Mariana era de las más destacada de su curso y cómo le lucía su largo pelo de fique peinado; su boca roja con un par de ajíes picantes y maduros uno encima del otro…y la intriga de sus gafas oscuras…Ah y su voz, medida saliéndole del corazón. Le gustaba leer y después de clases se iba a la biblioteca, donde la secretaria Nidia, quien le prestaba libros para apuntar símiles y metáforas que se gozaba en cada palabra: “Los albinos son hijos de la Luna en un amorío fugaz de esta con el Sol”- era el que más le gustaba
En el colegio, a Ángel, el que tocaba la batería del conjunto, le gustaba Mariana. Siempre que el alzaba la mirada en clase, ella estaba ahí. Siempre que ella alzaba la mirada en clase, él estaba ahí. Eran dos miradas de nervio, de música que hablaba en sus ojos, pues ella, para mirarlo mejor, se quitaba las gafas.
Lo más cercano entre Mariana y Ángel eran las tareas y los recreos con algunas charlas de películas de videos en casetes; instantes en que él le sentía a su piel totalmente blanca, un agradable olor a leche recién ordeñada y se encantaba al verle los rubios bellos de sus brazos como gusanos peludos iguales a los que, en cierta época del año, le caían a los palos de almendra del parque municipal…Y se detenía en sus pestañas deslumbrantes, poco más o menos las de las muñecas que vendían en el “Almacén de la Niña Nené” antes de que salieran las Barbie. La examinaba toda, de pie a cabeza, y se llevaba en la memoria el batir de su cola de caballo para luego dibujarlo en su cuaderno de canciones…Y, entonces, antes de la llegada del profesor de la clase; cantaba de Piero, “Llegando llegaste”. Siempre lo hacía así. Mariana sabía que lo hacía para ella y se le erizaban los bellos de gusano peludo y se ponían más rojos sus labios de color de ají picante…Y, al salir del colegio, una sonrisa de parte y parte. El padre Alzate, el rector, estaba muy pendiente de estas cosas y no permitía visibles amoríos.
Alguna vez, lo más atrevido que Mariana hizo por corresponder a la galantería de Ángel fue escribir en 4 papelitos, en forma inversa: “soseb, soseb, soseb, soseb” (besos, besos, besos, besos), mensaje que dejó caer en el pupitre de este en el momento en que él, ausente, ensayaba con los del coro. Los papeles, los tumbó la brisa de marzo que entraba por las ventanas y Santiago, el celador y aseador, los recogió y haciendo con ellos una bola de papel, los arrojó a la caneca.
Ángel, por las noches, entre tanto, en su cama y antes de dormir, jugando con el amor de mano, la hacía visible…Y allí, con él, frenético, estaba Mariana, la de la piel rosada con su adornado pubis con los pelos suaves como los de las barbas del maíz verde…Y su pecho delicado hasta que sucio de él, se dormía en estado puro soñando que Mariana se le volvía una muñeca de nieve.
…Y al día siguiente, de nuevo, las clases: Mariana midiendo ángulos agudos…Y otra vez los 4 papelitos en clave ahora diciendo: “ et oreiuq, et oreiuq, et oreiuq, et oreiuq (te quiero, te quiero, te quiero, te quiero) Y una vez más, Santiago, el celador y aseador, que los recoge y hace con ellos una bola de papel que arroja a la caneca. No había celulares. No había llamadas…Solo detalles, picardías, miradas, sonrisas…
Pero no todo es dicha y Marcela también “le tiraba los perros a Ángel”, hasta el día en que Mariana los vio besándose en la puerta del baño a la hora del recreo a pesar de la vigilancia del padre Alzate. Mariana lloró y se regresó a su salón …Y al volver las clases, mirando hacía atrás le gritó a Ángel su rabia con sus ojos grises y moría en la imagen de lo que vio. Él cantó “Llegando llegaste” en tono profundo y la feliz era Marcela hirviendo de pasión en un jardín de corazoncitos rojos que dibujaba en su cuaderno. Fueron tiempos difíciles para Mariana. Sus padres, buscando trabajo, del pueblo se fueron a la ciudad. Empezarían otra vida…”Allá pasarás por gringa- le decían las compañeras- y te levantarás un gringo. Allá pega más duro el sol. Y el día de la despedida, mamándole gallo, le cantaban de Garzón y Collazos, “Negrita”- -Ya verás, en la ciudad se te pondrá el pelo macho- le dijo con rabia su odiada Márcela. ¿Y, a todas estas, de Ángel qué? Seguía “enmarcelado” como una gueva…Hasta el día que ella “lo sacó de taquito” a cambio de Juancho Ramos, el poeta del curso. Dos Navidades pasaron y los del curso se graduaron. Diciembre, en la radio, a cambio de música salsa, tenía anemia de villancicos y “El Burrito de Belén”, poco se oía. En marzo, Ángel se fue a la ciudad a buscar trabajo y con este entrar a la universidad y un día cualquiera, a la distancia, en pleno centro de la capital, sus ojos “convulsionaron” con lo que veían. Una mujer de yin y saco verde para el frío, de zapatos deportivos y bolso artesanal al hombro, de apetitosas piernas, le subió la sangre a la cara- -¡Es Mariana!- se dijo emocionado y quiso alcanzarla y decirle que la necesitaba. Que tenía que decirle muchas cosas. Que lo perdonara por favor. Que no quiso hacerle daño…y se le aguaron los ojos y se le hizo un nudo en la garganta. No era un sueño despierto o quizá sí…Pensaba que en la ciudad no habría muchos albinos y quizá la encontraría…Cómo recordaba su pelo de fique peinado… Se le olvidó cantar fuerte “Llegando llegaste”. Esperó. Se detuvo, no precisó identificarla y finalizó el encanto Y, sí, era ella, Mariana, caminando a la estación del bus. Tenía el pelo de negro rojizo pintado…cosas de la cosmética…Y tome pa’ que lleve…
Walter Pimienta
|