|
-MOLINO DE PAPEL- Porque el mundo está lleno de historias CUANDO EL CUERO TIENE CICATRICES A veces, la cárcel o correr es la única opción
| | Cuentos y relatos globales. 17.09.23 | | Escribe Walter Pimienta.- La noche que la policía cogió preso a Mañe del Cristo Afanador y Arregocés, de los Afanador de Molinero y Arregocés de Aguada de Pablo, que a la hora de la hora no lo cogió porque al llegar los gendarmes a la plaza con él para encarcelarlo en una celda que había en el recinto de la vieja alcaldía, el detenido, aprovechando un descuido de los gendarmes, dándole a los tres un fuerte empellón, este, ni corto ni perezoso, hizo lo que tenía que hacer: escapárseles y salir corriendo pasara lo que pasara. Para entonces, Mañe, vigoroso y fuerte, tenía 25 años y estaba en la majagua de la vida. -¡Alto o disparo! ¡Deténgase! ¡Alto o disparo! ¡Alto!- Gritó, fusil en mano, con voz de advertencia, Hipólito, uno de los policías, jefe del operativo. | Era un sábado del mes de junio. Mañe estaba jugando buchácara en la tienda cantina de Jesús Charris. Los presentes, viendo aquello, quedaron asombrados. Inmóviles. Una ranchera de Antonio Aguilar, “La mancornadora” sonaba en el picó de motor y bocina. Tres policía armados y apostados en cada una de las tres puertas del billar, de golpe, de imprevisto lo agarraron como a una mansa paloma. Lo buscaban hacía tres meses y 22 días. Alguien lo acusaba de robo. Y otro alguien lo sapeo diciéndole a la autoridad dónde se encontraba. La noche se hizo más noche esa noche y trajo con ella un frío de ausencia…Se avecinaba una tormenta. Mañe, suspendiendo la tacada, había dejado en el colgado fichero 48 carambolas anotadas a su favor. El chico se había concertado a 100. El dueño del billar, arremolinado de gente, cuando se llevaron al buscado, contando los billetes, tuvo que regresar las apuestas. En la mesa, formando un triángulo equilátero quedaron las tres bolas, una blanca, una amarilla y la otra roja, así como uno encima del otro, los tacos, en reposo, hacían una “x” al tiempo que, en el forcejeo, la tiza cayó al piso. De un apartado rincón de la cantina, venía un acre olor a meao. Unas botellas de cerveza, tropezadas por alguien en el barullo, sin partirse, chocando y rodando suaves entre sí, produjeron el sonido de la vida. Estaban vacías. Mañe no opuso resistencia. Y para nada uso contra los uniformados la fortaleza de sus puños. Pedro Pablo, su oponente de juego, quiso decir algo en defensa de Mañe, pero el asunto estaba delicado, muy delicado. Al parecer, de una casa en construcción a las afueras del pueblo, al decir de su propietario, el doctor Lugo Merlano, los moradores del lugar, de madrugada, divisaron a una persona y a su compinche saliendo con puertas y ventanas al hombro creyendo no haber sido vistos y, caminando luego presurosos hasta el sitio donde, según parece, les esperaba otra, a esta, allí mismo, dizque le vendieron enseguida lo hurtado. Charris, asustado, cerró la cantina y al lado de su mujer se acostó en su cama cobijado por un toldo de seda. Se le infectaban las picaduras d mosquito. Se tiró encima y hasta el cuello una manta de lana, quiso fumar pero se acordó de que una vez, por estar en esas, se le quemó el colchó; cerró los ojos justo en el instante en que, pensando en Mañe, escuchó el primer disparo…y enseguida el segundo e inmediatamente un tercero que resonó en mil ecos. -Pobrecito. Ya lo mataron- se dijo Charris- y se lo supuso tendido en la calle tendido en medio de un charco de sangre. Se escucharon los ladridos de unos perros y, detrás de un trueno, luego de la luz de un relámpago, empezó a llover. La noche quedó en silencio. Mañe, calle abajo, quitándose los zapatos y la camisa que se amarró a la cintura, corrió envuelto de pie a cabeza en la oscuridad. Se escondió detrás de unos árboles, no lo vieron. Tres linternas encendidas, con sus chorros de una potente luz inquieta, le perseguían. La calle olía a pólvora. Cruzó esquinas, saltó charcos, salió del pueblo y cogió camino; “chapaleó” barro de lomas y montes… Y resoplaba como un caballo. Bufaba como un toro liberado de su grueso cáñamo. Se hincó los pies. Dejó girones de su piel en las cercas de alambre púa. Tropezó con algunas piedras, cayó, volvió a caer y se puso de pie una y otra vez…Una púa rasgó la piel de su espalda, sintió el ardor y la sangre…Y con un quejido de intenso dolor, se lo tragó la negra noche. Mañe corría. No paraba de hacerlo. Su vida estaba en sus sangrantes pies. Un cuarto y último disparo atrasado, retumbó en el tejido de la fresca madrugada. Pablita, su mujer, preñada de 7 meses, y de varón según la comadrona del pueblo, lo esperaba. Había escuchado los disparos. Hizo un gesto de preocupación y pensó en Mañe. Le conocía sus malas andanzas. Cerró los ojos y tembló dejándole la puerta abierta por si acaso aparecía y, en taburete de cuero, a la luz amarillenta de una lámpara de gas, se sentó a esperar lo que Dios quisiera. La cárcel del pueblo, al día siguiente, amaneció vacía… Eleodoro Martínez, el alcalde, horas después, en su despacho, preocupado por el hecho, yendo y viniendo, caminando para uno y otro lado, se rascaba la cabeza, no sabía que decir al doctor Lugo Merlano, su amigo y copartidario conservador. Quince días después, la casa de Pedro Pablo, estrenaba puertas y ventanas de color verde pintadas. En agosto de ese año, el fugitivo voluntariamente se presentó a las autoridades y fue absuelto por falta de pruebas. De esto habla Mañe cuando se toma sus tragos. |
|
| | <-Volver |
|
|