Me llamo Ghassan, y mi mujer y yo estamos acostumbrados a alejar a nuestros hijos de las ventanas y colocarlos en un lugar seguro cada vez que suenan las sirenas de alarma. Pero ese día, mi hija Sadeel abrió la puerta para ir hasta casa de su prima. Eran solo seis metros, pero en cuanto salió de casa, cayó al suelo.
Pensé que había tropezado y salí corriendo a socorrerla, pero cuando la volteé, vi que una bala le había atravesado la cabeza. Un francotirador israelí había acabado con su vida.
Sadeel era mi única hija. Su forma de expresarse, su sonrisa... Era una chica vibrante, la belleza en el mundo.