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Marquesado Villanova | | Santiago González Escobar. 26.04.23 | | Si en el principio creó Dios los cielos y la tierra, Joaquín creó Alhaurín. En realidad, no, pero si los más viejos creen con tesón lo primero, así pudieran creer los más jóvenes lo segundo. Téngase en cuenta que un chaval alhaurino de veintiséis años ha podido, a esas alturas de la vida, haber cursado una carrera o ser docto en un oficio, tener un hijo, haber aprobado una oposición o haber emigrado al extranjero en busca de fortuna. Puede que haya alguno con las riendas del negocio de sus padres, que esté ahorrando para la entrada de su primera casa o albergue recuerdos efímeros de cuando aún había videoclubs en el pueblo. Ha podido vivir nada, algo o mucho de lo mencionado según las circunstancias de cada cual, pero si un vínculo comparten los alhaurinos y alhaurinas de esa quinta -y posteriores- es que todos han vivido con Joaquín Villanova como alcalde. Como alcalde o como regidor del consistorio por los tiempos de los tiempos, pues de tantos años mutó a señor de Jarapalos y custodio de su club de tiro, a benefactor de palmeras, paisano eminente por reiteración y, sobre todo, santo y patrón oficioso del lugar. Podrían desvestir a San Juan y a San Sebastián para vestir a San Joaquín y nadie se daría cuenta. De producirse, se sospecha que ni el párroco escaparía a la argucia. | Uno pensaría, asentados estos precedentes, que don Joaquín se inspiró en la teología amanecista para el día en que ocupase el cargo, es decir, que quedó prendado con la película de José Luis Cuerda 'Amanece, que no es poco' cuando escuchó aquello de: «¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!». La frase debió suponerle una impronta de calado, una huella imborrable, pues desde que ocupó la alcaldía en octubre del noventa y seis aún no ha tenido a bien apearse del puesto. Ha debido pensar que los votos lo son todo, que así funciona la democracia y que ninguna crítica aguanta la embestida de una mayoría absoluta tras otra. La legitimidad electoral es indispensable, cierto, pero la virtud, a la que tanta importancia daban los clásicos, lo es todavía más.
Nuestro alcalde puede aspirar a convertirse en omnipresente, en eterno, y en su derecho está, pero si aspirar a algo es un derecho, cuestionarse si esa aspiración es beneficiosa para el interés general, y no sólo para su persona, es un deber. Y según la duración de su periplo político no parece haber llegado a tal conclusión. O quizás sí y nunca la tuvo en cuenta, que sería peor. O, quién sabe, lo mismo nadie da la talla entre sus compañeros de partido y, atormentado, mártir por y para sus vecinos, se está sacrificando por todos nosotros. Si es así, Joaquín, haznos una señal para que acudamos prestos a tu socorro. ¡No sufras innecesariamente! Lo cierto es que ahí sigue y ahí sigue queriendo seguir, como Illanes, Motos Garrido o el Bar Peña, negocios enraizados en Alhaurín desde el principio de los tiempos. Pero los mandatos democráticos, por exitosos en las urnas que puedan ser, no deben caer en la tentación de alargar demasiado en el tiempo las caras que nos representan, pues corren el riesgo de hacernos creer que persiguen arraigarse en nuestro pueblo como un negocio más.
Los ciclos marcan nuestras vidas y la política no debería ser una excepción. La sucesión de dirigentes -alcaldes y concejales en el caso que nos atañe- tras importantes periodos de mandato es un signo de madurez e higiene política, no de inestabilidad. Lo contrario conlleva acomodo y sugiere la idea perniciosa de que se posee lo que por largo tiempo se ocupa. Harían bien todos en advertirlo; tanto los más jóvenes, por mejorar lo venidero, como los más veteranos, por no ahogar las oportunidades de otros que vienen detrás. Qué ilustrativo de su condición quien convierte el derecho de sufragio pasivo, es decir, el derecho a presentarse como candidato y ser votado, en una andadura personalista de décadas y décadas. El anhelo de uno solo no puede prevalecer sobre el bien común. Hacerlo significaría la defunción de Alhaurín de la Torre como municipio para convertirse en cortijo, en señorío, en marquesado. En el marquesado Villanova.
¡Viva Alhaurín!
Santiago González Escobar |
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