la brisa  de  marzo que entraba  por  las ventanas y Santiago,  el celador  y  aseador, los  recogió y haciendo  con  ellos una  bola  de papel, los arrojó a la caneca.

Ángel,  por  las noches, entre tanto, en   su  cama y  antes de dormir, jugando con  el  amor de  mano, la  hacía  visible…Y  allí,  con  él, frenético,  estaba  Mariana,  la  de  la  piel  rosada con  su  adornado  pubis con los  pelos suaves como los  de las barbas del  maíz verde…Y  su pecho  delicado hasta  que  sucio de él,  se dormía en  estado  puro soñando que Mariana se le volvía una muñeca  de nieve.

…Y  al  día  siguiente,  de  nuevo, las clases: Mariana  midiendo ángulos agudos…Y  otra  vez los 4 papelitos en  clave  ahora  diciendo: “ et  oreiuq,  et  oreiuq,  et  oreiuq,  et  oreiuq (te quiero, te  quiero, te  quiero, te  quiero) Y una  vez  más,  Santiago, el  celador  y  aseador, que los  recoge y  hace  con  ellos una  bola de  papel  que  arroja a la caneca.
No  había celulares. No  había  llamadas…Solo detalles, picardías, miradas, sonrisas…

Pero no  todo es  dicha y  Marcela también “le  tiraba los  perros a  Ángel”,  hasta  el  día en  que Mariana los  vio besándose en  la  puerta del baño a  la  hora  del  recreo  a  pesar  de la  vigilancia  del  padre Alzate.
Mariana lloró y  se regresó a su  salón …Y  al  volver las clases, mirando hacía  atrás le  gritó a Ángel su  rabia con  sus ojos  grises y  moría  en  la  imagen de  lo  que vio. Él  cantó  “Llegando  llegaste” en  tono  profundo y  la  feliz era Marcela hirviendo  de  pasión en  un  jardín  de  corazoncitos  rojos que  dibujaba en  su  cuaderno.
Fueron  tiempos difíciles  para Mariana. Sus padres, buscando  trabajo, del  pueblo  se  fueron a  la  ciudad. Empezarían  otra vida…”Allá pasarás por  gringa- le decían las compañeras- y te levantarás  un  gringo.  Allá  pega  más duro  el  sol.
Y el  día  de la  despedida,  mamándole gallo, le  cantaban  de Garzón y  Collazos,  “Negrita”-
-Ya  verás,  en  la  ciudad se te pondrá  el  pelo  macho- le  dijo  con rabia su odiada Márcela.
¿Y,  a todas estas, de Ángel  qué? Seguía “enmarcelado” como  una gueva…Hasta  el  día que  ella  “lo  sacó  de  taquito”  a cambio  de Juancho  Ramos,  el  poeta del  curso.
Dos Navidades pasaron  y los  del curso se  graduaron.  Diciembre,  en  la  radio, a cambio  de  música  salsa,  tenía  anemia de  villancicos y  “El Burrito  de  Belén”, poco se  oía.
En  marzo,  Ángel se  fue a  la  ciudad  a buscar  trabajo y  con  este  entrar  a  la  universidad y  un  día  cualquiera,  a la distancia,  en pleno centro  de la  capital,  sus  ojos “convulsionaron” con lo  que  veían. Una  mujer de  yin y  saco  verde para el  frío, de  zapatos deportivos y  bolso artesanal  al  hombro, de  apetitosas  piernas,  le  subió  la sangre a  la  cara-
-¡Es Mariana!-  se dijo emocionado y  quiso alcanzarla y decirle que la  necesitaba. Que  tenía que decirle muchas cosas. Que lo  perdonara  por  favor. Que  no  quiso hacerle  daño…y  se  le  aguaron los ojos  y  se le hizo un  nudo en  la garganta. No  era  un  sueño despierto o  quizá sí…Pensaba que en  la  ciudad no  habría muchos  albinos y  quizá la  encontraría…Cómo  recordaba su  pelo de  fique  peinado… Se le  olvidó cantar  fuerte “Llegando  llegaste”. Esperó.  Se  detuvo,   no precisó identificarla  y  finalizó  el  encanto Y, sí,  era  ella,  Mariana, caminando a  la estación  del  bus.
Tenía el  pelo de  negro  rojizo pintado…cosas de  la cosmética…Y  tome  pa’ que lleve…

Walter  Pimienta

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